“El donante de la mariposa…”

No pensemos en la Donación de órganos, como ofrecer una parte nuestra para que otra persona pueda vivir… En realidad, es esa persona desconocida la que ofrece todo su cuerpo, para que llegado el caso, sea una parte de nosotros la que siga viviendo”

El aleteo de una mariposa puede causar un tifón en algún lugar del mundo.”

Cuenta una pequeña historia que…

Ernesto caminaba con la mirada triste, sus ojos apuntaban siempre hacia el suelo, y podían ver la tristeza agrietada de las calles, que se asemejaba a su propia sensación de abatimiento y tristeza constante.

Él vivía en una ciudad altamente populosa, una ciudad de una gran extensión y de avenidas muy largas, tanto, que se perdían en la lejanía, dejando el rastro de  su tristeza por donde caminaba. Las enormes distancias eran como las amargas agujas que traspasaban su cerebro y su corazón.

Algunas veces tenía ánimo para caminar, otras tantas veces cogía algún taxi, aunque el tráfico de aquella gran ciudad era horrorosamente caótico, era como un torrente sanguíneo que se paraba trombo a trombo, al ritmo diastólico de la espera de un corazón nuevo.

Ernesto era un hombre de mediana edad, las canas dejaban blanca su barba y empezaban a invadir el resto del cabello e incluso empezaba a sentir como se le iban introduciendo en sus sentimientos.  

Trabajaba en un edificio de oficinas que le quedaba muy lejos de su causa, pero, tenía la suerte de que cerca de su trabajo, estaba el hospital donde se encontraba ingresada su hija, su única hija de veintiséis años, fruto de la relación con su fallecida y queridísima esposa.

 Su hija Marta, padecía una enfermedad cardíaca congénita  muy grave. Permanecía ingresada en la Unidad Coronaria de Cuidados Intensivos para poder controlar su dolencia, a la espera urgente, de  que apareciera un posible donante cardíaco que pudiera permitir el trasplante de su corazón, lo que le devolvería una mejora significativa  de salud y una más larga esperanza de vida.

Cada día a las seis de la tarde cuando salía de trabajar, Ernesto se dirigía caminando hasta el Hospital para ver a su princesa, ella era el único motor que le llevaba día a día a seguir luchando con fuerza. Siempre, al ver a su querida Marta, dejaba esbozar una leve sonrisa en su cara ante la esperanza de que en cualquier momento se pudiera producir el milagro de un trasplante, aún así, su tristeza era tremenda y se había alojado fuertemente en su alma.

Aquella tarde iba a ser diferente.

Sonó el timbre nervioso de su teléfono móvil, miró la pantalla: El Doctor Matías.

– ¡Si, Dígame!

– Buenas tardes Don Ernesto, soy el Dr. Matías. Lo llamo porque ha aparecido un posible donante para su hija.

– ¿Cómo? ¡Voy enseguida, voy enseguida!

-Por favor, recuerde traer firmados los documentos para el trasplante de Marta, sin ellos no se puede realizar, y esta tarde no disponemos de personal administrativo.

– ¡Si! ¡Si! No se preocupe.

– Don Ernesto, no tarde mucho, porque si no el trasplante de Marta tendrá que anularse.

– ¡Si! ¡Voy en seguida!

– De acuerdo, lo esperamos.

Ernesto, llamó rápidamente un taxi y se dispuso a ir a su casa para recoger los papeles y poder llegar al hospital.

– ¡TAXI!

– A la Avenida de la Esperanza.

Estaba tan nervioso que no sabía ni como sentarse en el taxi, se sentía desesperado ya que veía que se presentaba una congestión de tráfico de las que hacen historia, y no, no podía ser.

– Mire disculpe, ¿No puede coger otro camino?

– No señor, hay obras en la ciudad y está todo congestionado por todos lados, no hay escapatoria.

– Bueno mire, déjeme aquí mismo que prefiero hacer el trayecto caminado y creo que llegaré antes.

Con el ajetreo y los nervios del momento y la situación, Ernesto dejó sin darse cuenta el móvil en el asiento del taxi.

