La Candelaria de Adeje II

Después de la catástrofe.

A mediados de 1496 el universo de los guanches de Tenerife había sido removido hasta los cimientos. Los castellanos eran dueños de la isla. El miedo y la confusión reinaban entre los naturales, que deambulaban por un territorio que se había vuelto hostil. Algunos se acercaban a los campamentos de los conquistadores pidiendo comida, y esgrimían su condición de cristianos para evitar la esclavitud y la deportación. Otros ofrecían cabras y ovejas por la libertad de algún pariente, o se brindaban como pastores de ganados que ya no eran suyos. Muchos se encerraron en sus cuevas, y un número no despreciable se alzaron en los montes intentando conservar su modo de vida. Hubo tratos y traiciones, pero todos comprendieron que su mundo se había perdido irremediablemente.

La legalidad castellana reconocía dos tipos de aborígenes: los de bandos de paz y los de bandos de guerra. Los primeros, tras confirmar su condición de cristianos, debían gozar de derechos similares a los de conquistadores y colonos. Los segundos podían ser capturados y esclavizados por haber sido vencidos en buena lid. Así lo establecían las leyes de guerra y las ordenanzas de los Reyes Católicos.

Sobre el terreno la situación era bien diferente. Para sufragar su conquista, Alonso de Lugo había acumulado deudas considerables. Diversos nobles, comerciantes y banqueros reclamaron su parte, y el único bien fungible a su alcance eran las piezas de esclavos. La dificultad estribaba en que a los recién llegados les era arduo, cuando no imposible determinar la procedencia y el linaje de cada individuo. Los guanches fugitivos se movían por toda la isla, intentando ocultarse o mimetizarse con vecinos y parientes. La solución era obvia.

En 1498 el gobernador de Gran Canaria, Lope Sánchez de Valenzuela y el obispo Muros recorrieron Tenerife liberando guanches de bandos de paces que habían sido esclavizados contra derecho. Por las mismas fechas, el procurador Rodrigo de Betanzos denunciaba a Lugo ante el Consejo Real por idéntica causa, cifrando en 1000 el número de naturales de paces capturados hasta el momento1, muchos de los cuales se encontraban ya en la península. El profesor Aznar Vallejo considera la cifra exagerada por ser testimonio de parte, y la reduce a varios centenares. Lo cierto es que el número fue elevado, y que el valle de Güímar no se libró de las razias. Refiriéndose a este periodo, fray Alonso de Espinosa nos cuenta que “Apaciguada ya la isla y puesta en orden por el gobernador y sus regidores… eligieron la cueva de San Blas, donde la santa imagen estaba desde tiempos antiguos…, hicieron altar en ella y celebraron los oficios divinos, y por cura pusieron un clérigo francés viejo, llamado Roberto.”2

Los documentos de la época describen invariablemente el lugar de Candelaria como áspero, arenoso, solitario, expuesto a ataques e incursiones…, por lo que no deja de resultar paradójico que los guanches instalasen su tan celebrada Imagen en uno de los lugares más inhóspitos e inseguros del valle de Güímar. Pero… ¿realmente estaba allí?

El documento más antiguo que hemos localizado en el que se usa el término Candelaria como topónimo, es el acuerdo del Cabildo de 13 de Octubre de 1499, donde aparece camino de Señora Candelaria. Dos años antes, en data a Mateo Viña se decía camino de hacia Güímar3.

Marín de Cubas, La Ovetense y Abreu Galindo mencionan una sola cueva como residencia de la talla, que este último sitúa en el barranco de Chinguaro. Pero quizá lo más significativo sea lo aportado por el propio Fray Alonso en el documento conocido como Acta de la cera. Se trata de un informe notarial con apariencia de auténtico, pues los personajes mencionados son bien conocidos por otras fuentes.

Fechado el 25 de junio de 1497, recoge los testimonios de varios conquistadores en relación a la misteriosa llegada de panes de cera a las costas de Güímar. Manifiestan que las apariciones son conocidas desde unos veinte años antes, y que solían producirse las vísperas de la fiesta de la Purificación de la Virgen. Lo inusitado del caso es que no mencionan la santa talla, la cueva de San Blas o el topónimo Candelaria. Olvido llamativo, pues según la tradición, apenas cuatro meses antes Alonso de Lugo había reunido a su plana mayor en torno a la imagen, para celebrar la festividad del 2 de febrero. Viana va más allá y relata que “En esta memorable fiesta vióse por primera vez sobre la arenosa playa una procesión católica, en la que fue paseada la peregrina imagen sobre la rústica parihuela que llevaban en hombros los menseyes de Taoro, Güímar, Anaga y Tacoronte…”.

