La Candelaria de Adeje I

Introducción.

El 7 de noviembre de 1826 un gran temporal arrasó la isla de Tenerife. La devastación afectó a toda la isla, golpeando con especial crudeza la zona norte comprendida entre La Orotava y San Juan de la Rambla. Casas, corrales, huertas, caminos y ganados fueron arrastrados por las aguas. Se contabilizaron unos 700 muertos, en lo que sin duda ha sido la mayor catástrofe natural ocurrida en la isla de Tenerife en tiempos posteriores a la conquista.

En el lugar de Candelaria, el castillete defensivo levantado en el siglo XVIII fue literalmente arrancado de sus cimientos y empujado hacia el mar, donde desapareció junto a la familia del sargento que lo custodiaba. A poca distancia de allí, en la desembocadura del barranco, estaba el convento de los dominicos donde se guardaba la Santa Imagen de la virgen de Candelaria.

En los días siguientes se enterraron y lloraron los muertos…, y también a la talla de la virgen, pues los frailes no pudieron salvarla de las aguas. Durante meses, vecinos y pescadores rastrearon la costa en busca de la preciada reliquia que nunca apareció. La Candelaria original, la de los guanches, se había perdido para siempre. Un año después se encargó una nueva talla, la que hoy conocemos, que pronto fue aceptada como legítima sucesora de la perdida.

Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo. En las partes de Adeje y otros lugares corría el insistente rumor, quizá leyenda, que afirmaba que la talla de los guanches se encontraba desde tiempo inmemorial en la iglesia de Santa Úrsula de la localidad.

Paralelamente, en el valle de Güímar y sus contornos, otra tradición popular sostenía que la veterana talla de la virgen de El Socorro era la auténtica Candelaria.

El presente trabajo gira en torno a la extraña relación que durante siglos han mantenido estas tres imágenes. No se trata por tanto de una historia general del fenómeno candelario, aunque se sigue con bastante detalle las vicisitudes que atravesaron la imagen y el culto en el periodo comprendido entre 1443 y 1580.

Estas fechas se corresponden con la fundación en Sanlúcar de Barrameda del primer convento dedicado expresamente a los misioneros franciscanos que venían a la isla en tiempos anteriores a la conquista (1443), y con la llegada a Tenerife del fraile dominico Alonso de Espinosa (1580).

Hoy sabemos que durante este tiempo existieron diferencias importantes en cuanto a la práctica, concepción y significado del culto candelario, y sobre el papel que debía jugar la Santa Imagen. Y buena parte de ello se lo debemos al historiador tinerfeño Lorenzo Santana Rodríguez, quien a través de sus artículos y publicación de documentos inéditos abrió las puertas a una interpretación más rigurosa y realista del fenómeno candelario. Sin su aportación esta investigación hubiera quedado irremediablemente atascada.

De las peripecias que relataremos se desprende que la santa talla fue deseada y disputada hasta extremos que sobrepasan los intereses meramente religiosos propios de imágenes y devociones de la época. Guanches, franciscanos, dominicos, agustinos, Cabildo de Tenerife, Obispado y Audiencia de Las Palmas, reyes y papas intervinieron de una manera u otra en la trama candelaria, en el marco de una enconada disputa por el control del culto y particularmente, por la posesión de la Santa Imagen.

A la postre, la historia la escriben los vencedores, y el relato del dominico Espinosa publicado en1594 se impuso como la historia de la Virgen de Candelaria. Su aportación es desde luego valiosa, pero como recuerda Santana Rodríguez, se trata de un testigo de parte, que defiende un relato hecho a la medida de los interese de su orden.

La aparición de la imagen en la playa de Chimisay, el descubrimiento de los pastores guanches, las piedras que le arrojaron, las curaciones milagrosas, la historia de Antón Guanche, el traslado a la cueva de San Blas…, el grueso de lo que ha quedado en el poso de la tradición popular procede de Espinosa, y de manera más o menos explícita ha sido asumido por la corriente principal de la historiografía canaria.

