La identidad tambaleante frente al turismo de masas

Nuestra artesanía tradicional es incompatible con el modelo turístico que nos han impuesto. A Lanzarote llegan aviones llenos de turistas deseosos de encerrarse en un hotel bajo la promesa de que todo está incluido, desde las cervezas hasta el pescado congelado del buffet libre pasando por las camareras de piso que hacen 28 habitaciones al día. Las excursiones que les ofrecen los turoperadores se limitan a visitar deprisa y corriendo algún CACT de Manrique o una jornada rápida de playa en el Caletón Blanco después de pasar un par de horas en el mercadillo de La Villa. Un consumo rápido, impersonal y masivo sin tiempo para la reflexión ni la historia.

En un ambiente económico como este, es imposible la supervivencia de nuestra artesanía. Ni la artesanía tradicional ni la artística tienen actualmente ninguna opción de sobrevivir si siguen condenadas a vivir en el desamparo institucional y la vorágine consumista del turismo de masas. Necesitan de una economía sensible y reflexiva en la que los consumidores sean invitados a actuar desde la conciencia y la responsabilidad social y ambiental. Solo si conseguimos que el valor histórico e identitario de un producto de factura artesana prevalezca sobre la percepción monetaria de la misma, lograremos que las artesanas y artesanos de la isla puedan vivir con dignidad protegiendo nuestra identidad.

A esta reflexión sencilla y básica parece que son incapaces de llegar las personas encargadas de gestionar nuestra vida pública, las que deciden donde se invierten nuestros presupuestos y marcan el camino institucional. Ejemplo de esta falta de visión global es el absoluto abandono que están sufriendo algunos de los artesanos más representativos de la isla, como es el caso de Eulogio Concepción, el último cestero tradicional que numerosas veces ha sido reconocido en lo formal pero que está totalmente desatendido en lo concreto. Este señor, que atesora un valor inmaterial incalculable, lleva meses sin poder trabajar con regularidad porque las instituciones competentes, Cabildo y Ayuntamiento de Haría, son incapaces de hacerle llegar pírganos con regularidad. ¿Cómo puede sobrevivir esta técnica que nos define como pueblo en una economía voraz y sin apoyo institucional?

La otra cara de la moneda la vemos semanalmente en los mercadillos del municipio de Teguise, donde a pesar de las normativas municipales y la propia ley, las falsificaciones de grandes marcas campan a sus anchas copando gran parte de las compras de un turismo ávido de gangas y globalización. Frente a este despropósito, la artesanía se desmorona. Las personas que labran, tejen, esculpen, pintan y crean con sus manos son incapaces de competir contra unos productos absurdamente baratos que atentan hasta contra los derechos laborales. ¿Alguien se ha preguntado qué condiciones sufren las personas extranjeras que vemos tras un puesto de falsificaciones? El peso de la responsabilidad cae sobre los hombros del alcalde Oswaldo Betancort, que sabe de sobra que en los mercadillos de su municipio se incumple semana tras semana la ley y las ordenanzas que él mismo diseñó. Y, de paso, deja a su suerte a la artesanía tradicional y artística, que es una de las patas donde se sustentan la identidad canaria que dice defender desde su nacionalismo de etiqueta.

Está claro que para defender nuestras peculiaridades como nacionalidad reconocida, y por lo tanto defendernos a nosotras mismas como pueblo y como individuos, solo se necesita voluntad política. Ni actuar contra las falsificaciones ni llevar pírganos a don Eulogio supone modificar un presupuesto o dejar desatendidas las urgencias sociales de la isla. No hay excusas, si la artesanía está agonizante y nos estamos convirtiendo en un destino clónico de sol y playa es porque la rentabilidad económica de unos pocos no se toca. ¿Hasta cuándo?

 

 

 

 

 Myriam Barros, consejera de Lanzarote en Pie – Sí Podemos en el Cabildo de Lanzarote




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