Delirio

Recuerdo cuando te miraba desde la silla. Dormías con el móvil en la mano y el portátil sobre tus muslos. Al lado, un medio plato de patatas rancias y salsa barbacoa.

Recuerdo cuando respirabas con ese tempo que tanto me gustaba y yo, a tu lado, tocaba la guitarra y cantaba a pleno pulmón sin tú inmutarte.

Recuerdo todo lo que bebiste, todo lo que fumaste y todo lo que disfrutaste conmigo en la cama.

Recuerdo cuando esperaba a que despertases, pero no lo hacías, así que seguí mirando publicaciones irrelevantes en la red.

Recuerdo que intenté ser romántico y preparar esa cama deshecha para ti, quitar el maquillaje que dejaste encima y aplanar las sabanas para que cuando te levantase, te llevaría en mis brazos cual héroe. Me sonreirías y me besarías. Me amarías.

Recuerdo el fracaso de mi imaginación al no ver las limitaciones. Debería ser más alto, más ancho y más fuerte, y me duele pensar que no tuviese los músculos o la grasa para poder cargar contigo sin herirte. Cualquier cosa por que siguieses durmiendo plácidamente.

Recuerdo esa última jarra de cerveza que me serví de una botella abierta. Me gustaría decir que llevaba días abierta y que apenas bebía, que estaba asquerosa y solo lo hice porque quería mantenerme despierto para mirarte, pero sabes que no es así. No tengo un problema.

Tengo un problema…

Recuerdo arroparte no solo en esa sábana inicialmente blanca que te envuelve, que complementaba a la perfección tus carnosos labios con el rojo del que lo teñiste. Eres toda una artista incluso durmiendo. A veces eran negros tus labios, pero hoy eran más rojos que la sangre que todavía corre por mis venas. Mira como duermes.

Recuerdo que nunca me enfadé contigo, que nunca quise que sufrieras daño alguno, ¡al contrario!, quería que fueses feliz aun siendo yo el infeliz que siempre fui. Nunca te di una oportunidad, y tú sí. Aprendiste la lección, al fin y al cabo. ¿Qué nos pasó, amor mío?

¿No recuerdas cómo apestábamos a hedonismo? ¿Cómo nos envidiaba la gente? ¿Cómo escuchábamos la gente borracha riendo, riñendo o soplando una armónica que se pasaba de boca en boca como si fuesen banales ideas políticas? Yo sí lo recuerdo.

¿No recuerdas cómo nos solíamos burlar de los que considerábamos inferiores? ¿De cómo escupíamos a la gente desde el balcón? ¿De cómo les insultábamos para que finalmente la vieja vecina aporrease la puerta? Yo sí lo recuerdo.

Y ahora míranos, tú arropada en una manta recién teñida de rojo y yo aquí, sentado, mirándote. Dejé de temblar hace media hora, pero aún no me puedo levantar de esta silla. Sé que empezarás a oler mal. Sé que tengo que comer y dormir, pero no puedo dejar de mirarte. Ya han pasado unas doce horas y no he apartado la mirada de ti. Estoy cansado y sediento. Me siento tan seco como la sangre del cuchillo que sigo agarrando como si ello evitase mi propia muerte. ¿Recuerdas cómo bromeábamos? Yo sí lo recuerdo.

¿No recuerdas lo obsesionado que estaba contigo? Una discusión, un resentimiento, una tontería o una gravedad, da igual lo que sea. Soy un adicto, no puedo evitar poner excusas, ni siquiera cuando sé que son absurdas, pero tú eras una droga. Aun lo eres. Al menos eso sigue vivo.

El remordimiento ni siquiera roza mi consciencia, pero algo me molesta. ¿Recuerdas cuando solías decir que me querías? Yo sí lo recuerdo.

 

 

Elvis Stepanenko

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

×