Cuando los hijos reprenden a los papás: jóvenes por el clima, un punto de inflexión

El movimiento Fridays For Future (FFF), conocido en el Estado español como Jóvenes por el Clima (JxC), apenas acaba de arrancar los primeros meses de su corta vida. Más allá de la sorpresa general, de la joven y carismática Greta Thunberg, y de la pléyade de buenas intenciones desatadas a todos los niveles en torno al problema medioambiental, a nadie se le escapa que este no es un recién llegado. ¿Cuántas medidas internacionales no se han “tomado” ya contra el cambio climático? Casi da la sensación de que a cada nueva generación se le pone delante del jocico una nueva zanahoria de esperanza para que la mordisquee a gusto. 1992, 1997, 2000, y las fechas que hagan falta para cerrar acuerdos multinacionales vinculantes de los que sus propios participantes se desvinculan. El próximo año fallecerá nuestro amado Protocolo de Kioto, con toda su controversia y con todo su fracaso.

Pero en este caso, quiero pensar, es diferente. ¿Es Greta una revolucionaria radical? No lo sé, pero desde luego las proclamas que he escuchado en la calle no lo son. ¿Por qué pensar, entonces, que es diferente? En primer lugar porque se trata de una llamada desesperada, no de un aviso futuro. Esta generación ya no alerta con predicciones catastróficas sobre el nivel insostenible de dióxido de carbono que habrá en la atmósfera dentro de cien años, sino que advierte de la monstruosa oleada de calor que está derritiendo hielos milenarios en Groenlandia ahora. El simbolismo, en todo caso, es algo más que genial: los hijos que reprenden a sus padres. La generación a la que le toca cargar el muerto del cambio climático se vira y le grita a la anterior nosotros solo somos niños que protestan, no deberíamos estar haciendo esto, no deberíamos tener que hacerlo, sentir que nuestro futuro está amenazado. Las continuas referencias de Greta a los altos cargos mundiales como inmaduros y su continua reafirmación como líder de un movimiento juvenil solo dejan cabida a una interpretación: estos padres llevan cerca de doscientos años -si no más- sin hacer sus deberes. Merecen un justo castigo.

Es entonces que los niños salen a la calle. Sí, los niños. Los institutos, las universidades… Un movimiento estudiantil muy potente que vuelve a recordarnos que aquellos que aún pueden decidir sobre su futuro son potencialmente revolucionarios. Un horizonte de sucesos amplio y tormentoso que no se puede domar con facilidad. Ante la variedad de opciones, por supuesto, habrá caminos truncados y maquillajes mal disimulados para problemas en estado de pudrición ¿y qué? Una vez un movimiento se pone en marcha, al igual que cuando un balón está en el aire, es imposible determinar con exactitud qué rumbo tomará. Si la intención es realmente acabar con la amenaza del cambio climático, el movimiento terminará por tornarse antisistémico -esto es, anticapitalista-, de lo contrario morirá poco a poco, como las enanas marrones que se disuelven lentamente, durante millones de años, en el espacio profundo. Y aquí viene nuestra Enterprise, porque el estereotipo de estudiante rebelde -sin causa-, desobediente, desordenado… ¡Un loquillo, vamos! Cae por su propio peso. Los estudiantes han sido a lo largo de la historia una fuerza revolucionaria y, en fin, lo siguen siendo. Le pese a quien le pese.

Por otro lado están, por supuesto, los viejos luchadores. Ellos lo darán todo por ayudar a sus jóvenes compañeros de batalla, pero el movimiento ha sido lo suficientemente sonoro como para atraer a adultos con alma de niño, aquellos que siempre se han rebelado contra el mundo realmente existente. Es por ello que lo mismo que existe un Jóvenes por el Clima existe un Padres por el Clima, Profesores por el Clima, Abuelos por el Clima, y todos los sectores de la sociedad que quieran sumarse podrán hacerlo, no lo dudo, gustosamente con sus propias siglas. ¿Y por qué con sus propias siglas? Ya hemos hablado del simbolismo de esta rebelión -que, por lo pronto, no revolución- estudiantil: los hijos que reprenden a sus papás, la nueva generación que reclama desde un mundo de gris hormigón un parque de césped donde jugar.

Bien, pues diga, Capitán ¿cuál es el plan? El plan es romper con el Green New Deal, la idea de que se puede hacer frente al problema climático con toda la parsimonia del mundo ¿lo adivinan? Sí, estamos hablando de la Emergencia Climática. ¿Tan emergente es? ¡Oh! ¡Dígame usted a mí! Si es un problema urgente lo demuestra el hecho de que cada día, a cada hora, nos inunden con nuevas noticias relacionadas con un cambio global de potencial catastrófico. El problema es justamente que hemos esperado -y seguimos esperando- a llegar a ese pico máximo de emisiones para hacer algo, el problema es que los países ricos compran derechos de emisión de gases de efecto invernadero a los países pobres, el problema es que las industrias más contaminantes son tan rentables que ni muertos -buena expresión en este caso- sus dueños las van a soltar en pos del bien común. El planeta mantiene un equilibrio impresionante. Ha conseguido mantener unas temperaturas más o menos estables a pesar de que, desde que comenzó la vida en la Tierra, la potencia calorífica del Sol se haya incrementado en un 30%. Sin embargo algo ha roto el equilibrio en estos últimos doscientos años de industrialización, y teniendo en cuenta que el ser humano lleva poblando el planeta desde hace millones, ha de ser, no la especie, sino el sistema en el que vive inmersa. Desde finales del siglo XIX hasta comienzos de nuestro milenio las temperaturas se incrementaron en casi un grado. El objetivo inicial de los acuerdos internacionales era evitar que la Tierra sobrepasara en su calentamiento otros dos grados, luego se acordaría uno y medio. ¿Y qué pasa si no lo conseguimos?

Pues que seremos, nuevamente, los pringaos de la Tierra.

Pablo Ramos




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