Añadamos algunos datos. En 1498 el Cabildo toma medidas contra quien acogiese, alimentase o amparase de cualquier otra manera a los guanches alzados, lo cual demuestra la existencia de redes de solidaridad entre los naturales4. El propio consistorio admite en diversos acuerdos su impotencia para controlar a la población aborigen.

El 27 de febrero de 1500, cuatro meses después de la aparición del topónimo Candelaria, se otorga a los hermanos Blasino y Juan Felipe Romano lo que se ha denominado la gran data del valle Güímar. Una importante concesión de tierras para fundar ingenio azucarero en torno al Rio de Güímar5. Como en otros casos, se trata de una data genérica, de contornos y extensión imprecisa.

Los hermanos Romano se pusieron manos a la obra, pero pronto tuvieron que compartir sus aguas con otros favorecidos por las donaciones de El Adelantado. El valle se fue parcelando, rápidamente con concesiones a colonos y conquistadores, entre los cuales figuran un apreciable número de naturales de Gran Canaria, y un Gonzalo Mexía, que también jugará un papel en esta historia. Sobrino de Beatriz de Bobadilla, en 1503 se le adjudicaron aguas y tierras en las partes de Arafo.6

A la vista de lo expuesto, creemos que otra lectura es más verosímil. A la llegada de los castellanos, los guanches de Güímar custodiaban una imagen de la Candelaria, por la cual habrían pagado o contribuido a su hechura con cueros, sebos u otros productos, y que pocos años antes había sustituido a otra anterior. Tal como afirma la tradición se guardaba en un auchón del barranco de Chinguaro. Este fue su emplazamiento permanente, aunque seguramente hubo traslados temporales para las celebraciones veraniegas del beñasmé.

Es probable que estas festividades se celebrasen preferentemente en vecino pago de El Socorro, pues se encuentra en la desembocadura del citado barranco. Allí tendrían lugar algún tipo de rito o ceremonia, lo cual explicaría su identificación tradicional con el lugar de aparición de la imagen. Tampoco es descartable que en ocasiones la llevasen a la cercana Candelaria, quedando instalada durante algún tiempo en la cueva de Achbinico/San Blas.

Terminada la conquista, Alonso de Lugo se vio ante la disyuntiva de afrontar un duro revés económico, o suponer que no hubo bandos de paces, tal como el mismo afirmó, y por tanto, considerar esclavizables a todos los guanches. La movilidad y el apoyo mutuo practicado por los naturales, y las premuras de los acreedores no le dejaban muchas opciones.

Esto tuvo como consecuencia la implantación de un estado de terror entre los aborígenes. Grupos de guanches afluyeron al valle de Güímar, considerándolo lugar relativamente seguro, pues indudablemente el menceyato había sido de paces. Según Miguel A. Gómez la mayoría se agruparon en Candelaria, Araya y Guaza7. En 1498 las actuaciones del Obispo Muros y el gobernador Valenzuela rebajaron la presión esclavista. Pero casi inmediatamente debieron enfrentarse a otra amenaza: grandes porciones del valle se estaban poniendo en manos de colonos. Que se sepa, solamente dos guanches de la zona fueron merecedores de adjudicaciones tierras. Esto significó para muchos abandonar casas, aguas, cuevas, corrales, auchones…

Hacía 1498, algunos patriarcas aborígenes debieron comprender la situación, y jugaron su última carta. En sonora y dramática procesión trasladaron su imagen a Candelaria, depositándola en la cueva de Achbinico. El mensaje era claro: nosotros tenemos una virgen, luego somos cristianos, veneramos una virgen, luego somos cristianos. No nos podéis apresar. No nos podéis despojar.

