Cicatrices malditas

Aquella nociva infusión de estramonio dejó colgada a mucha gente para siempre. Cierto es que algunas de esas personas ya se daban por locas; y que, posiblemente, solo hicieron emerger enfermedades ocultas que saldrían tarde o temprano. Pero hervir las semillitas redondas o arrugadas de aquella mata de barranco hizo estragos y, desgraciadamente, seguro que lo sigue haciendo hoy.

Eran apenas unas ruedas baratas o unas fumadas de hierba o chocolate lo usado en los barrios de Canarias para satisfacer las ansias de aventura de la pibada de entonces, cuando -con la llegada del rock duro y las lecturas de Poe o Lovecraft- empezaron a tornarse las cosas.

El maestro que influyó en mi hasta hacerme descubrir la profundidad de Black Sabbath fue Jose el Maruco. Era otro de los peludos santacruceros que entonces se contaban con los dedos de las manos; todos habíamos oído hablar de todos, por lo menos, o lo más posible era que nos conociéramos. Jose era un buen amigo mío del patio de Cobasa; compartíamos gustos musicales y forma de vestir, igual que carreras en las manifestaciones y la influencia política del activo MPAIAC.

El Maruco tenía una melena abundante, rizada, que partía del centro de su cabeza, parecida a la mía, pero mucho más abultada. El hecho destacaba además por su extrema delgadez, sus venas visibles y su cara algo alargada. Llevaba unas gafas que de lejos se podían suponer de culo de botella (aunque no lo eran), con muchas dioptrías. Era de estatura media y, según he sabido, dos años más viejo que yo.

Fue él quien organizó la noche de aquelarre en el Llano de Los Viejos, en aquella cueva donde las velas se podrían mantener encendidas sin llamar la atención. Era una época en que todos poníamos los discos al revés; no ibas a pagar un vinilo de aquellos para perderte una cara, claro. Las enseñanzas de don Juan pasaban de mano en mano, junto con los libritos más suaves de la filosofía de a pie de calle de Hermann Hesse o tantos otros de esa línea; Bukowski vino después. No sé lo que daría hoy por tener un ejemplar del Necronomicón, aunque fuera para aparcarlo al fondo de la librería: algunas cosas no cambian tanto.

El Té del diablo era un viaje auténticamente psicodélico. Alucinante extremo. A poco más de diez minutos de tomarlo producía sequedad de la boca, trastornos visuales, debilidad muscular; después de veinte minutos todo cambiaba; aparecían evidentes trastornos de comportamiento y una especie de desorientación espacio-temporal. Casi siempre acababa uno muy agitado, atáxico, a veces convulsivo y agresivo, usando un lenguaje incoherente; en realidad, se vivía la volada en un universo paralelo que solo roza este.

Sin duda, el Maruco era quién tenía que habernos traído a Bukowski; pero él ya no estaba cuando eso. Maruco se nos fue justo en vísperas de aparecer Ataúd Vacante. Se nos fue demasiado joven, demasiado pronto; a esa edad las pérdidas de ese calibre no se olvidan: te marcan para siempre.

El puto té del diablo, sin embargo, sigue ahí. Al alcance de cualquiera, de animales o niños. Continúa siendo ese veneno común que tanto mal ha hecho y crece azorrado en los barrancos urbanos de nuestros pueblos o ciudades. Maruco no. Maruco se fue, dejando uno de esos huecos infinitos que traspasa nuestros pechos.

No puedo evitar recordar con detalle la araña que tenía tatuada en su mano izquierda; verlo reflejado en la cara de Fafe; oír su risa, entre el sonido de los temas antiguos de Black Sabbath; y temer ahogarme en lágrimas cuando veo anunciado a Brutalizzed Kids, Ataúd vacante, o cualquiera de esos inventos musicales de la familia.

Sin embargo, forma parte de los recuerdos que no se quieren perder; que siguen ahí casi cuarenta años después y se mantendrán con gusto y una mezcla de oscura tristeza para siempre. La historia de Jose el Maruco es sin duda otra historia, que no debe ser mezclada con la mierda de té del diablo, pero como ambas dejaron cicatrices tan profundas y no se borraron, sin quererlo se han mezclado un poco: Solo un poco.

 

Pedro M. González Cánovas

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