Este trabajo es en buena medida una revisión de lo contado por el dominico, y su conclusión principal es que la tradición sureña estaba en lo cierto, y que la talla que se custodia en la iglesia de Santa Úrsula de Adeje es efectivamente la que estaba en poder de los guanches en tiempos de la conquista. Curiosamente, la tradición de Güímar también tenía su parte de razón, pues las peripecias de la virgen de El Socorro no son menos extraordinario que las de su vecina de Candelaria. Tales conclusiones se apoyan en la revisión de la bibliografía existente, y en la reinterpretación y puesta en relación de una amplia documentación.

En la parte V presentamos una propuesta de lectura parcial de las letras que cubren la talla adejera, y de las que cubrían la imagen tragada por las aguas. Para ello seguimos la pista de un sistema de encriptación usado en el siglo XV conocido como Código se San Bernandino, que puede ser relacionado históricamente con los protagonistas de la llegada de la Santa Imagen a la isla.

La hipótesis que presentamos pretende arrojar luz sobre algunos puntos oscuros de la larga y prolija historia de la virgen de Candelaria. Una propuesta que se ajusta a los hechos conocidos, y que creemos que en su conjunto posee el suficiente grado de verosimilitud y de probabilidad histórica como para ser tomada en consideración. Y que como toda indagación que se precie, abre tantos interrogantes como los que cierra. En nuestro caso creemos haber aportado bastantes ¿Cómo? , ¿Cuando? y ¿Dónde?.., y relativamente pocos ¿Por qué?

El mito candelario ya había arraigado en las islas antes de la fecha en que comienza nuestro relato, por lo que seguramente se nos escapen algunas de las claves esenciales de la historia. Intentaremos dar con ellas más adelante. Por el momento, tenemos la impresión de que apenas hemos arañado el enigma de la Virgen de Candelaria.

La Virgen.

La Candelaria es una de las advocaciones marianas más antiguas del cristianismo. Ya estaba establecida en la Roma del siglo VII, con el expreso propósito de desplazar a las Lupercales y a los ritos relacionados con Perséfone, en los que las mujeres romanas desfilaban por las calles con antorchas. La sustitución de los hachones por las velas o candelas, y la fijación de la festividad el 2 de febrero lograron la cristianización definitiva de las ceremonias, y su asimilación a la celebración de la Purificación de la Virgen. En Lucas 22 y siguientes se recoge el origen de esta conmemoración. Según la ley de Moisés, todo varón recién nacido debía ser presentado en el Templo de Jerusalén al cumplirse los 40 días del periodo de purificación de la madre, llevando alguna ofrenda para el sacrificio. En el caso de María, una pareja de tórtolas. En el trascurso de la presentación, Jesús es reconocido como El Cristo por el anciano Simeón, quien lo señala como una luz para remover el velo de las naciones. De los detalles de este episodio se deriva la iconografía candelaria clásica.

La versión tinerfeña se ajusta estrictamente a este modelo: la Virgen-Madre porta una candela, en alusión a la profecía del anciano, mientras que el niño sostiene entre sus manos un pajarillo a modo de ofrenda. A demás, la versión insular incluye dos rasgos notables. A diferencia de la mayoría de las representaciones marianas, la virgen sostiene al niño con el brazo derecho, postura antinatural para una mujer diestra, y sus ropajes están cubiertos de letras de tipo latino sin sentido aparente.

Desde el punto de vista iconográfico, la candelaria es un patrón que identifica un programa simbólico, independientemente de la denominación específica de sus numerosas variantes. Así por ejemplo, las vírgenes de Buen Aire (Cerdeña, Argentina), Copacabana (Bolivia, Brasil) y Del Socorro (Guanchaco, Perú) son candelarias. La versión tradicional de la Virgen de la Luz (no confundir con la promocionada por los jesuitas en el XVIII) es una advocación muy cercana a la candelaria, pues se funda en el mismo pasaje evangélico. Desde el punto iconográfico, la diferencia entre ambas se reduce a la presencia/ ausencia de la candela, lo cual justifica el hecho de que en muchas ocasiones se solapen, siendo fácilmente intercambiables.

Origen.

Según una antigua tradición oral, la imagen original de la virgen de Candelaria es la talla que hoy se encuentra en la iglesia de Santa Úrsula de Adeje. Afirma el relato que en algún momento de los Siglos XVI o XVII los marqueses de aquella villa solicitaron en préstamo la imagen de bulto que custodiaban los frailes dominicos del convento de Candelaria, con el objeto de realizar una copia para su oratorio privado. Terminado el trabajo, el marqués de turno se quedó con el original, y devolvió la copia. Más tarde, donó la imagen a la parroquia donde hoy se exhibe.

