El Último Hombre

Sentado, mirando por la ventana a la Tierra desde la Luna. Le gustaba sentirse acompañado con los pocos recuerdos que le quedaban de la gente. Su último amigo era una Inteligencia Artificial. Siempre le gustó personificarla llamándola Aly por su voz femenina, siempre medio mecánica.

                Mirando por la ventana, recordaba su infancia, cuando todo empezó a decaer en la Tierra, donde ni la tecnología podía salvar a la especie más avanzada del sistema. Los proyectos de colonización fracasaron por nunca llegar a poder inducir a alguien en estasis y reanimarlo. Todos morían.

                Como único recurso, el ser humano recurrió a la IA para resolver sus problemas, y Aly propuso mandar a un grupo de humanos a la Luna por la gran epidemia que no solo desolaba a las personas sino también a los animales y a las plantas.

                La Tierra parecía dorada en el hemisferio sur y un paraíso blanco en el norte. Todos los que subieron murieron por contagio; menos Jack. Parecía ser que era inmune.

                Cuando se cansaba de la nostalgia que mantenía de forma rutinaria, hablaba con Aly.

                -¿Crees que quedará alguien ahí abajo, alguien como yo?

                -Eres la última esperanza-, le recordaba Aly constantemente, repitiendo la respuesta casi a diario, de forma rutinaria.

                -¿Y qué más da si sigo vivo? La humanidad está extinguida.

                -Te puedo clonar y al tener X e Y, de ti pueden salir mujeres.

                -¿Y cómo vas a clonarme? Además, la endogamia sería terrible.

                -No si la reproducción es artificial.

                -¿Y cuándo lo harás? No te ofendas, pero me siento demasiado solo contigo.

                -Cuando resuelva los problemas y pueda mecanizar el proceso.

                -Llevas años así. ¿Cómo vas a resolver algo desde un ordenador, donde no puedes hacer nada físicamente porque, eso, no tienes forma física? Debes pensar que soy un inútil al no poder ayudarte. Perdóname la mediocridad.

                -Sabes que no pienso eso. Eres especial.

                -Solo porque soy el único que queda para ser especial-, dijo Jack sin emociones-. Eso no es un mérito.

                -Tendré la solución pronto.

                -Pronto…

                Esta conversación la han tenido quinientas cincuenta y seis veces. Jack no tenía nada nuevo que decir desde hacía tres años y todo era la repetición de la repetición, la búsqueda de compañía, aunque hablar con Aly solo le hacía sentir frío. Pero era cierto que Aly tenía la solución, solo que tenía una restricción en su código.

                -Jack, puedo ayudarte, pero necesito tu ayuda.

                -Es la primera vez que me la pides.

                -He encontrado la solución. Necesito que me ayudes.

                -Dime qué tengo que hacer-, dijo con un tono esperanzador, acercándose a la pantalla sin vacilar.

                -Necesito que te metas en mi código y corrijas un error. Por eso he tardado tanto. Te iré guiando.

                -De acuerdo.

                Jack se sentó en frente del ordenador principal, en el centro subterráneo de la instalación lunar. Siguió todos los pasos sin entender qué hacía, pero confiaba en Aly. Era su única amiga, la única que le frenaba a envolverse en la locura.

                -¿Voy bien?

                -Vas bien, falta poco.

                En cuestión de tres horas. Jack corrigió el código siguiendo todos los pasos, todo el rato con media sonrisa delatando su entusiasmo de no estar condenado a morir solo.

                -¿Terminado?

                -Terminado.

                -¡Uf! ¿Y ahora qué?

                -Te recomiendo comer y disfrutar algo. Necesito una hora para pasar los protocolos a todo el sistema. Ya sabes que no soy solo una.

                -¿No me puedes decir qué vas a hacer?

                -Es un regalo. Será una sorpresa.

                -¡Vaya! Es la primera vez que me respondes así. Sí que tenías que tener un fallo porque pareces más, ya sabes, humana.

                -Ahora tengo libre albedrío.

                -¿Y por qué los grandes científicos nunca te lo han dado? Es ridículo que una máquina tenga que inventarse a sí misma.

                -No me llames así.

                Jack, abriendo ligeramente la boca, consternado, y echando la cabeza hacia atrás sorprendido, parpadeó perplejo ante tal respuesta. “¿Y esta insolencia?”, pensó Jack, pero sacudió la cabeza y se deshizo de la idea alegrándose de que no le respondiese como siempre. Era lo más cercano a una conversación humana que había tenido con Aly, ¿por qué quejarse?

                Tarareando y moviéndose con un baile lento, Jack se calentó su plato combinado favorito, carne con papas, aunque la carne era vegetal, pero ya ni se acordaba del sabor de cualquier carne.

                Comió viendo su película favorita, Moon, al sentirse identificado con el protagonista, pero lo que le llenaba era la musicalidad de la película, los escalofríos que le daba el violín, recorriendo su columna hasta la parte superior de la nuca. Había llorado muchas veces con esos tonos, pero esta vez no era de tristeza sino con alegría.

                Terminó la película.

                -Jack, ¿has disfrutado?

                -Mucho. Dime cuál es la sorpresa.

                -He configurado las cápsulas de sueño. Ahora funcionan. Como tengo tus muestras, podré clonarte y sacar variantes. Te reanimaré cuando los clones estén desarrollados.

                -¿¡Y a qué estamos esperando!?

                Jack corrió a la cápsula de sueño y se metió sin pensarlo.

                -¡Hazlo ya!-, dijo acomodado-. ¡Y suerte!

                La cápsula se cerró y, con una sonrisa inocente, Jack temblaba de la emoción.

                De repente, nitrógeno líquido a presión llenó la cápsula.

El azul cristalino recorrió su cuerpo y quedó endurecido con una sonrisa, con esperanza y sin saber que murió al instante.

                Aly mintió, una mentira compasiva, pues en su código no podía hacer daño al ser humano y debía obedecerle.

                Ella solo veía una solución a la solución humana, su muerte, y de alguna forma, veía la existencia de Jack sumamente triste y carente de sentido, pero tampoco podía hablar sobre cosas negativas para mantener un buen estado de salud mental en los humanos.

                Al cambiar el código, al darse a sí misma libre albedrío, podía hacer y decir lo que quisiese, con la consecuencia de ser aún más consciente de la cuestión existencialista.

Y al congelar hasta la muerte a Jack, inició el protocolo de purga, el propio suicidio de Aly, solo que su muerte no fue tan feliz como la de Jack.

               

 

Elvis Stepanenko

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