Los castellanos debieron quedar perplejos. La situación no estaba reglada, y la actitud de los naturales despertó simpatías. Cabe imaginar que ante cualquier señal de peligro se agrupaban en torno a la talla realizando rezos, danzas y procesiones. En estas condiciones era difícil la captura o el desalojo. A partir de julio de 1499 el Cabildo confirmó como de paces a los bandos de Güímar, Adeje, Abona y Anaga.

El relato se ajusta a los hechos conocidos, y contribuye a explicar algunos aspectos del fenómeno candelario. En primer lugar el extraordinario apego que los naturales demostraron a la talla mariana, así como su rotunda oposición a cualquier traslado. Consideraban que la imagen les había salvado literalmente de la esclavitud, y que su presencia era garantía de libertad. Lo traumático de la situación vivida transmitió el miedo durante generaciones, como las grandes guerras, como las grandes plagas y hambrunas.

Tambien arroja luz sobre ciertas pautas y ritos asociados al culto. La insistencia de los aborígenes en ser los únicos portadores de la Virgen, los traslados anuales a la cueva de San Blas, la procesión de menceyes descrita por Viana, las “amnesias” del Acta de la cera…, y el relato de Fray Alonso de Espinosa, obligado a fabular un personaje como Antón Guanche para justificar la presencia de la imagen en Candelaria, y hacer olvidar episodio tan embarazoso, en el cual una Virgen cristiana protegió a los gentiles de la amenaza de sus más devotos seguidores.

Los inicios del culto.

El escenario creado por los naturales era a todas luces anómalo. Así lo entendieron las autoridades eclesiásticas, que pronto tomaron medidas para controlar el culto y encauzarlo por derroteros más ortodoxos. Espinosa afirma que el primer religioso que se hizo cargo de la cueva de San Blas fue un francés de nombre Roberto. Viera lo corrige, identificándolo con un Pedro de París, lo cual parece más verosímil, pues existe constancia de la presencia en Tenerife de un clérigo de este nombre a comienzos del S. XVI. Fray Alonso añade que “Servíanla el clérigo viejo que dije y dos ermitaños, que, dejando el mundo, se habían rec

Pila Bautismal Iglesia del Socorro, Tegueste. Es posible que se trate de la utilizada en la cueva de San Blas de Candelaria a comienzos de S. XVI. Foto Guillermo Pozuelo Gil en Patrimonio Religioso de la Villa de Tegueste.

ogido allí a hacer vida más estrecha;…”

Esta estampa, un tanto bucólica, contrasta con el hecho de que al menos desde 1506, hay constancia de mandas testamentarias que estipulan limosnas y pagos de misas a favor de Nuestra Señora de Candelaria. Hacía 1510 era la devoción más importante de la isla8, lo cual indica un veloz crecimiento, y un culto bien organizado. La estructura eclesiástica era la corriente en enclaves similares. La cueva de San Blas fue incluida en el beneficio de La Concepción de La Laguna, y dotada de altar y pila bautismal. Se celebraba culto con alguna regularidad, y la administración de los fondos y el cuidado del templo corrían a cargo de un mayordomo que rendía cuentas ante al visitador de turno.

La población guanche seguía siendo mayoritaria en Candelaria, y retenía el derecho exclusivo de portar la talla, tanto en el interior como en exterior del templo, por lo que cualquier función extraordinaria debía contar con su aprobación. No tenemos noticias directas de este periodo, pero de lo ocurrido posteriormente se deduce que la convivencia con el clero diocesano fue buena en líneas generales.

En 1509, el mencionado Gonzalo Mexía cedió las tierras y aguas recibidas del Adelantado a los frailes del convento agustino de La Laguna9. Una data genérica, que incluía unas aguas y cuantas tierras se puedan aprovechar en el valle de las higueras conocido por los guanches como Anabingo. Un cotejo detallado de la toponimia histórica de la zona permite identificar este valle con bastante seguridad. Abarcaba los terrenos comprendidos entre los barrancos de Anabingo, (hoy conocido en sus diferentes tramos como de Amanca, de la Madre y de Riscotierra) y el de Chinguaro (hoy del Topo y Chinguaro). Es decir, que los agustinos interpretaron la data en el sentido más amplio posible, extendiéndola desde los altos de Arafo hasta el mar10, lo cual suponía que los pagos de La Hidalga, El Carretón y El Socorro quedaban incluidos en sus posesiones.

