La Celda del Huracán

En medio del océano Pacífico estaba el Camelot, un buque pesquero al que le iba bien desde que se inauguró en el dos mil nueve. Estos barcos estaban hechos para ir a alta mar y pescar durante meses ya que contaban con un sistema de limpieza y conserva, abaratando el coste económico, encareciendo el coste ambiental.

                -¡Ey, Mark! Ve diciendo a los chicos que aún tenemos capacidad para unos días más. Empezamos la vuelta en tres días.

                -Al final no volvemos antes. La próxima vez no hagas esas promesas, que lo único que hacemos es gruñir con la moral baja, mi capitán.

                -Los chicos lo aguantarán. Aguantarán hasta el infierno si al final de la faena se les paga- dijo con confianza y orgullo.

                Mark frunció el ceño con asco, se dio la vuelta y bajó al comedor para servirse una taza de café. Había diferentes grupos sentados en diferentes mesas y Mark se sentó junto a Ben, su mejor amigo, y Stick, un joven de veintiocho años que no era ni amigo ni enemigo, pero se le tenía cerca porque garantizaba el entretenimiento.

                -Voto por que mañana nos vamos, si no esta noche.

                -Olvídalo, Stick, acabo de hablar con el capitán y el desgraciado nos hace quedarnos otros tres días. Dice que nos queda espacio para unas capturas más. No sé si tengo ganas de largarme o hacerme el enfermo, pero la voluntad para seguir viendo mar se ha desvanecido.

                -Cada día suenas más nostálgico. Ya verás a tu hijo y te tirarás a tu mujer nada más llegar. ¡Esperemos que no tenga la regla!

                -Stick, ya sabes que desde que vi a tu madre no le hago ascos a nada.

                -Ahí te pilló, jajaja- dijo Ben, el mecánico que, en un abrir y cerrar de ojos, cambió de una amplia sonrisa a una solemne seriedad-. Dime, Mark, el capitán, ¿cómo dijo lo de los días?

                Mark respondió usando un lenguaje corporal violento y sarcástico.

-Con una sonrisa arrogante cuando “confiaba” en que los “chicos” lo “aguantarán”. Ese cabrón nos llamó ratas que harían lo que sea por dinero. Hasta mencionó el infierno, el muy holgazán. ¿Planeáis volver a trabajar con este? Yo no aguanto un año más, tampoco deberíais vosotros.

                -Recuerda el año pasado… Buscamos otra cosa y ninguno más que el indonesio ese consiguió algo fuera de este buque, pero pagaban menos. Él buscaba la felicidad y no le importaba ser un pescadero local pobre- dijo Ben manteniendo el semblante.

                -Esa es la actitud, ¿no?

                -Sí, Stick, esa es la actitud. Tú no tienes familia y sin embargo vienes. Siempre hablas de fiestas y mierdas caras como si pertenecieses a ese mundo. ¿Merece la pena esto para derrocharlo todo?

                -No te confundas, viejo. Claro que disfruto de mi descanso en tierra, y no, no me gasto todo en relojes, ropa, alcohol y lo que tengas pensado. Mi padre pasó la vida trabajando y ahora tiene el cuerpo y la mente demasiado atrofiados como para disfrutar de su jubilación. Yo lo estaré con cuarenta y cinco años con unas inversiones que hice y un plan de pensiones. En realidad, la mitad de lo que gano va a mi futuro. Deberíais haber hecho lo mismo.

                -Nosotros tenemos familias. Ya entenderás el valor de eso.

                -Ben, tú estás viejo y no conoces otra cosa, y Mark, tú mujer arde de lo buena que está. Yo puedo concentrarme en mí mismo hasta que me enamore o me aburra, y no puedo enamorarme de las que van a discotecas, pero tampoco puedo aburrirme de ellas. Aún me queda vida, nena.

-Y creíamos que eras un cabeza de chorlito- dijo Mark, con amabilidad.

-Solo es la careta de un bastardo que no tiene mucho que hacer en su vida- dijo Ben con una sonrisa.

Justo cuando Stick iba a usar su amplio lenguaje dedicado al insulto, sonaron los altavoces con la voz del capitán. Los tres hombres miraron al frente automáticamente para escuchar con atención.