Salió del coche y se dirigió lo más rápidamente posible hacia su casa que no estaba tan lejos, allí recogería los documentos firmados para que  se pudiera proceder al trasplante.

Al poco de bajarse del taxi, un chico joven lo paró y se subió para dirigirse a otro punto de la ciudad.

Allí estaba el móvil de Ernesto, situado en el sillón donde el conductor no podía verlo, con lo que, el chico lo cogió y se lo quedó.

Cuando Ernesto llegó a su casa, enseguida recogió los documentos firmados, los guardó en una carpeta y se dispuso a llamar al Dr. Matías, fue así cuando se dio cuenta de que había dejado el móvil en el asiento del taxi.

Sin el móvil no podía llamar al hospital porque era donde estaba registrado el número, y en los documentos no aparecía. Llamó a su propio teléfono pero nadie lo cogía, nadie contestaba, a pesar de que ya estaba en manos de del chico que se lo había quedado.

Así que se apresuró a caminar para dirigirse al hospital con la esperanza de llegar a tiempo para entregar los papeles y así poder realizar la operación de su hija, que se debatía entre la vida y la muerte a falta de un corazón  nuevo.

La inconsciencia del muchacho que recogió el móvil, lo llevó a hacer varias llamadas para ofrecerle móvil a un amigo y así venderlo, con lo cual  borró todos los contactos y dejó el móvil reseteado para venderlo mejor.

El desesperado Ernesto seguía corriendo para llegar a tiempo al hospital, ya que de no hacerlo, el mismo protocolo de actuación del trasplante anularía la recepción para Marta y pasaría al siguiente paciente de la lista. Perdería una oportunidad casi única y llevaban mucho tiempo esperando, y justo ese mismo día hay congestión de tráfico, se pierde el teléfono y no hay administrativos en el centro… Parece como si el destino no quisiera ese corazón para Marta, y él veía que llegaba tarde y se temía lo peor.

Ernesto caminaba hacia el hospital y el chico iba por la calle usando su móvil, llamando y haciendo sus gestiones para venderlo, iba prácticamente entretenido y con la mirada fija en el aparato, tanto, que no reparaba ni en lo que sucedía a su alrededor.

Sí, aunque  llegó al hospital, ya era demasiado tarde y habían pasado al siguiente paciente de la lista; el médico le comenta que no sabe  cuánto tiempo podrá permanecer así su hija, porque conseguir otro corazón que sea compatible es muy difícil…

Ernesto, abatido, salió hacia el exterior del hospital, y en las escaleras rompió a llorar sintiéndose culpable y más culpable…… No podía creerse lo que había sucedido, otra oportunidad como esa no sabía si se volvería a producir con lo grave que está Marta. No puede ni imaginarse que pase lo peor…

Sentado en las escaleras de la entrada principal del centro hospitalario, Ernesto no para de llorar incrédulo de la situación, mira a las personas que deambulan a su alrededor pero casi ni se da cuenta, está demasiado nervioso y descorazonado.

Se levantó de las escaleras para dirigirse al bar y pedir una infusión de tila mientras esperaba la hora de la visita de Coronarias.

En ese mismo momento, sin ellos saberlo, pasaba el chico que encontró su móvil en el taxi por delante del hospital, mientras, Ernesto se dirigía a la cafetería. El muchacho iba por la calle muy pendiente mirando y jugando con el móvil, totalmente despistado de todo.

Al cruzar la calle, sin mirar, un coche lo atropelló bruscamente. Murió en el acto.

Ernesto ajeno a todo, fue a la cafetería para tomarse la infusión y después poder ver a su hija, aunque estaba totalmente desanimado y apesadumbrado, así que pidió  esa tila, y la tomó sentado en la barra mientras oía como un gran revuelo se formaba por los pasillos del hospital.

La vida quiso que aquel chico que había encontrado su teléfono unas horas antes, sufriera un accidente mortal, allí mismo, casi delante de sus ojos que permanecían ajenos a todo y a todos.