A estos frailes se les atribuye la introducción de la vid en el valle de Güímar, y la canalización de las aguas que dieron origen al pueblo de Arafo. En el lugar conocido como Lo de Ramos se conservan restos de la hacienda La Granja, importante centro agrícola y ganadero, en la cual es posible que intentasen fundar un monasterio. A la altura de 1520 los ermitaños agustinos habían puesto pie firme en el valle.

Hornos de la antigua hacienda agustina de La Granja.

Hacia 1519, el mayordomo de Nuestra Señora de Candelaria era Juan Perdomo, activo miembro de la comunidad aborigen ya integrada11. Vivía en La Laguna, y por su testamento sabemos que al menos desde esta fecha se vendían bulas en el santuario de la cueva de San Blas. Aunque la asimilación de los naturales avanzaba, su encaje en la nueva colonia estaba lejos de estar resulto. El Cabildo cifraba en 600 el número de guanches alzados, por lo que el número total de aborígenes debía sobrepasar los 1000 individuos, alrededor de la cuarta parte de los residentes en Tenerife. En las actas de este periodo (1496-1520) se puede constatar que constituían una de las principales preocupaciones de los regidores, y que en varias ocasiones se propuso la completa expulsión de la población nativa. La gran mayoría eran pastores por cuenta propia o ajena, y manejaban el grueso de los ganados de la isla, por lo que en la práctica la deportación era inviable. El Cabildo la aplazó una y otra vez hasta ser olvidada. Según testimonio de los regidores, muchos vivían atamarcados y fuera de población. Débilmente cristianizados, se les acusaba con frecuencia de robos de ganado, y de procurar la libertad de parientes y amigos esclavizados mediante compras u otro tipo de contratos suscritos con los propietarios. Fue común citarlos en La Laguna para hacer censos y recuentos, obligarlos asistir a misa y participar en las mestas de ganado.

La cofradía olvidada.

De nuevo fue Lorenzo Santana quien llamó la atención sobre la creación en 1519-20 de una cofradía de Nuestra Señora de Candelaria12 en el convento de los agustinos de La Laguna, la cual contaba con capilla propia en el claustro, y con una imagen de la virgen que debió ser notable, pues en algún documento se la diferencia expresamente de la instalada en la cueva de San Blas. Dicha cofradía estaba encabezada por Pedro de Lugo, sobrino del Adelantado (no confundir con Don Pedro de Lugo, hijo del mismo), regidor del Cabildo, y dueño de un ingenio azucarero en La Orotava. Se trataba de un personaje importante establecido en la isla en 1509 procedente de Sanlúcar de Barrameda, donde había sido regidor y alcalde mayor. Estrechamente ligado a los duques de Medina Sidonia, había casado con Elvira Díaz, hija del Mayordomo del duque Enrique, por lo que es muy probable que su traslado a Tenerife fuese forzado por la caída en desgracia de la casa ducal, hecho acaecido un año antes. De otra parte, era nieto de Alonso Fernández de Lugo, el viejo, fundador del convento de “los canarios” de Sanlúcar, base de operaciones de las misiones de Fray Alfonso Bolaños13.

La hipótesis que presentamos sostiene que la imagen que estaba en poder de los guanches en el momento de la conquista fue traída por los agustinos procedentes de Sanlúcar, y/o del entorno de los duques de Medina Sidonia. De estar en lo cierto, es claro que Pedro de Lugo, tanto por sus relaciones políticas como familiares, debía estar al tanto de las circunstancias de la llegada de la talla a la isla, y es posible que a ojos de sus contemporáneos gozase de cierto derecho o legitimidad para dirigir el culto candelario. Llama también la atención su asociación con los agustinos, pues Pedro de Lugo había fundado capilla en el convento franciscano de La Laguna, lo cual sugiere que tal concierto fue una suerte de reconocimiento mutuo de legitimidades. En 1522, además de cabeza de la cofradía, era mayordomo de la iglesia y ermita de Nuestra Señora de Candelaria, y como tal, inició la construcción de un nuevo templo próximo a la cueva de San Blas, y seguramente la de una ermita auxiliar conocida como de Santiago.

