La civilización que mata

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Frente a los “grandes valores” del hombre civilizado se sitúan los “otros”, los que deben ser civilizados, los que deben ser domados para el trabajo esclavo (con o sin salario) por el bien de la acumulación capitalista y el progreso de la humanidad. El salvajismo “occidental” no ha tenido límites. En este fragmento de “La civilización que mata”, de Ho Chi Minh,  publicado en el Nº 69 de La Correspondence Internationale (1924), encontramos un frío y descriptivo “balance” de la realidad colonial.

 

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Los ejemplos de atrocidades que vamos a citar son tales, que si no estuvieran comprobados por documentos irrefutables, y no fueran relatados por los mismos europeos, serían difíciles de creer.

Un comerciante francés de Madagascar, percatándose de que se ha cometido un robo en su caja, electrocuta a varios de sus empleados indígenas, sospechosos del robo. Tiempo después se descubrió que su propio hijo había tomado el dinero.

Un administrador colonial obliga a una negra a permanecer toda la jornada bajo el sol ardiente, con una pesada piedra caliente sobre la cabeza, después la hace maniatar y hace que le derramen caucho hirviendo en los órganos sexuales.

Un colono, furioso por no lograr que sus dos criados indígenas trabajen por amor al arte, los ata a un poste, los rocía con petróleo y los quema vivos.

Otros colonos meten cartuchos de dinamita en la boca o en el ano de los negros y los hacen saltar.

Un funcionario se jactaba de haber matado él solo a 150 indígenas, cortado 60 manos, crucificando a muchas mujeres y niños, colgando cantidad de cadáveres mutilados, en el muro de los pueblos confiados a su administración. Una compañía concesionaria hizo perecer a 1.500 trabajadores indígenas en una sola de sus plantaciones.

¿Casos excepcionales, aislados? No. Rasgos de conducta. Pero citemos algunos crímenes colectivos, que no pueden ser imputados a los instintos bárbaros de algunos individuos, sino de los cuales todo el régimen es responsable ante la historia.

En nuestra Argelia, cuenta un escritor francés, en los confines del desierto, he visto esto. Un día los soldados capturaron a unos árabes que no habían cometido otro crimen que el de huir de las brutalidades de sus conquistadores. El coronel ordenó que se les diese muerte en el acto, sin investigación ni proceso. Y he aquí lo que ocurrió… Eran treinta. Se cavaron treinta hoyos en la arena, y allí se los enterró hasta el cuello, desnudos, con la cabeza al descubierto, al sol del mediodía. Para que no muriesen demasiado pronto, los regaban de vez en cuando como si fueran repollos… Al cabo de media hora, los párpados estaban hinchados y los ojos se salían de sus órbitas. Las lenguas tumefactas llenaban las bocas espantosamente abiertas…y la piel rechinaba, se tostaba sobre el cráneo…

Después de las matanzas puras y simples, están los impuestos, los trabajos forzados, las cargas en los puertos, el alcohol, la sífilis, acaban la obra destructora de la civilización”.

 

 

 

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