Crónica de la soledad con selva esmeralda de fondo

El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para el buque en que llegaba el obispo”. Así comienza la novela de Gabriel García Márquez “Crónica de una muerte anunciada”, una obra realista del maestro del Realismo Mágico que, basada en hechos reales, invita a pensar en la inexorabilidad del destino y en la compleja red de causas y efectos que lo van tejiendo.

Muchos años después, durante un discurso, el sindicalista y ecologista Chico Mendes anunció lo siguiente: “No quiero flores en mi tumba porque sé que irán a arrancarlas a la selva. Solo quiero que mi muerte sirva para acabar con la impunidad de los matones que cuentan con protección de la policía (…) que han matado más de 50 personas como yo, líderes seringueiros empeñados en salvar la selva amazónica y en demostrar que el progreso sin destrucción es posible”. Días después un disparo le segó la vida en su casa de Xapurí. Su muerte anunciada se había consumado.

A Santiago Nasar lo mataron los hermanos Pedro y Pablo Vicario, que pretendían vengar el supuesto honor mancillado de su familia, aunque en el fondo de su alma no deseaban cometer el crimen y, por ello, lo pregonaban a la espera de que algo o alguien lo impidiera. En cambio, en la muerte de Francisco Mendes Alves Filho, los asesinos albergaban una intencionalidad clara de matar desde mucho tiempo atrás y su motivación no residía en valores como el honor o la honra, sino en pasiones más prosaicas y toscas como la avaricia y el odio.

Los autores, Darly y Darcí Alves, padre e hijo, eran hacendados semianalfabetos astutos y crueles, pertenecientes a una estirpe de terratenientes que tiempo atrás se dieron al pillaje, el saqueo y la violencia y se hicieron con el control de enormes extensiones de terreno arrebatados a sangre y fuego a la selva y a sus pobladores originarios. Fueron el brazo ejecutor no solo de los llamados ruralistas sino también del propio Estado brasileño, como reconoció más tarde la Comisión de Amnistía del Ministerio de Justicia de Brasil, aunque no terminó de llamar a las cosas por su nombre, aquello fue un crimen de Estado.

La vida de Chico Mendes fue un denodado combate por salvar a la selva amazónica y a sus habitantes de la devastación a que era y es sometida por los grandes latifundistas ganaderos y sembradores de soja que han desbrozado y quemado enormes extensiones a un ritmo frenético. Este crimen mayúsculo, de carácter global, que atenta contra la humanidad entera, nos hace sentir el terror de pueblos y animales ante el hombre blanco, ese depredador implacable que, a lomos de un sistema económico destructivo, devora a la madre naturaleza, a modo de un Saturno invertido. En el verano de 1987, unos meses antes de la muerte de Chico Mendes, 200.000 incendios devastaban la Amazonia día y noche, el área quemada era dos veces Suiza.

También el año pasado el mundo se conmocionó por los voraces incendios de la cuenca del Amazonas y este año volverán las oscuras golondrinas y las arengas de Jair Bolsonaro alentando la devastación. Bolsonaro es un títere de las grandes corporaciones que trafican con oro y otros minerales, madera, soja, carne o animales, aliado de la Unión Democrática Ruralista, organización que representa, cobija y protege a un grupo selecto de bandidos enriquecidos por medio del latrocinio, que ponen y quitan gobernadores de los Estados donde  tienen sus feudos, que corrompen a senadores y congresistas para urdir sus tramas al punto de que pueden dar un golpe de estado palaciego como ocurrió con Dilma Rousseff. Los ruralistas son racistas patológicos en un país donde el color de la piel ya sitúa, de entrada, en el escalafón social.

Desde que tomó posesión de su cargo, Bolsonaro comenzó a hostigar y debilitar organismos creados para proteger la Amazonia y sus habitantes, como el Instituto Brasileño de Medio Ambiente (IBAMA) y la Fundación Nacional del Indio (FUNAE), mientras impulsa las invasiones ilegales de tierras indígenas. En estos momentos, unos 300.000 indígenas están en peligro y su desaparición conllevaría un genocidio y la pérdida de los secretos de las selvas que su cultura ha atesorado durante generaciones. La película de John BoormanLa selva esmeralda” ya nos advertía lo que, para estos pueblos, significaba el progreso del hombre blanco: destrucción, muerte, aculturación y expolio. Eduardo Galeano describía su historia en dos líneas: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: “cierren los ojos y recen”. Y cuando los abrimos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.

