Un suceso sangriento en La Matanza de Acentejo en 1910, oficialidad documental contra oralidad
“El homicidio que voy a narrar forma parte de las historias familiares que traspasaron un siglo en los mentideros”
Compendio detallado de hechos basado en los relatos cruzados de la prensa de enero a marzo de 1910 y la versión oral familiar (El Pueblo Canario 18/01/1910 y 19/01/1910, El Progreso 19/01/1910 y 20/01/1910, El Tiempo 19/01/1910, La Región Canaria 19/01/1910, Islas Canarias 05/03/1910, Diario de Tenerife, 20/01/1910) sobre un altercado en La Matanza de Acentejo ese 17 de enero y la versión oral, familiar, transmitida por generaciones
Un texto de Ricardo Fajardo Hernández
Dos versiones para una tragedia
Reconstruir sucesos de la Canarias rural de principios del siglo XX, como el que expongo, exige cruzar dos tipos de fuentes que a menudo caminan en direcciones opuestas, los documentos, en ocasiones solamente recortes de prensa o la memoria colectiva. Por un lado, la crónica periodística que, en la época de la Restauración, funcionaba mayoritariamente como altavoz de los partes oficiales de la Guardia Civil sin ningún tipo de contraste editorial. Por otro, la tradición oral, que conserva la memoria colectiva y el testimonio íntimo de las familias de los afectados. Al confrontar ambas fuentes sobre el suceso sangriento de La Matanza de Acentejo de 1910, emergen de inmediato las fisuras lógicas y las contradicciones de un relato hegemónico diseñado para justificar el uso de la fuerza. El homicidio que voy a narrar forma parte de las historias familiares que traspasaron un siglo en los mentideros. Mi curiosidad me llevó a rastrear la prensa del momento para verme sorprendido por los datos oficiales. Para ello, me he valido de nueve periódicos del momento.
Muere por disparos de la Guardia Civil en La Matanza de Acentejo
El lunes 17 de enero de 1910, el pueblo de La Matanza celebraba las festividades de la romería en honor a San Antonio Abad. Las crónicas de cabeceras como El Pueblo Canario, El Progreso, El Tiempo, La Región Canaria e Islas Canarias coinciden en que la jornada transcurría pacíficamente, salvo por pequeñas discusiones ciudadanas que fueron mediadas por los mismos vecinos. Sin embargo, alrededor de las cinco de la tarde, coincidiendo con la hora de las oraciones, se desató una nueva reyerta en la que estaban implicadas algunas personas de La Victoria de Acentejo en un camino elevado situado por encima de la ermita del Santo. Aunque la riña fue aplacada por los presentes, uno de los implicados terminó con magulladuras y visibles restos de sangre en el rostro.
La tensión real comenzó con la llegada de una patrulla de la Guardia Civil adscrita al puesto de La Orotava, compuesta por los agentes Lorenzo Acevedo Sánchez y Francisco del Río Rivero. Al observar al individuo herido, los agentes se dirigieron a él solicitando información de la agresión y exigiendo la entrega de las armas. Según la prensa, el requerimiento se hizo con las formas correctas del instituto, pero la intervención encendió los ánimos de los presentes.
Identidad de los agresores y “el tiro al guardia”
Al iniciarse el control de los guardias, un vecino de La Matanza llamado Francisco González —a quien los diarios atribuyen malos antecedentes y procesos previos por reyertas— sacó un revólver para atacar al agente Acevedo, aunque volvió a esconderlo al ver la inmediata actitud de defensa de la patrulla.
En ese instante, otro joven implicado, identificado como Rafael Gutiérrez (de la) Encarnación, natural de La Victoria de Acentejo y de oficio carrero, se opuso violentamente a la intervención. La versión oficial sostiene que el joven desenfundó un revólver y disparó directamente contra el guardia Francisco del Río, alcanzándolo debajo de la tetilla izquierda. Para nada coincide con los testimonios orales.
