La bandera del lazo negro

Llegó vestido con un traje blanco, hace más de treinta años. Alto y espigado, algo desgarbado, como siempre fue él. Hablaba de que el MIC (Movimiento para la Independencia de Canarias) se sumaba y se adhería, como lo hiciera yo mismo y el Siete Estrellas de mi juventud. A partir de entonces nos unió una sincera amistad, una militancia impoluta y seria que nos unía más que a dos colegas cualquiera.

Primero se fue Hupalupa, mancillado por la burguesía local que le pareció tan allegada y que, en su silencio, usurpó su trabajo sin darle el derecho a la réplica que siempre supo utilizar. Sé que mil gánigos milenarios estallaron en las Cañadas, pero la maldición, poco a poco, continuó. 

Se fue también Fructuoso. Se fue Antonio, y dejó muchos huérfanos. Se fue Tomás HerreraPalarea… Y después lo hicieron, uno tras otro, muchos más patriotas con los que compartí limpiar palos que, como pinchos, se alzaban ensuciando el cielo azul de la patria: limpieza que solo el fuego compartido de cada Beñesmen podía conseguir al tiempo que nos daba fuerza para seguir y seguir.

Me derrito en lágrimas, Yauci. Me muero un poco por ti y por toda la vida que me diste: ya en el aspecto solidario, en el sindical, en el político nacional, o en el trazado de tu coche donde, yo, firmemente agarrado, regresaba al fuego amigo de la noche beñesmal para entregar nuestra presa al grupo, y con las cenizas liberar un poquito más la patria.

No he podido escribir nada por pensarte demasiado. Pero ahora, viéndolo un poco más en frío, solo se me ocurre una forma de velarte, compañero. Voy a recordarte en cada manifestación, en cada hoguera, y cada vez que vuelva a ondear nuestra bandera: la de las siete estrellas verdes que, en realidad, es presa tan solo del alisio y nuestra propia nacionalidad.

Hasta siempre, amigo… Hasta siempre, compañeros.

 

Pedro M. González Cánovas




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