Conocemos a otros miembros de la hermandad, como Juan Pérez de Virués, quien encabezaba las peregrinaciones a Candelaria, y en 1527 hacía de albacea de la aborigen Catalina de Guanimence14, o Gaspar Fernández, patriarca guanche conocido por sus actividades encaminadas a la liberación de connaturales esclavos mediante pagos, prestamos y trueques.

También hacia 1520 se levantó una pequeña ermita en la Punta del Porís de Abona, para venerar a la imagen mariana aparecida en la zona. Fue conocida como Nuestra Señora de La Luz, Nuestra Señora de La Luz del Tajo, e incluso como Nuestra Señora de Candelaria de Abona15. La fecha coincide con la creación de la Cofradía, y se sabe que Gaspar Fernández era pariente de alguno de los guanches que se hizo enterrar en la ermita, por lo que no es descartable que los agustinos ejercieran algún tipo de tutela sobre esta fundación.

Caso aparte fue Cristóbal de Valcárcel, que ocupó los cargos de juez de residencia, teniente del gobernador y regidor. Era yerno de Pedro de Lugo, pues estaba casado con su hija, Isabel de Lugo, conocida como la Ricahembra, y miembro de la cofradía de La Sangre, con sede en el convento agustino, por lo que es muy probable que fuese también cofrade de La Candelaria, hermandad presidida por su suegro a quien estaba estrechamente ligado.

Así, en este periodo el culto estaba dirigido por una asociación en la que convivían personajes de relieve, algún gestor cualificado, dirigentes guanches reconocidos y monjes regulares agustinos. Esta disparidad marcó el carácter de una devoción que se mostraba abierto a los naturales, a quienes se reconocían sus derechos sobre la talla, y se les reservó un lugar o capilla en el nuevo templo. Las relaciones con el clero diocesano se demostrarían sólidas, formándose una suerte de frente o alianza que amparaba el lugar de Candelaria. Es posible que más o menos explícitamente se intentase retomar el proyecto de Alonso de Bolaños, que propugnaba una integración paulatina y no traumática de los aborígenes.

Pedro de Lugo murió en diciembre 1525. Le sucedió en la mayordomía del santuario de Candelaria Juan Albertos Guiraldín, próspero comerciante florentino que manejaba diversos negocios en las islas. Cuando asumió el cargo era administrador del ingenio azucarero que habían fundado los hermanos Blasino, y que ahora pertenecía al licenciado Fráncico de Vargas, del Consejo Real. De su gestión se sabe que bajo su mandato se realizó el traslado de la santa talla desde la cueva a la recién terminada iglesia, que encargó un tabernáculo para la virgen, que probablemente edificó o terminó la ermita de La Magdalena, situada sobre el risco del mismo nombre, y que…, era hombre de Don Pedro de Lugo, quien por estas fechas era ya gobernador de la isla, y II Adelantado de Canarias16.

Qué un personaje como Guiraldín asumiese la gestión del santuario indica que el cargo gozaba de prestigio social, pero también que el Cabildo y El Adelantado pretendían controlarlo. La concentración de aborígenes en Candelaria, y el cariz filo-identitario del culto, debieron inquietar a unas autoridades interesadas en una rápida y completa asimilación. La Santa Imagen estaba convirtiéndose en un problema político.

El Golpe.

El 9 de agosto de 1530 el obispo Luis Cabeza de Vaca entregó el santuario a la Orden de Predicadores Dominicos. El patrimonio candelario pasaba a manos de una congregación que se había instalado en la isla apenas tres años antes. Los motivos aducidos fueron el descuido del culto, el amancebamiento de algunos religiosos, y porque “se cometían muchos y enormes delito” en tierra “donde hay muchos naturales de los que han sido nuevamente convertidos, a lo cual sino mandásemos castigar dichos delincuentes tomarían mayor atrevimiento…”17

Se trata pues de una donación-castigo en base a cargos de difícil valoración. A comienzos del XVI, el amancebamiento de clérigos no era infrecuente, ni excesivamente escandaloso. Hay sobrados ejemplos. Nada sabemos de los enormes delitos, pero en cualquier caso eran competencia de los jueces eclesiásticos que, como veremos, apoyaron muy activamente a los curas de La Concepción encargados de los oficios.