El intento de linchamiento y la legítima defensa
Al ver caer al guardia lesionado, la prensa describe un escenario de furia colectiva: un grupo tumultuoso de más de quince paisanos se abalanzó en masa sobre la patrulla con la firme intención de desarmarla. Los atacantes los sujetaron violentamente del correaje hasta rompérselo y, durante el forcejeo, lograron arrebatarle el machete de la funda al guardia Acevedo para intentar clavárselo en el cuello. A pesar de estar supuestamente herido de bala, el guardia Del Río reaccionó con presteza, contuvo el golpe del agresor y recuperó el arma blanca.
Viéndose rodeado, agredido y con su compañero debilitado, el guardia Lorenzo Acevedo utilizó su fusil reglamentario Mauser y efectuó dos disparos en una situación extrema. Las balas atravesaron el pecho de Rafael Gutiérrez de la Encarnación, quien cayó muerto al suelo de forma instantánea. El guardia Del Río realizó un disparo más que no provocó daños. Aprovechando el desconcierto general, los dos guardias rompieron el cerco y se retiraron hacia la puerta de la ermita de San Antonio, donde se atrincheraron protegiendo el cadáver de Gutiérrez para evitar que la multitud enfurecida se llevara el cuerpo.
Cobertura de la Cruz Roja y solicitud de auxilio
En medio de la plaza y resistiendo el hostigamiento, la patrulla recibió el apoyo de Esteban Saavedra y Fernández, Fiscal municipal de La Laguna y presidente accidental de la comisión local de la Cruz Roja. Saavedra, empuñando un revólver, auxilió activamente a los guardias y ayudó a repeler a los grupos hostiles hacia el interior de la ermita sin necesidad de abrir fuego. Debido a que cayó la noche y se temía una nueva agresión masiva, Saavedra viajó de inmediato a La Laguna para informar de la gravedad de la situación.
El fiscal se comunicó telefónicamente con el Gobernador Civil de la provincia y con el teniente coronel de la Benemérita para urgir el envío de tropas de auxilio. Esa misma noche, el comandante de este distrito militar, el Sr. Piñol, se desplazó personalmente a La Matanza al mando de varias parejas del cuerpo de la Guardia Civil para asegurar el orden público.
Sumario judicial, detenidos y estado de salud
Las primeras diligencias de urgencia las tramitó el Juzgado Municipal de La Matanza poco después del suceso, pasando al día siguiente al Juzgado de Instrucción de La Laguna con el apoyo de las fuerzas del comandante Piñol. Se mantuvo en prisión definitiva a nueve individuos, entre ellos el instigador Francisco González, mientras que el guardia Acevedo regresó al pueblo con el fin de participar en las ruedas de reconocimiento.
Por su parte, el guardia herido recibió una primera cura de urgencia y fue trasladado a su puesto en La Laguna. Los médicos certificaron que su herida de bala medía apenas tres centímetros de extensión, catalogando su estado de salud oficial como satisfactorio y fuera de peligro.
Analizar esta prensa de 1910 con ojos críticos revela de inmediato que las crónicas no parecen actas neutrales, sino relatos construidos para respaldar una versión oficial unánime. Casi todos los periódicos repitieron la misma minuta policial sin contrastarla con testigos civiles. Si aplicamos la lógica y el análisis de consistencia interna a lo publicado, saltan a la vista posibles incoherencias y lagunas racionales que encajan perfectamente con el hecho de que la versión de la familia del chico fallecido sea radicalmente distinta.
La física del disparo al guardia y la posición de las heridas
La versión oficial afirma que Rafael Gutiérrez disparó con un revólver a quemarropa al guardia Del Río en el pecho. Sin embargo, la incoherencia parece flagrante: un disparo de revólver a esa distancia suele ser mortal o causar un daño masivo por impacto.
Los mismos diarios informan con alivio que la herida medía apenas tres centímetros de extensión y que esa misma noche el guardia regresó a su puesto por su propio pie. Una herida superficial de tres centímetros bajo la tetilla izquierda se parece mucho más a un rozón, a un corte durante el forcejeo con armas blancas o incluso a un fuego cruzado, que a un impacto directo e intencionado de bala en el tórax.
