Calle Para Siempre

Escena I

Armando, el Pollo, como cualquier otro día caminaba la vía más larga del municipio. La calle Para Siempre, lo separaba de su trabajo; y tan larga era que no se apreciaba apenas la pareja que andaba, más adelante, por la misma acera que él. Seguro que eran Cle y Patra. Cualquiera de las dos siempre señaladas como “un pedazo de pibón”. Una u otra, otra o una, o las dos juntas mejor, desbordaban alegría, juventud y una bellezaincuestionable.

A ninguna de ellas se veía capaz de atraer Armando el Pollo. Para él, Cle o Patraseran, sin duda, el mayor atractivo de Para Siempre.

Aquel domingo estaba más turbado, mucho más que otros domingos. Quizás por eso, aquellas dos chicas le parecían tan grandes: incluso por separado y desde tan lejos. Porque tanta era la distancia que no las alcanzaba a distinguir y no imaginaba que se trataba de la madre de una y la tía de otra.

Detrás de ellas, el pollo se crecía en un claro intento de llamar su atención. Pero iban mirando la cara de las hermosas fachadas e ignoraban el bulto que tenían detrás, casi invisible, allí, a lo lejos.

Escena II

El pollo corrió a lo largo de la acera hasta asfixiarse. Cuando no pudo más siguió caminando rápido. Corrió otro poco, muy poco, y siguió con grandes zancadas aproximándose a su objetivo. Aunque ya veía que no se trataba de sus amigas, la curiosidad le llevó a continuar con el apresurado acercamiento a las dos bellezas: Ambas estaban de muy buen ver…

Cuando faltaban apenas cinco metros para alcanzarlas, se viraron al mismo tiempo y se encararon los tres. “Qué huevos, el niño, ¡el susto que me diste!” dijo la tía de Patra, mostrando una amplia sonrisa. Un “Lo siento…” se le escapó, al tiempo que agachaba la cabeza, casi avergonzado de no se sabe qué. “Tú te vienes de fiesta con nosotras”, exigió imperante, mientras se colgaba de su brazo la madre de Cle; sin que él pudiera disimular apenas una mirada constante a su escote. La verdad, Armando se sintió intimidado ante los encantos de aquellas dos mujeres mayores que él, pero tan ofrecidas.“Yeni”, le dijo que se llamaba aquella madurita encorsetada en mallas negras, que parecía la madre de todas las gatas: una auténtica catwoman.

Fue una tarde-noche frenética, en la que acabó besando apasionadamente a Yeni, la amiga de la tía de Patra, la tía viuda de Cle. De manera que, sin darse cuenta, se había ligado a las familias de Cle o Patra.

Escena III

La navidad quedaba atrás hacía ya tiempo. Yeni, seguía utilizándolo para sus descargues sexuales y él se dejaba gustoso. Ella lo había iniciado en el sexo en pareja, le enseñó mucho y bien, a pesar de que siempre se sintió utilizado y asfixiado por aislantes plásticos. Ahora lo invitó, por primera vez, a bajar con ella a los carnavales de Santa Cruz, al Carnaval de día. No le sorprendió mucho encontrarse con Patra, su tía y Cle, pero como las jóvenes seguían atrayéndolo no le importó la compañía de las cuatro mujeres.

Demasiada gente, como siempre, podía ser agobiante. Habían decidido cogerse de las manos para caminar entre la multitud y se sentía mucho mejor que cómodo agarrado a Cle, que caminaba delante, y a Yeni que lo seguía arrastrando de las otras dos mujeres. Tardó en apreciar que la mano de Cle, junto a la suya, con frecuencia quedaban justo en su entrepierna. Tal vez fue cuando ya era patente su inocente erección, y la mano de Cle presionaba casi con descaro, cuando fue del todo consciente. Y así se movieron durante mucho tiempo, hasta verse totalmente frenados por el tumulto.

Se había quedado totalmente pegado a Clementina. Sentía su cuerpo moverse suavemente, poseída por un baile comunitario; ondulando, arriba y abajo, adelante y atrás. Olía su pelo y casi creía oírla suspirar. Detrás, los pechos de Yeni presionaban contra él y su risa frecuente lo alarmaba cada vez, como si supiera que en esos momentos sentía atracción por otra mujer. Tal vez fueron veinte minutos o tan solo diez, lo cierto es que tuvo tiempo de soltar de la mano a Cle, pasar su brazo por todo su abdomen y dejárselo guiar hasta la parte baja de sus pechos e incluso atraparlos con poco disimulo y consentimiento. Sentimiento que parecía compartido, ya que la chica no rehuía sino al contrario: se restregaba con inmejorable arte. Así hasta conseguir hacerlo reventar de placer, sacar hasta su última gota de deseo sexual y continuar hasta llevarlo a la extenuación.

Escena IV

El sudor que lo bañaba equivalía a la vergüenza extrema que lo empapaba, por unos lados más que por otros. De repente, se agobió y sudó más todavía. Cuando se dio cuenta de que sus pantalones vaqueros se veían mojados, se alarmó; pidió disculpas a las chicas y desoyó sus preguntas, para emprender la huida. Empujando salió del tumulto en unos frenéticos e interminables minutos. No sabía cómo disimular aquel mojado, no tenía con qué taparse o limpiarse. Así que caminó a toda prisa hasta el coche, donde pareció respirar por primera vez desde la eyaculación. Ellas no lo llamaron ese día, pero tampoco volvieron a hacerlo más adelante; él tampoco lo hizo. Además, las evitó descaradamente, a pesar de vivir relativamente cerca: Ya no se le hacía tan larga la calle Para Siempre.

 

 Pedro M. González Cánovas

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