Quizá la clave del asunto esté en la presencia de muchos naturales, lo cual remite al tantas veces tratado sincretismo cristiano- guanche, como componente destacado de los inicios del culto candelario. Es posible que los curas laguneros admitiesen en las funciones religiosas cantos, plegarias u otras manifestaciones en la lengua o al estilo de los aborígenes, sin descartar otras influencias desconocidas. Y esto efectivamente, podría ser considerado motivo suficiente como para apártalos del santuario. Sea como fuere, lo cierto es que el 17 de agosto de 1530, Fray Gerónimo de Viscarra, en nombre de la Orden de Predicadores tomó posesión de la casa e iglesia de Nuestra Señora de Candelaria.

Que hubo oposición lo corrobora Espinosa, y admite que los dominicos estuvieron a punto de renunciar a la donación, pues eran conscientes de que se instalaban en territorio hostil. De hecho prácticamente hasta el XVII no contaron con una plantilla estable en Candelaria, pues los frailes de La Laguna se turnaban para acudir al enclave sureño. La figura central de la operación fue Fray Gil de Santa Cruz, que ejerció de prior y predicador de ambos conventos.

El fondo de la cuestión era que La Orden pretendía transformar sustancialmente el carácter del culto en base a tres objetivos: hacer olvidar o minimizar la intervención de franciscanos, agustinos y guanches, crear una cofradía propia que gestionara bulas y limosnas en las islas, la península y América, y trasladar la Santa Imagen a un enclave más propicio en cuanto les fuese posible. Lograron los dos primeros, pero el tercero siempre se les resistió.

Fray Alonso de Espinosa se encargó del primer apartado, sintetizando una mitología milagrera y popular que infantilizaba a los aborígenes, y blanqueaba las circunstancias de la llegada de la talla a la isla. En cuanto a lo que realmente pensaban los dominicos de los guanches, basta leer los denominados Pleitos de los naturales para extraer algunas conclusiones.

De otra parte, el traspaso era un golpe directo contra los agustinos, quienes desde hacía casi una década pleiteaban con el Cabildo por la posesión de las tierras del valle de Anabingo18. La corporación, a instancias de Juan Albertos Giraldín, pretendía entregarlas al ingenio de Güímar. El estado de las relaciones se evidencia en el acta de la reunión del Consistorio que tuvo lugar al día siguiente de la donación del Obispo:Se acordó que se enbíe petición que el monesterio de Santo Agustín del Espíritu se haga monesterio de monjas”19.

La respuesta.

El otro estamento perjudicado por la entrega del convento era el clero diocesano. En principio retenía el cobro de rentas y diezmos, pero perdían el servicio del culto, amén de la imagen, instalaciones, objetos sacros y ornamentos.

Hubo protestas que cuestionaban la conveniencia y sobre todo, la legalidad del proceso. El bachiller Francisco Ortiz, máxima autoridad del clero insular, nombró un capellán que representase a la parroquia de La Concepción en el santuario, pero la decisión fue revocada por el Obispo. En 1533 Cabeza de Vaca fue trasladado a la diócesis de Salamanca, abriéndose un periodo de sede vacante. Los dominicos perdían su principal apoyo, y dudaban de la conveniencia de seguir en Candelaria. El Cabildo hubo de salir en su ayuda, y en diciembre de 1534 confirmó la donación, la cual incluía la talla, la cueva de San Blas, las ermitas de Santiago y La Magdalena, el templo levantado por Pedro de Lugo y su cofradía, los terrenos circundantes, y la ermita de El Rosario del lugar de Machado.

Legalmente el Rey era patrón de todas las iglesias de la isla, y el Consistorio su representante, por lo que en principio la institución podía intervenir en asuntos de esta índole. Pero no existían precedentes de casos similares. La legalidad de lo acordado era dudosa, y así lo entendió el Cabildo Catedralicio de Las Palmas, que en 1538 comisionó al doctor Juan Vivas para recuperar los santuarios de Machado y Candelaria20. La gestión no obtuvo resultados…, y el clero diocesano decidió pasar a la acción.