¿Qué sabemos al respecto? Pues que la familia Ponte, marqueses de Adeje a partir de 1666, efectivamente poseían un oratorio privado en su residencia de la Casa Fuerte, que compartían capellán con la iglesia de Santa Úrsula, que eran protectores de la misma, y que en el inventario de 1684 se menciona por primera vez la presencia de una imagen de La Candelaria en esta parroquia. No existe pues ningún registro documental conocido que de noticias sobre la llegada de la talla, o pistas sobre su posible autoría. Pero sabemos algo más.

A finales de 1989 se envió al Instituto de Química-Física Rocasolano de Madrid una muestra de madera extraída de la parte inferior trasera de la imagen de Adeje. Allí se realizaron trabajos de datación por radiocarbono 14 con el siguiente resultado: la imagen fue tallada en algún momento entre 1445 y 1637. O más exactamente, la madera en que se realizó fue cortada en este periodo. A primera vista estos datos no aclaran gran cosa, pues la horquilla resultante es de casi dos siglos. Sin embargo son útiles para valorar algunas hipótesis que sobre el tema se han expuesto.

Algunos detalles de la datación por Carbono-14

Viera y Clavijo afirmaba a principios del XIX que la imagen fue encargada en 1666 por D. Bautista de Ponte y Fonte Pagés, cuando accedió al marquesado. Más recientemente, Pablo Amador Marrero, la atribuye al escultor tinerfeño Sebastián Fernández Méndez (1700-1777), siendo el presunto comitente el Marqués Domingo José de Herrera y Ayala1. En el otro extremo, el periodista y escritor Juan Carlos Gil Marín sostiene en diversas publicaciones que la imagen de Adeje llegó a la isla en la primera mitad del siglo XIV. Estas hipótesis quedan fuera de la horquilla señalada por el Carbono14, por lo que difícilmente pueden explicar la presencia de la talla en la parroquia de Santa Úrsula…, con una salvedad que comentaremos.

Según otra antigua tradición, la candelaria original es la Virgen del Socorro, pues fue en este pago sureño donde la hallaron los guanches. Es evidente que no se refiere a la imagen que en la actualidad se exhibe en la iglesia de San Pedro de Güímar, pues con seguridad data del primer tercio del XVII, sino que probablemente recoge noticias sobre la existencia de una imagen anterior, lo cual se comparece con la documentación existente, pues se sabe con certeza que la ermita de El Socorro de Güímar ya existía en 1539, y con toda probabilidad poseía una imagen titular.

La actual Virgen del Socorro es una candelaria invertida, con el niño en el brazo izquierdo y la vela en la mano derecha. Realizada antes de 1643, incluye dos características de interés: viste túnica roja adornada con flores y letras doradas de tipo latino, y en el pecho figura el versículo 16 del capítulo II del Cantar de los Cantares. En el gran trabajo monográfico de María Jesús Riquelme2, se describen una veintena de imágenes de bulto de la advocación estudiada de los siglos XVI, XVII y XVIII, resultando que únicamente las de Adeje y El Socorro de Güímar incluyen letras en el cuerpo de la talla.

De otra parte, la disputa sobre la preeminencia de estas imágenes parece estar resulta desde hace mucho tiempo. Según la práctica totalidad de los estudiosos que se han ocupado del tema, la imagen original fue la que arrastró al mar el temporal de noviembre de 1826, pues coincidía con la descripción hecha por fray Alonso de Espinosa en 1594. Por lo manifestado por este y otros autores, la talla desaparecida era de muy buena factura, ricamente decorada con pan de oro “…tan perfecto, tan bien asentado y bruñido que ningún oficial lo hará tan bien…”3 .

