Benito Romero. Desajustes

SALPICADURAS

Tras obtener el Premio de Aforismos La isla de Siltolá, convocado por segunda vez por la editorial sevillana, camina hacia el lector Desajustes, última tarea aforística de Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983), Licenciado en filosofía, programador cultural y crítico cinematográfico. Con su ventana auroral Horizontes circulares (Trea, 2018) arranca un recorrido lacónico, de extrema economía, acreditado por el Premio AdA concedido por la Asociación Cultural Apeadero de Aforistas al mejor libro de aforismos del año. El decir breve de ambas compilaciones presenta numerosas intersecciones expresivas. Las dos aportan una meditación introspectiva sobre lo transitorio a partir de mínimos esquejes reflexivos. La percepción abarca incisiones desplegadas en torno a la identidad del yo, siempre paseante habitual de la incertidumbre, y a los vericuetos de la existencia colectiva moldeados por hábitos, incertidumbres y extrañezas.

El discurso paremiológico de Benito Romero se define por omisión, como subraya la hermosa cita de apertura de J. D. Salinger: “Es hora de que empiece a quitarse cosas de la cabeza en lugar de llenarla cada vez más”. El abordaje hacia dentro, impulsado por la necesidad de hallar respuestas, adquiere un entrelazado minimalista, del que se fuga toda digresión. Esa constancia en lo mínimo vela la exposición directa del sujeto en primera persona y trasforma la fuente informativa en narrador omnisciente, un procedimiento expresivo que se mantiene como sustrato transversal en los seis apartados de Desajustes. Poner distancia al yo se convierte en un vector de certeza: “Cuanto más se alejaba de sí mismo, más se simplificaba”. Por ello, el andén inicial, “Trayecto”, que podría entenderse como un anónimo itinerario biográfico, llega como una depurada contemplación de actitudes que afrontan la nada como probable estación final: “Se había convertido en una persona tan aburrida que hasta las moscas dejaron de perseguirlo”. Con expectativas moderadas, se vislumbra el entorno y sus persistentes trazos de significado impreciso, donde el devenir cotidiano nunca interrumpe su aleatoria partitura. Con el paso de los días “Se deshizo del imberbe optimismo”, es el mejor modo de caminar ligero de equipaje.

La parquedad de “Ansia” se decide por el concepto en torno a la relación sentimental, con una leve mirada al erotismo, casi siempre desde un enfoque irónico: “El matrimonio en muchos casos ha significado una forma de exilio”, “Hay dormitorios en los que nos adentramos con tanta celeridad que no reparamos en los murciélagos que pueblan el techo”. Tras el cauce inicial de la iniciación amorosa hay un río manso, en estiaje, que suele acabar en crecidas irregulares o peor, en curso seco.

Benito Romero sortea el nomadismo intencional de la expresión lacónica agrupando sus textos por rincones temáticos de fronteras difusas. En “Territorio”, el referente cultural, la figura del escritor y del intelectual o los espejos deformantes de la literatura constituyen itinerarios del pensar que añaden tonalidades y matices: “Consagrarse a la literatura implica, en la mayoría de los casos, una renuncia irrevocable a la pretensión de prosperar”, “El poeta obsesionado con los adjetivos rara vez emplea el adecuado”, “El peor vicio del aforista: el flagrante convencimiento de creerse exclusivo”.

El ensayista, filósofo, profesor y aforista compiló, pocos meses antes de su fallecimiento Diccionario Lacónico, un imprescindible trabajo sobre el aforismo de definición, convertido en obra colectiva por la aportación de muchos escritores peninsulares; entre ellos estaba Benito Romero que deja en el apartado “Gavetas” un inventario de significados terminológicos. En ellos predomina –tal vez por la sombra magisterial de Bierce- la esquina irónica, casi con vistas al sarcasmo: “ACADEMIA. Elitista jardín de infancia”, “ARRIBISTA. Hábil masturbador de la vanidad ajena…”, “FUNCIONARIO. Especialista en el desentendimiento de sus competencias”; o con un barniz de ternura sentimental, “ADOLESCENCIA. Legítimo campo de minas en un desordenado día de lluvia”.

El semblante plural de lo diverso se acentúa en el apartado “Impresiones”. En él resalta su ambición temática. Lo cotidiano aglutina una sobresaturación de estímulos que se desbroza desde la precisión lacónica. En los rincones de lo diario se normaliza el absurdo y hay que taponar las grietas con la moldeable masilla de la incertidumbre: “El núcleo es oscuramente contradictorio. Aceptémoslo.”; “La semilla del conocimiento elucubra, solitaria, en la última fila del teatro”. También hay sitio para el pesimismo y el ajuste de cuentas, tan explícito en la sección de cierre “Escombros”, cuyos hilos argumentales están cuajados de crítica y un cierto sabor agrio en la sensibilidad de sus conjeturas.

Benito Romero define la reflexión como una “gota de aceite que cae del engranaje”. Con ese persistente goteo sale al sol un tránsito racional fragmentario que niega el sistema. Desajustes camina a saltos, impulsado por la necesidad de dar fe de las mutaciones del ánimo al dibujar la caligrafía de la realidad y sus conmociones. En el ajustado interior de sus excelentes breverías, como epílogo conclusivo, la duda es siempre el punto de encuentro que simplifica la búsqueda, una eficiente lámpara encendida.

José Luis Morante

Fuente: https://puentesdepapel56.blogspot.com




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