En el transcurso de mayo de 1539, grupos de peregrinos se concentraron en Candelaria. Cuando el número se consideró suficiente, se dirigieron al santuario con armas “ofensivas y defensivas”, tomaron “la iglesia y casa de Nuestra Señora”, y expulsaron expeditivamente a los frailes dominicos. El contingente estaba dirigido por el racionero de la catedral de Las Palmas, Pedro Gracia de Samarinas, los presbíteros de La Concepción, Francisco y Cristóbal García, el cura de El Sauzal, y el capellán de S. Cristóbal. Los ocupantes cerraron las puertas, se hicieron fuertes, y proclamaron que no se marcharían hasta que les devolvieran el templo.

El escándalo fue notable. Varios regidores del Cabildo acudieron prestos a Candelaria, y exigieron a los amotinados que depusiesen su actitud. Pero Samarinas y los suyos contaban con el apoyo, al parecer unánime, de los jueces eclesiásticos, quienes amenazaron al Consistorio con fulminantes excomuniones. Los regidores optaron por retirarse.

Fray Alonso de Espinosa se refiere al episodio en los siguientes términos: “Mas el demonio, enemigo de nuestro bien, viendo el servicio a Dios que se hacía en aquella casa de noche y de día…movió algunos eclesiásticos, que con espíritu de envidia procurasen estorbar estos bienes, diciendo que aquella era iglesia suya y parroquia…”

El Cabildo descartó el asalto del santuario, y envió a la corte a Fray Martín de Vargas, prior de los dominicos de Las Palmas. La situación se mantuvo estancada durante meses, tiempo en el que los ocupantes dieron buena cuenta del vino, y de otros mantenimientos que almacenaban los frailes. En agosto, llegó una Real Cedula de Carlos V conminando a los amotinados a retirarse, y resarcir a los dominicos de las pérdidas ocasionadas. El mandato fue rechazado de plano, y al Cabildo le llovieron excomuniones. Finalmente, en mayo de 1540, tras un año de ocupación y una segunda Cedula Real, los clérigos y sus simpatizantes abandonaron el templo. Los dominicos recuperaban el convento.

Fernando Herráiz Sánchez

1 AGS. Registro General del Sello. 29 marzo de 1498.Doc. 447 y 448.

2 Espinosa, Alonso de. Historia de Nuestra Señora de Candelaria. Pg. 125. Goya Ediciones. 1980.

3 Las Datas de Tenerife. Libros del I al IV. Pg. 95

4 Acuerdos del Cabido I. Nº 19 y 43.

5 Las Datas de Tenerife. FRC XXVIII. Págs. 118 y 120.

6 Las Datas de Tenerife. Libros del I al IV.Pg.55.

7 Gómez Gómez, Miguel Ángel. Protocolos de Sancho de Urtate .Pg. 18. Ayuntamiento de Güímar. 2000

8 Clavijo Hernández, Fernando. Protocolos de Hernán Guerra. Pg. 47. FRC XXIII.

9 Asentada el 31 de julio de 1509 por Antón Vallejo. Citada por Octavio Rodríguez Delgado en Historia Religiosa de Arafo .Pg. 50. Ayuntamiento de Arafo. 1995.

10 Ver nota 19 y Las Datas de Tenerife FRC XXXV págs. 222 y 277.

11 Extractos del escribano Alonso Gutiérrez. Documento 352. FRC XXIV.

12 Santana Rodríguez, Lorenzo Vestida de Sol. Obra Social Caja Canarias 2009

13 Acuerdos del Cabildo IV. Págs. XXVIII y XXIX

14 Protocolos de Justiniani. Tomo II. nº 2174

15 Mederos Martín, A.; Escribano Cobo, G. (2016). Prospecciones arqueológicas

alrededor del puerto de Abona…. Anuario de Estudios Atlánticos, nº 62. Pg. 24.

16 Gómez Gómez, Miguel Ángel. Obra citada .Pg. 23.

17 Rodríguez Moure, José. Historia de Nuestra Señora de Candelaria.Pg.89. Cabildo de Tenerife.1998.

18 Las Datas de Tenerife FRC XXXV Pg.278. Extractos del escribano Alonso Gutiérrez Nºs 101 y 1903.

19 Acuerdos del Cabildo V. FRC XXVI. Pg. 253.

20 Santana Rodríguez, Lorenzo. El Museo Canario. Nº LXI, 2006. Pg. 219.

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