A estados de terror como estos se enfrentó Mendes en su desesperada lucha por los derechos de los seringueiros, los sangradores de la hevea o árbol del caucho que protegen la selva y llevan a cabo un aprovechamiento sostenible de sus recursos. Originarios mayoritariamente del nordeste brasileño, la zona más pobre y atrasada del país, llegaron a la Amazonia con la fiebre del caucho de finales del siglo XIX y principios del XX, debido fundamentalmente a la invención del automóvil como medio de transporte, y luego durante el periodo de la 2ª Guerra Mundial hasta que los productos sintéticos lo sustituyeron en los mercados internacionales. La riqueza obtenida por los grandes productores generó la leyenda real de los millonarios excéntricos que encendían sus habanos con billetes de curso legal o construían teatros en plena selva que nada tenían que envidiar a la Ópera de París o a La Scala de Milán, como el Gran Teatro Amazonas de Manaos, en el que se inspiró Wergner Herzog para su película “Fitzcarraldo”.

Frente a la riqueza obscena de los propietarios e intermediarios, los recolectores vivían en unas condiciones de semiesclavitud, como la familia de Chico Mendes, aquel hombre bajito, de cuidado bigote, sonrisa franca y desbordante humanidad que, hastiado de los abusos cometidos, fundó el “Sindicato de los Trabajadores Rurales de Xapurí”, en el Estado de Acre. El sindicato denunció las condiciones miserables en que vivían los seringueiros y cómo unos pocos se enriquecían a través del robo, el pillaje y el crimen a la par que mantenían la impunidad gracias a la protección que les brindaban sus socios en el Congreso, el Senado y el Gobierno brasileños. Pero estaban solos.

Esta situación solo era conocida dentro de Brasil, un país donde la desigualdad alcanza niveles escandalosos y donde los medios de comunicación pertenecen a las élites empresariales que comparten intereses con los latifundistas ruralistas. Sin embargo, en los años 80 del siglo pasado, surge con fuerza lo que Noam Chomsky denominó “la nueva superpotencia”: la opinión pública mundial. Así, la lucha por la conservación de las selvas amazónicas y sus habitantes a través del sindicato de Chico Mendes, traspasó fronteras y llegó a organismos internacionales como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo, que anteriormente habían regado con millones de dólares a Brasil para la construcción de proyectos destructivos como las carreteras transamazónicas o enormes presas de incierto futuro y graves consecuencias medioambientales.

Convertirse en embajador de los desposeídos de la selva ante la opinión pública mundial y los organismos internacionales supuso convertirse en un hombre peligroso para el sistema y él lo sabía. A partir de entonces siempre vivió amenazado, acechado por matones a sueldo que 8 años antes ya habían asesinado a Wilson Pinheiro, amigo íntimo de Mendes y miembro destacado del mismo sindicato.

Ilsamar Gadelha, su mujer, que entonces tenía 24 años, habría de recordar toda la vida aquella tarde de diciembre en que preparaba la cena mientras su marido se dirigía al baño para tomar una ducha, al abrir la puerta trasera de su casa la descarga de un rifle le segó la vida. Los guardaespaldas que lo acompañaban desde hacía tiempo por las constantes amenazas sobre su vida, solo pudieron certificar su muerte.

El asesinato desató una enorme conmoción popular y tuvo una repercusión sin precedentes, disparó la alarma sobre lo que sucedía en la Amazonia y sobre la naturaleza en general y fue portada de The New York Times o el Jornal do Brasil en los albores de la globalización postmoderna. A consecuencia de ello, los seringueiros lograron mejorar sus condiciones de vida y la implantación de Áreas Protegidas con diferentes tipos de conservación llegó a los 2 millones de km2 entre territorios indígenas y parques nacionales.

Esta gran extensión de tierra protegida nos puede inducir a pensar que la tala y la quema, el envenenamiento de los ríos y los suelos por el mercurio utilizado para la extracción de oro o la desaparición de la biodiversidad a gran escala, se han detenido pero nada más lejos de la realidad. La normativa de protección no tiene su correlato en los medios materiales y humanos para hacerla posible. Los escasos equipamientos que el gobierno reserva para las áreas de conservación está perfectamente calculada para que el saqueo se perpetúe. Un ejemplo: el 30% del Estado de Pará (1.247.000 km2) ya ha sido desforestado por la minería y las grandes extensiones agrícolas y ganaderas, controladas por un pequeño núcleo de grandes propietarios, mientras la mayoría de sus 8 millones de habitantes viven en la pobreza, la ignorancia y la explotación. Esos caciques locales financian el 80% de las campañas electorales de Pará. He aquí el Orden y Progreso que, a modo de divisa, ondea en la bandera nacional.

El Instituto Chico Mendes y otras organizaciones de la sociedad civil luchan contra garimpeiros, madereros, furtivos y latifundistas para preservar la Amazonia, pero la lucha es desigual, ellos van a pie o caballo mientras los gánsteres vigilan desde helicópteros, con sofisticados equipos de información que guían a enormes camiones que transportan árboles de bosques primitivos por carreteras clandestinas.

Este año volverán las noticias sobre los incendios en el Amazonas, el mundo volverá a poner el grito en el cielo, Bolsonaro dirá los desatinos acostumbrados y otro pedazo de selva del tamaño de Suiza desaparecerá para siempre. Hasta el año que viene.

                               Gerardo Rodríguez

Miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC




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