Es claro que las tres afirmaciones precedentes son de carácter e intencionalidad bien diferentes. Sin embargo coinciden en mostrar la preocupación que de antiguo ha existido sobre el origen, la legitimidad de la imagen, y el culto asociado a la misma. Importaba y mucho, conocer el principio de la historia, el momento prístino de la introducción del mito en la isla, y la identidad de sus promotores. No es nuestro propósito acometer una suerte de prehistoria de La Candelaria en este artículo, sino atender a la extraña (por persistente) relación que liga a las tres imágenes citadas. Así, convendremos en considerar como original la imagen que estaba en posesión de los guanches en el momento en el que la isla de Tenerife se incorporó a la corona de Castilla (1496)

Letras de la orla baja del vestido. Talla de S. Úrsula de Adeje

Un fraile y tres misterios.

En 1580 arribó a Tenerife el fraile dominico Alonso de Espinosa. Nacido en Alcalá de Henares, pasó a Guatemala, donde ingresó en la Orden de Predicadores. El motivo explícito del viaje a la isla fue su interés por la imagen de Candelaria, pues “…oí contar prodigiosas cosas de ella; y desde entonces me vino un deseo y codicia de verla4…” Tras algunas andanzas por el archipiélago, en 1590 el prior dominico, Fray Pedro Marín, consiguió que el obispo Xuarez de Figueroa le encargase oficialmente la redacción de una obra sobre la Santa Imagen. El trabajo estaba terminado en 1594, y fue publicado en Sevilla con el título Del Origen y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de Candelaria, que apareció en la isla de Tenerife, con la descripción de esta isla. La edición se agotó rápidamente, convirtiéndose inmediatamente en obra canónica y referencia imprescindible para el fenómeno candelario.

La figura de Espinosa ha sido glosada como la de un fraile piadoso y milagrero, ciertamente ingenuo, pero sin duda bien intencionado, destacando su acercamiento a la cultura aborigen y subrayando que gracias a su labor se han conservado testimonios de otra manera se hubiesen perdido. Aunque quizá, lo notable, lo extraordinario del caso del ingenuo dominico fue su velada capacidad para fijar un corpus histórico-ideológico que ha permanecido prácticamente inalterado…, hasta hoy.

Y decimos velada, porque la historiografía reciente ha acumulado pruebas en su contra, evidenciando que Fray Alonso de Espinosa nunca fue lo que dijo o insinuó ser. A este respecto son esenciales los trabajos del historiador tinerfeño Lorenzo Santana Rodríguez, quien ha publicado diversos artículos y documentos inéditos que muestran que Espinosa fue en realidad un testigo de parte, o más exactamente, el portavoz del relato elaborado por los dominicos para legitimar la posesión de la imagen y la gestión de su culto. Un relato que se impuso a otros alternativos, en el contexto de un conflicto que duró siglo y medio, y en el que intervinieron casi todos los estamentos de las islas, además de varios reyes y algún Papa. Daremos cuenta de la dureza y encono del mismo, así como de los insospechados medios utilizados por las partes. Intentamos por tanto de una revisión en toda regla del menaje de Espinosa, del cual se han nutrido el imaginario religioso- popular y la corriente principal del pensamiento histórico canario.

Tradicionalmente se han asociado tres enigmas o misterios a la imagen: ¿Quién la trajo a Tenerife? ¿En qué fecha? ¿Qué significan las letras que la cubren? Espinosa da respuesta a los dos primeros, dejando abierto el tercero: la Santa Imagen fue depositada por los ángeles en la playa de Chimisay en 1400, reconociéndose incapaz de comprender el sentido de las famosas letras.

La creencia en la autoría angélica resistió bastante bien hasta la época de Núñez de la Peña (comienzos del XVIII), desvaneciéndose luego poco a poco. En contraste, su propuesta de datación se ha mantenido prácticamente incólume hasta hoy. Abreu Galindo, Viana, Núñez de la Peña, Viera, Moure…, siguieron en líneas generales a Espinosa, estableciendo un consenso que venía a decir que la imagen llegó a la isla un siglo antes de la conquista poco más o menos (en la década 1390-1400).

