Segregación racial con los canarios

Una canallada más: la arrogancia y el abuso del Poder con los más débiles y con los nuestros. A los jueces nunca les tiembla el pulso cuando hay que dictar sentencias draconianas contra los pobres, pero son muy timoratos y cobardes si se trata de condenar a los poderosos y corruptos, tal y como vemos a diario. La denuncia contra esta mujer –Arancha Rodríguez– y su medio de vida –una granja de cabras en el término de La Oliva–, la incoa Ana Batista –responsable de la Agencia de Protección del Medio Urbano y Natural–, política que está de paso y que se llena los bolsillos a costa de lo público, carente ella de la más mínima sensibilidad con las personas que se ganan la vida honradamente, menos con los especuladores a quienes les suelen bailar el agua y ante los que se inhiben o pliegan, a saber por qué…

Hay en Fuerteventura –como en el resto de Las Islas– casos flagrantes de atentado contra el medio ambiente (hoteles metidos en la arena y en Dominio Público Marítimo Terrestre, maniobras militares que arrasan con todo ecosistema, vertidos incontrolados, destrozo del litoral con los muelles deportivos, pelotazo con las Torres del Canódromo y hasta una biblioteca ilegal en Las Palmas de Gran Canaria…), pero con estos no se atreven ni los políticos ni los jueces, porque son ellos mismos los corruptos, sino que justifican el buen hacer machacando de forma inclemente al débil: al que no le puede hacer frente.

Uno de los alegatos que esgrime la susodicha política es que, por culpa de la granja, peligran las aves de esa zona (todo esto me suena a lo mismo, igual que la matanza de las cabras guaniles en Gran Canaria) cuando la construcción desmesurada ha extinguido especies sin que hayan voces ni acciones tan valientes como las que se ejecuta contra esta muchacha del pueblo.

La situación en la que nos encontramos, donde la gente sobrevive como puede y otra que se muere en el anonimato sin apoyo alguno de las administraciones, pues, sus regentes sólo se dedican a obedecer órdenes de los poderes fácticos, siendo precisamente a quienes tienen iniciativa –como esta joven mujer, para darle de comer a su familia– a los que abaten sin piedad: a quienes deberían premiar y ayudar. Sí, una granja que producía para comer y dar trabajo es lo que derriban y se ufanan por ello, cuando, tal paradoja, al mismo tiempo, Medio Ambiente repartió 6000 plantas autóctonas para restringir los terrenos de cultivo y mantener la dependencia del exterior o en el mismo municipio persiguen destrozar la Montaña de Tindaya.

La propietaria de la granja pidió la presencia de un notario para que levantase acta de cómo se estaba llevando a cabo el derribo de la instalación con los animales dentro, prohibiendo los cuerpos represivos en Canarias –éstos lógicamente al servicio del fascismo y el colonialismo español– tan legítima demanda, como también impidieron la entrada a una veterinaria para saber de los animales: cabras preñadas y baifos aplastados por la caída de los muros. Como siempre, todo por la fuerza ejercida en nombre de una falsa democracia, y con la total indefensión de nuestra gente.

Esto no es nuevo, así es la política que se hace en las colonias: aquiescencia con lo foráneo y lapidación con los nuestros. Matar lo canario, perseguir al canario que quiere emprender y dar empleo, propiciar que Canarias no se desarrolle, que todos los productos sigan entrando de afuera y para eso tienen como argucia “proteger”, calificar y marcar todo el Archipiélago con espacios naturales para que así continúen con sus privilegios las multinacionales de la alimentación, los importadores amigos o familiares de los políticos, mientras éstos reciben, además de los pellizcos que les dan a las subvenciones europeas, sobres de los intermediarios por debajo de la mesa. El fin es extinguirnos como pueblo y reducirnos a mendicantes, como otrora hicieron con nuestros antepasados. Ya me resulta cansino hablar de la independencia, de la soberanía nacional, pero es que no nos queda otra opción si queremos sobrevivir. Los esbirros de España están para medrar y conspirar contra nuestro pueblo, aunque de canariedad presuman ellos cuando en las romerías se disfrazan con el fajin y el chaleco. ¡Háztelo ver, canario!

 
 
 

Isidro Santana León

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