Redes Adultas

-¡Randall, amigo!-, saludó Markus entrando en el bar.

-Já, me debes la cuenta de ayer.

-Oh, venga, que pareces judío.

-¡Por eso mi mujer no tiene contrato!

Y ambos se echaron a reír y a continuar con trivialidades que podrían considerarse divertidas entre ellos.

Randall había soñado, desde que dejó de estudiar a temprana edad, en crear su propia empresa, aunque nunca supo exactamente qué quería, pues le gustaba viajar y le gustaba la gente, puede que demasiado y no por motivos virtuosos. Siempre creyó que siendo divertido y condescendiente podría sacar lo que quisiese, dependiendo de la situación o de lo que tenga la otra persona que ofrecer.

Cuando cumplió los veintinueve, se decidió por montar un bar en Canarias, donde la clientela generalmente fuese germana, su gente favorita, y tras unos meses conoció a una mujer, Cindy, y a su pequeño hijo, Silve, llegando a crear una estrecha relación, ya que Cindy había dejado a su marido por abusivo y Silve no tenía una figura paterna. El amor parecía estar en el aire.

No pasó más de un año cuando Randall se le declaró y ella aceptó. Al fin aparecía la esperanza de Cindy, el sueño de una familia feliz y un hombre que le pueda enseñar a su hijo a ser uno. Todo marchaba bien. Cindy trabajaba en el bar y se ocuparon conjuntamente de todo, por un tiempo…

Un día llegó Markus, un viejo alemán con una ideología extremadamente racista, con un desprecio hacia la dignidad humana sin precedentes, un severo alcoholismo, y una vida ensombrecida que pocos conocían. Para la mayoría de la gente, era el gran viejo alegre y jubilado que se pasaba el día en el bar, pero casi siempre desaparecía antes de las nueve y no se le volvía a ver hasta el mediodía del día siguiente.

Desde su llegada, Markus y Randall se hicieron muy amigos y empezaron a hablar, empezaron a desaparecer por las noches, dejando a Cindy atendiendo sola en el bar mientras Silve jugaba con sus amigos en la plaza, se quedaba en el bar esperando a su madre, o iba a casa para ver la tele. Era muy pequeño para estar desatendido, pero todos se conocían en la zona y nadie se preocupaba puesto que su madre podría preguntar a cualquiera sobre donde estaba su hijo.

Lo que sí que le preocupaba a Cindy era Randall. Ahora desaparecía por la noche o volvía a casa completamente borracho entre carcajadas, ella dudando sobre si también tomaría otras drogas, y le amenazó con echarle de casa. Al día siguiente, nada más ver a Markus, se enfrentó a él sabiendo que él era el responsable del cambio de su marido. El bar aún estaba vacío cuando entró el alemán.

-¡Markus, no te quiero volver a ver aquí! ¿¡Qué le haces a mi marido!? ¿¡A donde vais de noche!? ¿¡Qué hacéis?!

Markus abrió los ojos con rabia. Cindy podía ver como apenas había blanco, sustituido por arterias. Su vena frontal parecía querer estallar y su cara simulaba la de una que está siendo ahogada.

-¡No me vuelvas a hablar así!-, gritó sacando de la espalda una pistola y apuntándole a Cindy.

-¡Fuera de aquí o llamo a la policía!-, gritó histérica pero firme.

Markus guardó la pistola mientras dio media vuelta y no volvió a aparecer en unos días, pero a la mañana siguiente del incidente, al abrir el bar, Cindy se encontró con el bar destrozado. Todos los platos, los vasos, la decoración, botellas, todo lo rompible, hasta una foto que tenía colgada en la pared de su querido hijo.

Después de esas tensiones, el bar lo llevaba Randall para evitar problemas al ser amigo de Markus, aunque parecía que eran mucho más que amigos y hablaban mucho a solas.

Un día, entró Silve para coger un helado y fue llamado por ambos, con mucha amistad y una amplia sonrisa.

-¡Silve! Ven aquí, hijo mío-, dijo Randall.

-¿No quieres quedarte a dormir en casa de Markus?

Silve, algo extrañado por la oferta se lo pensó de forma fugaz. Markus siempre le trató bien  y parecían muy amigos entre todos, pero claro, el pequeño no estaba involucrado en nada, no sabía lo que ocurría. Solo podía ver una fachada.

-Vale.

-¡Pues esta noche, que es sábado!-, dijo mirando a Markus, quien asintió complacido pero serio-. Toma un helado y vete a jugar.

-Randall, ¿cuántos años tenía el chico?

-Casi seis.

-Ah, mejor. No se acordará seguro…, tengo algo mejor que lo que me trajeron hace una semana, me han dicho que es más fuerte y que le encanta a la gente.

Llegó la noche y a las puertas del apartamento del alemán se hallaban Randall, Markus y Silve. Al pequeño le habían dicho que no hacía falta que llevase ni siquiera ropa de sobra o mantas, pero llevó su manta favorita para dormir bien.

Entraron en la casa y pasaron. Los dos hombres se quedaron en la puerta, Randall con las manos en el bolsillo y una sonrisa extraña, Markus enérgico y feliz. Se quedaron callados mirando a Silve y el niño mirándolos a ellos.

-¡Adelante! Ve y mira la casa-, dijo el anfitrión.

Silve, acongojado, caminó por el pasillo mirando curioso los cuartos mientras los otros murmuraban algo. El muchacho volvió, cargado, sin estar seguro de donde dejar su manta y los hombres callaron.

-Bueno, Silve, os dejo-, dijo, Randall acariciando la cabecita del niño y poniendo una mueca, como si dijese al mismo tiempo “lo siento” y “la vida es dura”, y se marchó para volver al bar.

-Randall, ¿sabes dónde está Silve?-, preguntó Cindy mientras llenaba unas cuantas jarras en el grifo.

-Me preguntó si podía quedarse en casa de un amigo, Alejandro, y le dije que sí-, respondió sueltamente.

-Ah, es su mejor amigo. Bueno, es sábado, no pasa nada.

-Eso pensé yo…

A la mañana siguiente, Randall fue a recoger a un vestido e inconsciente Silve y, sin dirigir una sola palabra a Markus al bastar el intercambio de miradas, lo llevó en brazos hasta casa, que no eran más de trescientos metros de distancia.

Le metió en la cama y se fue al bar a beberse una cerveza.

Silve despertó sobre las tres de la tarde sintiéndose envenenado y dolorido. “¿Dónde está mi manta?”, pensó. Su cabeza estaba tan desordenada que nunca volvió a preguntar ni a preocuparse por la manta. La enterró en lo más profundo de su mente.

 

 

Elvis Stepanenko

 

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