Pero existía un problema: desde el punto de vista estilístico, datar la talla en siglo XIV era cuando menos forzado, pues no se correspondía con ninguna procedencia o estilo conocidos de esta época. Algunos debieron advertirlo, pero prefirieron callar. Visto en perspectiva, lo curioso del caso es que no se cuestionase la estimación del dominico, pues el propio Fray Alonso manifiesta dudas e inseguridades notables, advirtiendo que “…si en la computación de los año hubiese algún descuido, no es de culparme, pues se tomo tan tarde este negocio, que a poco más no hubiera memoria de él…”5 Más adelante añade que “Aunque averiguar el año y el tiempo en que esta sagrada imagen apareció sea cosa muy dificultosa…”, consiguió establecer la datación mencionada en base a unas antiguas pinturas que había en el convento dominico de Candelaria y en “…la computación de las lunas que los antiguos naturales usaban…”6 Un registro como el mencionado debería abarcar unos 200 años, es decir unas 11.500 lunaciones. No se conoce nada semejante en la cultura aborigen de Tenerife.

A principio del S. XX comenzó a abrirse una brecha en el añejo relato de Fray Alonso. El historiador Rodríguez Moure quiso conocer la opinión del padre Fita Colomé, a la sazón presidente de la Real Academia de Historia, y le envió estampas y fotografías de cuadros, medallas y reproducciones. La respuesta fue concisa: se trataba de una talla de la segunda mitad del S. XV, añadiendo que las letras del cinturón eran del mismo estilo que los plomos granadinos nº 85, fechados también en este periodo. Ya avanzado el siglo, Romeu de Armas se acercó a esta postura, siguiendo al catedrático Jesús Hernández Perera. Desde entonces el asunto ha quedado en suspenso.

A estas alturas del S. XXI, atribuir a la imagen de Candelaria una antigüedad de cincuenta años más o menos es asunto que seguramente solo interese a historiadores y curiosos, pero en el XVI las cosas eran bien distintas. Fijar una fecha de partida suponía señalar a los introductores del culto en la isla, y por tanto identificar a sus legítimos herederos, cosa que el dominico Espinosa sabía perfectamente.

Los misioneros franciscanos y sus compañeros de viaje.

En 1975 Antonio Romeu de Armas, apoyándose en trabajos anteriores como el de Hipólito Sánchez Sopranis7, incluyó en su monumental La Conquista de Tenerife 1494-1496 un amplio capítulo que supondría una pequeña revolución en el conocimiento del periodo previo a la ocupación de Tenerife. En él se recogía por primera vez de manera sistemática la documentación relacionada con Canarias depositada en diversos archivos franciscanos de Andalucía, y una amplia colección de bulas y breves pontificios del archivo Vaticano. El grueso de lo publicado trataba sobre la actividad misionera de la orden minorita entre 1443-1487 en las islas aun no conquistada. La presencia de los franciscanos en ellas no era del todo desconocida, pues ya Viera la menciona, pero la extensión y relevancia de sus actividades era una novedad para la historiografía insular.

El principal centro de actividad fue la banda sur de Tenerife, aunque la empresa misionera estableció desde muy pronto una infraestructura de apoyo en Sanlúcar de Barrameda, que por entonces contaba solo con una fundación de religiosos regulares, los Ermitaños Agustinos, instalados en la playa de Regla.

En 1443 un grupo de vecinos se asoció para levantar a las afueras de la villa un pequeño edificio destinado a convento. Entre los fundadores figura Alonso Fernández de Lugo, tío homónimo de quien sesenta años después será Adelantado de Canarias. Al poco de terminado, el convento fue cedido a Fray Juan de Logroño, vicario franciscano de las misiones de Canarias, para que fuese utilizado como lugar de agrupamiento y descanso de los frailes que viajan a las islas. La institución se llamó Santa María de Jesús, aunque popularmente fue conocido como el convento de los canarios. Sánchez Sopranis señala que el proyecto gozó de la protección del Conde de Niebla, señor de Sanlúcar, y simpatizante de una rama de observantes franciscanos, a la cual pertenecía Fray Juan de Logroño. Esta facción había sido fundada por Fray Pedro de Santoyo, que como veremos también juega un papel en esta historia.

Parece que la actividad arrancó con ímpetu, pues al poco se crearon otros dos conventos de canarios en Jerez de la frontera (Madre de Dios) y Utrera (Santa María de las Veredas). Se sabe que en 1458 existía un eremitorio en el valle de Güímar, donde fray Maseda y fray Alfonso de Bolaños predicaban en lengua guanche8. Este último se convertirá poco después en Vicario de las misiones de Canarias, África, Guinea e Islas del mar Océano.