Ernesto subió a la sala de Coronarias donde estaba su hija ingresada, allí estaba mirándola tras aquel cristal, sin poder cogerle la mano y decirle cuanto la quería y cuanto sentía lo que había sucedido… No sabía cuánto tiempo podría permanecer Marta así, quería estar a su lado todo el tiempo que fuera posible, evidentemente se sentía responsable y culpable de que no se hubiera podido realizar el trasplante, y allí permanecía tras el gran ventanal con los ojos llenos de lágrimas mirando a su niña.

El Dr. Matías pasaba por allí, se quedó mirándolo un momento antes de dirigirse a él para hablar de Marta.

– Ernesto, ¿Podemos hablar un momento?

– Dr. Matías, si claro, esto parece una pesadilla, pero si, ¡dígame!

– Siento molestarlo, y quiero que se tome esto con prudencia, porque ha aparecido un nuevo posible donante y se podría realizar el trasplante de su hija esta misma noche, si se confirma la compatibilidad.

– ¿Cómo? Pero… no entiendo nada.

– Lo comprendo Ernesto y sé por lo que ha pasado y quiero que sepa que lo sentimos todos mucho, pero debo informarle de que ahora ha surgido este nuevo caso y es posible que le podamos salvar la vida a Marta.

– Dr. Matías, espero que esto no sea una pesadilla, porque esto ha sido un desastre y no podría volver a sufrir una situación así, me siento responsable y no quiero que le pase nada a mi hija.

– Lo entiendo, por eso quiero que se tome esto con prudencia, en unos minutos nos dirán si el órgano es compatible para el trasplante, y si así lo fuera, debería prepararse para pasar una noche larga.

– Si, si… Lo que sea mejor, hagamos lo que sea mejor, pero, es que no puedo ni creerlo.

– Espere unos minutos por aquí, que están con el proceso de compatibilidad y vuelvo para decirle, pero le pido calma y prudencia porque aún no estamos seguros de que se pueda realizar.

No podía creerlo, todo está pasando tan rápido que casi no era capaz de asimilarlo, se sentía muy confuso y nervioso y a la espera de que el Dr. Matías le dijera lo que hacer, y esperaba que fueran buenas noticias.

Después de un rato más largo de lo que esperaba, veía por el pasillo como se acercaba el médico con carpetas en las manos y con un semblante no tan serio.

– Ernesto, es compatible. Podemos realizar el proceso de trasplante, sólo falta que nos firme aquí su consentimiento final.

– ¡Que alegría Dr.! No se imagina como me siento, es como una mala pesadilla y un bello sueño al mismo tiempo.

Una vez firmado el consentimiento final, se llevaron a quirófano a Marta para todos los preparativos y proceso de trasplante que se antojaba bastante largo, aún así, Ernesto se quedó durante toda la noche hasta que se realizara la intervención y supiera que todo había salido bien.

Estaba solo en aquella sala de espera, pero estaba lleno de esperanza y al mismo tiempo de miedo, porque una operación así era sumamente complicada, pero algo le decía que todo iba a salir bien.

Pasaron las horas, largas horas de intranquilidad, y casi ya en pleno amanecer, vio como el Dr. Matías se acercaba por el pasillo. Se le había puesto un nudo en la garganta, sólo esperaba buenas noticias.

– ¡Dr.! ¿Cómo ha ido todo?

– Hemos tenido mucha suerte Ernesto, hubo algunas complicaciones, pero todo ha salido muy bien. Puede estar tranquilo, ahora sólo tenemos que esperar que la recuperación de Marta sea buena, en principio somos muy optimistas.

Entre lágrimas, Ernesto se abrazaba al Dr. y no podía creer lo que había sucedido. Estaba emocionado y con muchas ganas de ver a su hija.

– ¿Cuándo podré verla Dr.?

– Vamos a esperar unas horas que se recupere y lo avisamos para que pueda pasar cinco minutos a verla.

– Muchas gracias, le agradezco todo lo que han hecho por nosotros.

– Para eso estamos Ernesto. Ahora descanse un rato, y en unas horas podrá pasar a ver a Marta. Por cierto Ernesto, tome su móvil.

– ¿Cómo?

– Si su móvil, el que se había extraviado.

– Pero…. ¿Cómo lo tiene Usted?

– Yo no Ernesto, estaba entre las pertenencias del donante. Nos lo entregó la policía…

Juan Antonio Gómez Jerez

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