Abierta la GC-3: carretera hacia más y peores pandemias

Reflexiones a propósito de la apertura de la GC-3: más carreteras destino al colapso ambiental

 Lejos de abandonar una lógica caduca, las instituciones canarias siguen ligando la construcción de carreteras con el bienestar, favoreciendo únicamente los intereses del lobby de la construcción en detrimento de las verdaderas necesidades que se acumulan en el archipiélago. Una lógica que sigue justificando proyectos como el de la tangencial de Telde, los trenes de velocidad alta o una posible carretera Mogán- La Aldea, el anillo insular de Tenerife y un sinfín de infraestructuras similares en las distintas islas

A principios de agosto conocíamos la noticia de la finalización y apertura al tráfico del último tramo de la GC-3, la circunvalación que une el norte con el sur de Gran Canaria. Angel Víctor Torres señalaba a la prensa que el cuatro de agosto era “un día muy feliz para todos, ya que esta vía había cambiado toda la fisionomía del norte”.

La construcción de más kilómetros de autopistas y carreteras se sigue celebrando, cincuenta años después, desde la misma retórica desarrollista que acompañaba las inauguraciones de las primeras autopistas en Canarias en los años setenta; una forma de entender el progreso que convierte el asfalto y las obras públicas de gran tamaño y elevado coste en promesa de prosperidad y bienestar para el conjunto de la población, infraestructuras que suponen en sí mismas el remedio a todos los males de la vida cotidiana del habitante medio. Pero las carreteras y los vehículos privados hace décadas que pasaron de ser la gran solución para convertirse en uno de nuestros mayores problemas, como también lo es la retórica y la  estrechez de miras que los acompañan.

Un territorio pequeño y fragmentado como Canarias ostenta el triste récord de tener alrededor de 60 kilómetros de carretera por cada 100 km2 y más de 800 coches por cada mil habitantes, unas cifras absolutamente desorbitadas muy por encima de la media estatal. Lejos de solucionar los problemas de movilidad, la construcción de más carreteras genera las condiciones para seguir fomentando el uso del vehículo privado y haciendo crecer el parque automovilístico, como la experiencia y los distintos estudios urbanísticos han venido demostrando, máxime cuando no se acompañan de otras medidas de mejora del transporte público colectivo adaptadas a nuestras particulares condiciones geográficas, al fomento de la bici, de los desplazamientos a pie o a la apuesta por los servicios de proximidad.

Desde hace décadas se viene alertando acerca de los impactos ecológicos de este tipo de infraestructuras, impactos que no se pueden mitigar, entre los que cabe destacar la destrucción del paisaje, la fragmentación de los ecosistemas y la pérdida de funcionalidad de los hábitats, dos de los elementos que más gravemente contribuyen a la pérdida de biodiversidad. Recordemos que la Organización Mundial de la Salud ha constatado que el 70% de los últimos brotes epidémicos han comenzado con la deforestación o que la ONU ha certificado que las mismas agresiones ambientales detrás del cambio climático causan las pandemias como la COVID-19.Otros de los problemas asociados a la construcción de carreteras relacionados con sus afecciones a la biodiversidad es la proliferación de invasoras en sus proximidades. El propio Gobierno de Canarias reconoce que “el rabo de gato se propaga fácilmente en los entornos de carreteras, desde donde paulatinamente va ocupando terrenos aledaños”. Además de eso, las carreteras suponen el aumento de la contaminación lumínica y sonora, afectando a aves y otras especies, favoreciendo además las muertes por atropello de muchas especies.

La construcción de la extensa red de vías con la que cuenta Gran Canaria en particular ha hecho desaparecer para siempre hábitats naturales de gran valor, que han perecido por la afección directa de la obra misma o sepultados bajo los escombros que generan.

Pero las carreteras contribuyen cada vez más a la pérdida de calidad de vida también de las personas que aquí habitamos, puesto que el tráfico genera emisiones de CO2 y otros gases contaminantes y el asfalto provoca la subida de las temperaturas, con consecuencias para la salud y la propagación de incendios. Generan además procesos de expropiación muchas veces injustos y suponen la desaparición de cultivos y suelo agrícola.

Esta infraestructura con un elevado coste económico, 46,5 millones de euros, ha supuesto una desproporcionada inversión que beneficia de forma desigual y repercute en el bolsillo de todos y todas los canarios y canarias. Cerca de 64 mil hogares de Gran Canaria, lo que supone el 23% de los hogares de la isla no cuenta con ningún vehículo particular.

Lejos de abandonar una lógica caduca, las instituciones canarias siguen ligando la construcción de carreteras con el bienestar, favoreciendo únicamente los intereses del lobby de la construcción en detrimento de las verdaderas necesidades que se acumulan en el archipiélago. Una lógica que sigue justificando proyectos como el de la tangencial de Telde, los trenes de velocidad alta o una posible carretera Mogán- La Aldea, el anillo insular de Tenerife y un sinfín de infraestructuras similares en las distintas islas.

Necesitamos con urgencia apostar por un modelo insular de movilidad sostenible que pasa por reducir drásticamente el número de coches y hacer una apuesta decidida por el fomento del transporte público de calidad y otros modos de desplazamiento no contaminantes, así como una moratoria a la construcción de más autovías, dejando de lado los la infraestructura ferroviaria interurbana que no se adaptan a nuestro territorio ni a nuestras necesidades. Es el momento de dejar atrás este modelo de desplazamiento desarrollista de gran impacto ambiental y a todas luces obsoleto, que complica mucho más el gran reto de nuestro tiempo, la lucha contra el cambio climático. Es el momento de transformar nuestras ciudades y pueblos, relocalizando los servicios apostando por la cercanía, priorizando la accesibilidad a la simple movilidad y realizando un aprovechamiento inteligente de las infraestructuras existentes introduciendo las mejoras necesarias. Y es que con la construcción de las carreteras y trenes también nos jugamos el futuro de nuestra tierra, que sigue caminando hacia el abismo por la vía rápida.

 

Área de Movilidad de Ben Magec – Ecologistas en Acción

 

 

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