Bolaños mostró gran independencia de criterio, y por su cuenta y riesgo, declaró el convento de Sanlúcar exento de la obediencia franciscana, poniéndolo bajo la autoridad directa del Papa. Tambien tuvo fricciones con Diego de Herrera, Señor de Canarias, quien en 1465 se quejó de su comportamiento en carta enviada al papa Paulo II.

De la efectividad de su labor hay referencias en diversas bulas. Se mencionan multitud de bautizados en Tenerife, extremo confirmado por la Información de Cabitos de 1477, donde el propio Diego de Herrera relata que “el obispo de las dichas islas ha estado en las dichas islas e sus clérigos; e en la dicha isla de Tenerife han entrado asaz veces frayles, e tienen su iglesia e hay en ella asaz gente bautizada”.

En este año el proyecto franciscano sufrió un duro un golpe del que no se recuperaría. Los Reyes Católicos desviaron el dinero recaudado a través de las bulas papales a la conquista de Gran Canaria. El fondo estaba expresamente destinado a las misiones, y aunque hubo protestas de Sixto IV, el modelo de ocupación militar se impuso con el apoyo del cardenal Rodrigo de Borja, futuro Alejandro VI.

Al año siguiente (1478) murió Alfonso de Bolaños, lo cual dio lugar a una reorganización general de la empresa. En 1480 se expidieron dos bulas en las que se establecía el convento de los canarios de Sanlúcar como sede de la vicaria franciscana de Canarias, designándose como ejecutor al obispo de Cádiz, Pedro Fernández Solís, quien contaría con la ayuda y apoyo de Enrique de Guzmán, Conde de Niebla y Duque de Medina Sidonia. Finalmente, en 1487 fue suprimida la autonomía de las misiones canarias, pasando a depender de la provincia franciscana de Andalucía.

Hay indicios de que tras la muerte de Bolaños los Ermitaños Agustinos relevaron a los franciscanos de Sanlúcar en sus viajes a las islas. Viera sugiere en un ambiguo párrafo que fray Andrés de Goles y Pedro de Cea, fundadores del convento agustino de La Laguna, contaban con una experiencia previa a la conquista en el trato con los guanches.9 El primero era pariente de Alonso de Lugo10, y probablemente procedía del entorno de los duques de Medina Sidonia11. El relevo debió estar relacionado con facultad otorgada por Pío II, al obispo Illesca y a Alfonso de Bolaños para reclutar frailes de cualquier orden para las misiones.12

Las noticias aportadas por Romeu de Armas no van más allá de esta fecha, pero se puede seguir la historia en un enigmático fragmento del historiador teldense Tomás Marín de Cubas:”…y venían de África al trato de carnes cecinas, cevo, y cuero, traian será y hazían processiones, y encendían luces a la virgen passeando la plaia onde fue hallada, y esto hisieron en secreto hasta el tiempo de la conquista…”13 Reuniendo lo hasta aquí expuesto, es posible hacerse una idea aproximada de lo que ocurrió.

Hacia 1440, pequeños grupos de frailes franciscanos recorrían intermitentemente las islas no conquistadas. Las visitas se realizaban al margen y en contra de la opinión e intereses de los Peraza-Herrera, señores del archipiélago, pues en esencia se trataba de un método de colonización progresiva, que consideraba que la incorporación de los naturales a la cultura occidental debía ser un objetivo a largo plazo logrado por medios no traumáticos. La antítesis del espíritu de conquista-cruzada inaugurado por Jean de Bethencourt, y continuado por los nobles y capitanes reales que le siguieron. El método franciscano fue posible gracias a la sucesiva ascensión al papado de pontífices que o bien provenían de la orden de seráfica, o compartían sus postulados. (Eugenio IV, Pio II y Sixto IV).

Alfonso de Bolaño centró sus actividades en el sur de Tenerife, lo cual explica en gran medida por qué los menceyatos de esta zona se constituyeron en bandos de paces y apoyaron a Alonso de Lugo. En 1464 Diego de Herrera puso pie en la isla y levantó una torre en Añazo, iniciando una dinámica militar que distorsionó el desarrollo de la labor de Bolaños y los suyos. Se trataba de un cambio de modelo que dio lugar a episodios de hostilidad por parte de los guanches.

