La realidad contradictoria de la Revolución (francesa)

Frente a la tentación de reclamar las cenizas de los viejos “mitos” revolucionarios, recuperamos un texto de Emilio López Adán “Beltza”, un fragmento de “La Revolución y las naciones prohibidas del hexágono”. Publicado originalmente en el nº 51 de la revista Jakin (1989), y traducido para el nº 4/1990 de Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura. Una reflexión de gran interés en un momento en el que los vientos de guerra se han convertido en un huracán devastador; ahora que se enarbolan de nuevo aquellas consignas gastadas y los políticos entonan La Marsellesa. 

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La Revolución es algo así como el nido de un centralismo opresor; y, simultáneamente, la epopeya de un pueblo que busca su libertad. Son dos caras que hay que ver al mismo tiempo, aclarando que finalmente el Estado acaba ahogando al pueblo. Desde 1789 hasta 1793 los movimientos populares impulsan la descentralización, la autonomía y la democracia: asambleas, elecciones abiertas y voto público eran las reglas del juego. En una palabra, un levantamiento general contra el Estado y el centralismo, porque el centralismo también es, en definitiva, una obra de la monarquía: eso es precisamente lo que denunciaron los “Cahiers”.

Esta ola libertadora supuso acciones originales y significativas en el seno del pueblo: comités, milicias, asambleas, asociaciones, ocupaciones y destrucciones simbólicas, juicios populares…Se proclamaba la soberanía del pueblo, concentrándose en la autonomía popular. Una insurrección popular tomó la Bastilla.

Pero ocurre otro proceso paralelamente. La burguesía se organiza, haciéndose con los instrumentos necesarios para encauzar y controlar las acciones populares. Cuando se legaliza en París, cuando la policía y el ejército se organizan en los más altos niveles, allí estarán sus representantes. La teoría de  que el Estado es el único que posee legitimación es obra de la Revolución; extiende la influencia de éste a todas las ciudades, pueblos e instituciones. Y el aparato del Estado, revestido de esta legitimidad, ahogará paulatinamente todas las demás iniciativas.

Esta actitud será aún más tajante en el Período de Terror: Robespierre fue quien desarticuló el movimiento de las secciones (1793-1794) y quien tocó campanas de difunto para la iniciativa popular. Termidor, por su parte (1794-1795), lo dejó todo bien atado: la legitimidad depositada en los representantes del pueblo es superior a la legitimidad revolucionaria basada en la autonomía popular.

A partir de ahora cambiará la función del discurso revolucionario en Francia: en un principio era un componente de contestación y levantamiento; más tarde se convertirá en propaganda del Estado moderno representativo y argumento permanente para descalificación del enemigo”.

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