Tripulación, tripulación. Se nos acerca una borrasca muy fea. Meteorología dice que es un huracán pero no tiene muy mala pinta. Prepárense para mojarse. Tenéis una hora para estar en vuestros puestos”.

-Joder… ¡Como para confiar en que este cabrón no vuelque el barco!- gritó Mark.

                La hora pasó y la tripulación, nerviosa, comenzaba a pensar en sitios donde aferrarse si el ciclón resultaba ser demasiado violento, cosa que era, pero el capitán prefirió mentir para no asustar a la tripulación, aunque parecía que intentaba ocultárselo a sí mismo. Nunca había navegado sobre condiciones más graves que una marea ligeramente agitada, pero se había inventado un par de historias para garantizarse la capitanía de los barcos.

                Con cada minuto, que pasaba, la oscuridad y el agua envolvían más el buque con desesperación. Se oían gritos por todos lados mientras el mar zarandeaba el Camelot sin parar, cada vez más fuerte.

                Mark decidió subir a la zona de mando y ver qué ocurría con sus propios ojos, pues todos estaban guarecidos y protegidos cerca de las puertas por si había que evacuar o arreglar algo.

                -¡Mark! ¿¡Qué haces aquí!?

                -¡Cómo que qué hago aquí! ¡El barco está por volcar!

                -Intenté sortear el huracán y nos tiene pillados de lado.

                -¡Maldita sea, tienes alguna idea de lo q…!

                Una ola enorme chocó con el Camelot y, mientras el hierro y el acero chirriaban como si fuesen a descuajarse, el barco volcó con violencia para que la ola siguiese arrastrándolo en caída a gran velocidad. Esto provocó la muerte de la mitad de la tripulación por objetos sueltos, golpes en la cabeza, o cuellos rotos. Los demás estaban condenados a ahogarse en breve.

Pasaron las horas hasta que, volcado, el buque flotaba a duras penas en el ojo del huracán, viéndose las calmadas estrellas de la noche como si ninguna otra luz alimentase la Tierra.

Entonces llegó.

Sobre el agua alguien caminaba hacia el buque cual paseo matutino. Era una figura oscura y robusta de dos metros de altura que parecía llevar rastas que flotaban ligeramente. Su vestimenta estaba completamente empapada pero se notaba la antigüedad de ella. Respiraba calmado, inhalando aire y exhalando humo azulado. Mientras se acercaba, las almas de los cadáveres se desligaron de los cuerpos y ascendieron de una forma ordenada delante de la diabólica figura.

-Mi nombre es Davy Jones, y vengo a reclamar lo que es mío por derecho.

Todas las almas parecían ser tangibles pues estaban hasta mojadas. Mark, al igual que los demás, no sentían nada en ese momento.

-¿Davy Jones?- preguntó Mark impasible-. ¿No es eso una leyenda?

-Solo soy un Diablo más con su infierno particular. El mío es incluso más hondo y oscuro que el abismo sobre el que flotáis. No importa si no creéis en mí, siempre reclamo lo que es mío. Todo marinero muerto en la mar es mío. Ahora no sentís, pero ya lo haréis en mi celda. Siempre hay espacio para una tripulación más.

Tras la explicación, las almas empezaron a caer hacia abajo lentamente como si alguna fuerza tirase de ellos. Davy Jones empezaba a jadear extasiado, cubriéndose así su cabeza con el azul de su humo. Las almas empezaban a sentir dolor y frío desde en los tobillos, sensación que ascendía lentamente a medida que el agua del mar les tocaba en su descenso. Algunos empezaron a gritar antes de ser sumergidos, pero estas almas podían seguir haciéndolo debajo del agua a medida que el dolor se intensificaba cuanto más caía en el abismo.

Jones recibía placer del sufrimiento de las almas naufragadas. Con la paz o la seguridad marina que se ha ido generando con el paso de los siglos, Jones cada vez podía sentirse menos y menos extasiado. Su único propósito era sentir el placer de los muertos de la mar pues era como un orgasmo y un chute de heroína combinados para él. Solo existía para encarcelar y torturar, pero lograr almas nuevas siempre era más satisfactorio que torturar las que ya habían caído.

 
 
 

Elvis Stepanenko

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