A la altura de 1480, el trato con los naturales era añejo. De la estrategia religiosa usada por los frailes se sabe que además del uso de la lengua guanche, utilizaron profusamente la iconografía mariana como eje de un sincretismo simbólico-religioso que más tarde sería ampliamente desarrollado en América. De ello hay testimonios en el propio Espinosa, quien menciona imágenes marianas aparecidas en Abona, Adeje y Guía de Isora. Marín y Cubas por su parte relata que por las partes de Adeje “…aunque escondidas y maltratadas se hallaron imágenes de Santos.”14 Se trataría de pequeñas tallas como la Virgen de la Luz y del Tajo de Abona, hoy expuesta en la parroquia de Arico el Nuevo, o Nuestra Señora de la Luz del convento de las Concepcionistas de Garachico.

Aunque estimamos exagerada la infinita credulidad atribuida a los guanches, y especialmente a sus dirigentes, no es imposible que los religiosos escenificasen alguna aparición preparada que contribuyeses a acelerar el proceso de aculturación. Así, esta fase del fenómeno candelario consistió en una sostenida penetración religioso-cultural que duró unos sesenta años, y que fue sistemáticamente silenciado por Espinosa, los conquistadores y sus descendientes. La aparición de la talla de La Candelaria tuvo lugar en este contexto.

Ahora bien, la imagen de Güímar poseía singularidades que la diferenciaban del resto de las de Tenerife. Las dimensiones, materiales y factura eran cualitativamente superiores. Su emplazamiento coincidía con el centro principal de las misiones, y el aprecio que le mostraban los guanches era también significativamente superior. En 2009 Lorenzo Santana publicó un documento en formato de borrador y original que dio un vuelco al mito candelario.15 En 1544 un nutrido grupo de guanches de Güímar, apoyados por el clero diocesano y los frailes agustinos, se quejaron de que los dominicos del convento de Candelaria les negaban los sacramentos, y temían que la talla sea trasladada a otro lugar de la isla.

Lo relevante del caso es que afirmaban que ellos y sus padres habían ayudado a hacer con sus limosnas tanto la iglesia como la imagen. Luego, en esta fecha los naturales tenían conciencia y recuerdo de que la llegada de talla se remontaba a una o como máximo dos generaciones. Es decir, en tiempos muy próximos a la conquista, lo cual se comparece con la datación estilística del padre Fita. Así, todo apunta al periodo final de las misiones (1480-1492), momento en el que ya habían pasado a manos de los agustinos, y por tanto habría que atribuir a estos tanto la autoría como el traslado de la imagen a la isla.

¿Significa esto que el culto candelario comenzó en esas fechas? No, pues con toda probabilidad hubo una o varias imágenes anteriores. Marín y Cubas alude a una talla diferente de posible origen franciscano. “Tiene túnica blanca, a modo de un alba…”, lo cual no coincide con la descripción de Espinosa, como tampoco la forma del cabello (ocho trenzas), ni la distribución de las letras16. El paso del tiempo y la labor de Espinosa tuvieron como resultado identificar el comienzo del culto con la llegada de la última de las tallas.

De otra parte, hay indicios relevantes que sugieren que el fenómeno candelario se inició en S. XIV, pero como hemos señalado, este periodo queda fuera del ámbito del presente artículo.

El relato de Espinosa parece confirmar cuanto decimos. Tanto el velo de silencio que extendió sobre las misiones, como la datación remota de la imagen sugieren que el propósito del dominico era establecer como tradición incuestionable que la talla había bajado directamente de los cielos a la playa de Chimisay, para pasar a manos de los dominicos por intermediación de los guanches, protegiendo así a su orden de cualquier posible reclamación de franciscanos o agustinos, pues podrían argüir que la Santa Imagen ya estaba en la isla cuando llegaron Bolaños y los suyos. Pero esto es solo una parte de la historia.

De lo expuesto también se deduce que la casa Niebla-Medina Sidonia patrocinó la empresa misionera desde sus comienzos, presentándose a partir 1480 como protectores oficiales. El tráfico a Canarias se realizaba desde su puerto de Sanlúcar, por lo que debieron facilitar la contratación de tripulaciones, el flete de navíos, el traslado y abastecimiento de los misioneros… o lo que es más probable, la casa de Niebla incluyó la singladura de Tenerife en las expediciones comerciales que regularmente visitaban diversas plazas de la Berbería de Poniente, varias de las cuales le rendían vasallaje conforme a los usos de la antigua behetría desde época indeterminada17.