La inverosímil coreografía del linchamiento
Sostener que más de quince paisanos armados con machetes rodearon, sujetaron y arrastraron a los dos guardias, rompiéndoles los correajes, dibuja una escena físicamente improbable. Si una multitud furiosa de quince personas del campo, armadas y superiores en número, tiene rodeados y físicamente sujetos a dos guardias, la lógica dicta que los habrían desarmado por completo en segundos.
Es irracional pensar que, estando completamente inmovilizado y superado, el guardia Acevedo pudiera encarar libremente un fusil Mauser —un arma larga de cerrojo, pesada y muy difícil de maniobrar a corta distancia cuerpo a cuerpo— para apuntar y disparar certeramente dos veces seguidas sin que nadie le desviara el cañón.
La contradicción temporal de los disparos
El orden cronológico de la versión oficial también desafía la lógica táctica. Primero se describe el disparo repentino de Rafael, luego el linchamiento de la multitud y finalmente los disparos mortales de Acevedo.
Si Rafael ya había disparado y la multitud había cercado a los guardias en un tumulto caótico de golpes, cabe preguntarse dónde estaba Rafael en ese instante. Si Acevedo le disparó en el pecho en mitad del tumulto, significaría que Rafael estaba de pie, al frente y separado, o que el guardia disparó a ciegas en medio de la masa de gente. Además, el fusil Mauser requiere accionar un cerrojo manualmente entre el primer y el segundo disparo; realizar esa acción mecánica mientras quince personas te están sujetando los brazos es un absoluto imposible físico.
La oportuna e impecable aparición de la Cruz Roja
El relato oficial introduce la providencial figura de Esteban Saavedra como un héroe salvador para justificar cómo los guardias salieron vivos de una situación supuestamente letal. Según la prensa, al ver aparecer al fiscal y miembro de la Cruz Roja con un revólver en la mano, la multitud de quince personas que estaba dispuesta a matar a los agentes desiste de continuar la agresión y se calma por completo.
Que una turba enfurecida que acaba de ver morir a un vecino se calme pacíficamente ante un solo hombre con un revólver, cuando ellos ya tenían superados a dos guardias con fusiles, suena a un relato edulcorado para limpiar la imagen del pueblo y justificar la posterior retirada de la patrulla.
La criminalización previa de las víctimas
La insistencia de los diarios de la Restauración en enfatizar el buen comportamiento de los agentes y el mal historial de los civiles es el sesgo clásico para legitimar el uso de la fuerza letal por parte del Estado. Los medios se apresuraron a etiquetar a las víctimas como personas de malos antecedentes para deshumanizarlas ante la opinión pública. Si la intervención hubiese sido limpia, no habría necesidad de justificar la muerte del chico recordándole constantemente al lector su supuesta naturaleza conflictiva.
La versión de la prensa tiene toda la estructura de una narrativa de justificación de legítima defensa redactada por la propia Guardia Civil para proteger al agente Acevedo de un cargo de homicidio o abuso de autoridad, en una época donde la palabra del paisano carecía de valor frente al uniforme.
Inconsistencias frente a la versión oral
El relato oral de la familia es extraordinariamente valioso porque posee una coherencia humana, física y táctica sustancialmente mayor que la versión oficial de la prensa. Al cruzar esta memoria familiar con los datos de los periódicos, se podrían interpretar de modo diferente las piezas del rompecabezas que el poder aparentemente manipuló o censuró para encubrir lo que, a todas luces, parece haber sido un caso de abuso de autoridad y uso desproporcionado de la fuerza de modo letal, no ocasional, sino como forma habitual de proceder.
