La sirena

En su huida, Eneas logró unos barcos para poder zarpar y dejar atrás la destrucción de Troya. Su mujer había muerto pero como una aparición lo tranquilizó para que no pensase en ella y Afrodita le encomendó el futuro de volver a erigir una grandiosa ciudad. El rumbo lo daría ella, pero incluso los dioses a veces descuidan de ciertos peligros, y mientras navegaban por el Egeo, no solo era uno el lugar que albergaba sirenas, la gran tentación de los hombres con que con su dulce voz te encantan, engañando a los ojos de cualquiera que fuese capaz de amar, adormeciendo los sentidos para flotar hasta ellas. Eneas, hijo de Afrodita, no es excepción.

Navegando en alta mar, confiados del viaje, los viajeros oyeron un dulce canto que provenía de todas partes, haciendo del aire una atmósfera nublosa que parecía hacer sonreír a todo hombre. Eneas se postró en la proa intentando deducir de dónde venía ese canto y, lentamente, bajó la vista para encontrar a una muchacha rubia y de ojos azules postrada a sus pies, con medio cuerpo colgando, aunque ella estaba cómoda cantando.

Eneas vio una belleza comparable a la de Helena de Troya y quedó tan maravillado por el canto que seguía dando que no se preguntó quién era.

-¿Cómo te llamas, hermosura mía, quien ha debido de ser mandada por los dioses a hacer nuestro viaje con tu canto ligero?- preguntó Eneas.

La sirena no respondió solo siguió con su melodía mientras miraba a Eneas con media sonrisa y miradas seductoras. Con el índice, indicó que se acercase a ella, como si fuese a contarle el secreto de la felicidad ella misma, y Eneas, lentamente, se postró sobre una rodilla, acercando su cara a la de la muchacha. Afrodita miraba impasible.

-Mi hijo no puede caer bajo el hechizo de tan vil criatura. ¿Cómo es posible?

Eneas estaba tan cerca de la chica que podía olerla. Su aliento era fresco como las bayas y su pelo olía a dulces frutas. Seguía acercándose lentamente, como si no pudiese evitar la atracción y la muchacha extendió el brazo para abrazarle el cuello y contar el secreto que tanto necesitaban conocer los marineros. Los labios parecían tan carnosos que solo instigaban al deseo de besarlos, y mientras la sirena ya le tenía listo para tirarle por la borda y llevárselo al fondo, Eneas, lentamente había sacado la daga que se hendió con la velocidad de Helios en el corazón de la sirena y con fuerza, la agarró y subió al barco.

La sirena ya no emanaba dulces sonidos, solo chillaba como si cien mujeres acabasen de perder a su hijo delante de sus ojos, solo se retorcía mientras su sangre teñía la cubierta. Los demás hombres habían mirado la escena endulzados y, de pronto, era un horror. La sirena ya no era una hermosa muchacha, ahora era horrenda, estaba escamada y apestaba a pescado podrido. Y se hizo el silencio.

Los marineros vieron a Eneas impasible, mirando a la sirena con una sonrisa. Levantó la vista y miró a sus compañeros con jactancia. Gritó:

-¡Ya tenemos cena!

Y los tripulantes celebraron la caza con un grito unísono y las manos en el aire.

 

Elvis Stepanenko

 

 

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