Marín y Cubas insiste en que los impulsores del culto candelario venían de África, y que comerciaban con los nativos. “Tanto estos africanos, como los isleños morirían primero que revelar secretos, o dijesen algo que ellos supiesen y con todo afirmaban tener en la ysla de Thenerife cien años antes de la conquista unos mas o menos la imagen de Candelaria que hacía muchos milagros en ellos y los africanos hacían de noche procesiones de luces de será por la costa del mar a escondidas de los Xristianos, y guardaban la será en cuevas y la traían labrada de Africa porque no supieron los isleños labrar será ni tuvieron colmenas sino miel silvestre de avejeras enriscadas…”18.

El historiador teldense dibuja un curioso escenario devocional que gira en torno a la imagen mariana y a una cera milagrosa, en el que además de religiosos, participan aborígenes, y un extraño contingente africano que parece ostentar una antigua legitimidad. Espinosa confirma parte de lo relatado, pues alude repetidamente a las procesiones angélicas en la playa, y a las maravillosas apariciones de la cera, que el propio obispo Muros envió al monasterio de Guadalupe y otros lugares de la diócesis. La actividad era secreta (se insiste en ello), y no debía ser conocida de autoridades ni cristianos, desarrollándose al margen del proceso de colonización de las islas mayores emprendido por la corona de Castilla. La impresión de conjunto es la de un culto ubicado en la periferia del cristianismo, cuando no abiertamente heterodoxo.

 

Fernando Herráiz Sánchez

lagunaoculta@hotmail.com

1 Amador Marreo, Pablo. Vestida de Sol. Pg. 188. Obra Social Caja Canarias 2009.

2 Riquelme Pérez, Mª Jesús. La Virgen de Candelaria y las Islas Canarias. Cabildo de Tenerife. 1990.

3 Espinosa, Alonso de. Historia de Nuestra Señora de Candelaria.pg 76. Goya Ediciones. 1980.

4 Ibíd. Pg16

5 Ibíd. Pg. 17.

6 Ibíd. Pg. 51

7 Sancho de Sopranis. Los Conventos Franciscanos de la misión de Canarias (1443-1487). Anuario de Estudios Atlánticos nº5.1959

8 Romeu de Armas, Antonio. La Conquista deTenerife.1494-1496. `Pg. 29. Aula de Cultura. Cabildo de Tenerife. 1975.

9 Viera y Clavijo, Joseph. Historia de Canarias. Pg. 358. Cupsa Editorial. 1978.

10 Fray Andrés de Goles era primo de Jerónimo Valdés, a su vez sobrino del Adelantado. Acuerdos del Cabildo IV. Pg. XLVII.

11 Goles no es apellido, sino apelativo monástico que alude a Hércules. Existía en Sevilla una Puerta de Goles, frente a la cual estaba el palacio-residencia de los duques de Medina Sidonia.

12 García Oro, José. La iglesia de Canarias en el renacimiento. Pg. 62.Cabildo de Fuerteventura. 2005.

13 Marín y Cubas, Tomas. Historia de las siete islas Canarias. Pg. 280. RSE Amigos del País de Las Palmas.1986.

14 Ibíd. Pg. 58.

15 Santana Rodríguez, Lorenzo Vestida de Sol. Pg. 27. Obra Social Caja Canarias 2009.

16 Marín y Cubas, Tomás. Historia de las siete Islas de Canarias. Libro III. Nº370. Editorial Globo.

17 Herráiz Sánchez, Fernando. El imaginario de Alonso Fernández de Lugo. La Casa de Niebla. La Prensa. El Día 27 octubre 213.

18 Marín de Cubas, Tomás. Obra citada pg. 252.

Un comentario sobre “La Candelaria de Adeje I

  • el 5 marzo, 2018 a las 7:44 pm
    Permalink

    Hace años estoy investigando lo relacionado a la virgen Candelaria y sin duda, este trabajo es el mejor que he leído. gracias.

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

×