El misterio de la herida de tres centímetros encuentra su filtro de realidad en la memoria oral que afirma que Rafael no tenía un revólver, sino que le dio un puñetazo en la cara o en el pecho al guardia para abrirse paso cuando llevaba a su amigo a un puesto de socorro. Las primeras crónicas mencionan que un contendiente tenía magullamientos en la cara. Si Rafael propinó un golpe violento, es lógico que el guardia sufriera un hematoma o una escoriación superficial tal vez por los botones del uniforme. La prensa transformó un puñetazo desesperado en un disparo para justificar el uso del fusil.
La tradición familiar rescata además un grito crítico de la escena: “¡Socórreme, compañero, me ha desarmado!”. En el argot policial de la época, que un civil te desarmara —aunque fuera tirándote el arma al suelo de un golpe— constituía la mayor humillación y una pérdida de control inadmisible. Al escuchar a su compañero pedir auxilio y ver su arma en el suelo, el guardia Acevedo reaccionó por puro instinto corporativo y orgullo: levantó el fusil Mauser y descargó un tiro a un joven que se encontraba desarmado y desesperado.
Esta acción desproporcionada revela la verdadera razón del linchamiento popular. La gente del pueblo no atacó por ser una masa irracional que defendía a delincuentes, sino porque presenció una injusticia flagrante. Vieron a un vecino de veintipocos años que intentaba auxiliar a un herido, presenciaron cómo la Guardia Civil le bloqueaba el paso de forma intransigente y, finalmente, vieron cómo disparaban a sangre fría a un chico indefenso. La persecución popular a los guardias fue una reacción espontánea de indignación y sed de justicia comunitaria. Escondidos en la ermita no se atrevían a salir por el cerco vecinal.
La intervención del cura para frenar el ímpetu
Frente a la versión de la prensa que ensalza al fiscal Saavedra como el héroe que calmó a la masa revólver en mano, la tradición oral sitúa al cura del pueblo como el verdadero mediador, quien se interpuso y trató de calmar los ánimos. Esto resulta históricamente mucho más verídico para un pueblo rural de la Canarias de 1910.
En una festividad ganadera, ante una masa enardecida por lo que consideraban un asesinato, la aparición de un hombre del gobierno blandiendo un arma solo habría encendido más los ánimos. El único actor con la autoridad moral legítima para interponerse entre la ermita y el pueblo, y negociar la salida pacífica de los guardias, era el párroco local. La prensa probablemente silenció el papel del clero para otorgarle todo el mérito al estamento oficial y judicial, ocultando la quiebra de la autoridad del Estado en aquella trágica tarde de enero. La versión oral refleja que fue el cura quien impidió la entrada de la turba en el espacio sagrado y que el respeto vecinal al mismo fue determinante.
El último gran “fraude” de la crónica oficial radica en el perfil de la víctima. La prensa lo etiquetó inmediatamente bajo el estigma de sus supuestos malos antecedentes y su oficio de carrero —una ocupación que las clases urbanas asociaban a gente ruda y de mal vivir— tal vez para asegurarse de que el lector de la capital no empatizara con él.
La versión oral nos presenta una imagen completamente distinta. Rafael Gutiérrez de la Encarnación era simplemente un joven que estaba disfrutando de la fiesta de su comarca. Al ver la reyerta inicial, actuó de buena fe e intentó llevar a un amigo herido hacia un puesto de socorro. Su único delito fue la desesperación ante un muro burocrático y represivo que, de forma intransigente, le cerró el paso, desencadenando una cadena de pólvora, orgullo y silencio que tardaría más de un siglo en ser cuestionada. El cruce de ambas fuentes revela que el suceso de La Matanza de 1910 no parece haber sido una agresión criminal de bandidos hacia las fuerzas del orden, sino un trágico episodio de intransigencia institucional, abuso de poder y uso desproporcionado de la fuerza letal. La memoria oral de la familia, lejos de ser un relato sesgado, aporta las claves de física elemental, lingüística policial y lógica humana que la prensa de la época censuró para proteger el honor del uniforme.
Ricardo Fajardo Hernández
Doctor en Antropología y Premio Extraordinario en Arte y Humanidades por la ULL





