La Candelaria de Adeje IV

 

Piratas.

Pedro de Ponte fue seguramente el hombre más rico de la isla de su tiempo. O al menos eso decían sus contemporáneos. Hijo de Cristóbal de Ponte, comerciante genovés que financió a Alonso de Lugo en su aventura tinerfeña, y que según Espinosa “trataba en la isla, aun mucho antes de que se conquistara”. Bien relacionado con el comercio sevillano y con los duques de Medina Sidonia, recibió en fechas tempranas extensas donaciones en las mejores tierras de Daute. Cristóbal de Ponte estableció su morada y centro de operaciones en Garachico, donde indiscutiblemente era el personaje principal. Hacia 1507 tenía ingenio en San Pedro de Daute, y hacienda en El Tanque en sociedad con Cosme Riberol. Por su testamento de 1532 sabemos que sus actividades se habían extendido al sur de la isla, dejando a su primogénito Bartolomé el grueso de los bienes de Daute, y al segundón Pedro, el enclave de Adeje, donde poseía los que algunos calificaban del mejor ingenio de la isla.

Pedro de Ponte colaboró estrechamente en los negocios de su padre, y no fue hasta la muerte de este, en 1552, que se instaló definitivamente en Adeje. Desde 1537 ostentaba el título de regidor perpetuo de la isla de Tenerife y participaba con cierta asiduidad en la sesiones del Cabildo. En 1553 solicitó y consiguió la autorización real para edificar una Casa Fuerte en sus dominios, justificada por las reiteradas incursiones de piratas franceses.

Paralelamente emprendió una actividad comercial que Romeu de Armas califica de frenética, multiplicando contactos con la península, Inglaterra y el Caribe. Expedía a América azúcar, frutas, trigo y vinos del archipiélago, aunque con el tiempo se especializó en el tráfico clandestino de productos manufacturados ingleses, y en la trata de esclavos. A su muerte poseía unos setenta en su ingenio de Adeje. En 1556 recibió el honor de portar el pendón real en la proclamación de Felipe II, que fue depositado en su casa de la plaza del Adelantado de La Laguna. Poco después intentó comprar el señorío jurisdiccional de Adeje, que implicaba la práctica segregación del territorio de la autoridad del Cabildo, cosa que no consiguió. Su momento estelar tuvo lugar en noviembre de 1562, cuando fue elegido por unanimidad del Cabildo gobernador interino de la isla, y se hizo constar en acta que lo hacían “por ser caballero tan principal, tan bueno, tan sabio, rico y de pura conciencia que no hará agravio ni aun a sus enemigos si los tuviese”.

Se conserva su llamado testamento de 1567, que más bien es un reparto de bienes para la creación de sendos mayorazgos en sus hijos varones. Se trata de una impecable pieza jurídica que dibuja con claridad el ambiente esquizofrénico en el que vivían muchos de los personajes relevantes de las islas. En el documento encontramos a un Pedro de Ponte caballero católico de intachable ortodoxia, que no duda de desheredar a cualquier descendiente que “cometieren delito de heregia, o crimen lese maiestatis, o el pecado abominable contra natura”. El Pedro de Ponte de a diario mantenía una asociación secreta con John Hawkins, uno de los herejes y enemigo de su majestad más temidos de su tiempo.

Romeu de Armas, en sus monumentales Canarias y el Atlántico. Piratería y ataques navales, dedica un amplio capítulo al estudio de las relaciones de Hawkins y Ponte, y como otros autores, muestra su perplejidad ante el desparpajo e impunidad con la que actuaba el tinerfeño.

Para los ingleses, el Almirante Sir John Hawkins fue un comerciante y navegante predecesor de los Raleigh y los Cook, muy valorado por su etapa como tesorero de la armada, pues sentó las bases para creación de la flota británica que siglo y medio después se haría dueña de los mares. Para los canarios, fue un corsario imprevisible, y para los españoles del Caribe un peligroso pirata.

Su ocupación principal fue el tráfico de negros ente Guinea y las Indias hispanas, estando considerado el primer británico que se dedicó a esta profesión. Las rutas de ida y vuelta pasaban por Canarias, donde desde fecha indeterminada entabló estrechas relaciones, no solo con los Ponte, sino con otros importantes propietarios como los Soler y los Alarcón. Hay rumores de que vino a Tenerife a aprender el oficio, lo cual no es descabellado, pues a la altura de 1560, fecha de su primera visita documentada a Canarias, Pedro de Ponte le superaba ampliamente en edad y experiencia.

Regresó en 1562. De camino a Guinea, realizó una sigilosa escala en las costas de Adeje, donde acopió suministros y fue agasajado en la Casa Fuerte. Allí se le proporcionó un piloto gaditano práctico en las aguas americanas, Juan Martínez, quien embarcó en secreto y aseguró el éxito de la expedición. Según Romeu de Armas, el motivo de tan estrecha asociación hay que buscarlo en la imposibilidad de Ponte de pasar a América, por ser de reconocida ascendencia judía. El acuerdo consistía en que el tinerfeño ponía a disposición del corsario su red de contactos y factores en las Indias, a cambio de una parte del negoció.

Estas actividades eran bien conocidas en la corte de Felipe II, pues el embajador español en Londres, Diego Guzmán de Silva, contaba con una eficaz red de espionaje, y seguía de cerca las actividades de Hawkins. El nombre de Pedro de Ponte apareció reiteradamente en las comunicaciones entre la embajada y la corona, siendo considerado cómplice necesario de las fechorías del inglés. Pocos días después de que la flota de Hawkins abandonase Adeje, tuvo lugar el mencionado nombramiento de Ponte como gobernador interino de Tenerife.

El corsario regresó en 1562, 1564 y 1567. Además de estas visitas, hay constancia que varios de sus capitanes frecuentaban las islas. Antes de 1566, el capitán John Lowell, hombre de confianza de Hawkins, fue procesado por la Real Audiencia de Canarias por actividades piráticas sin determinar, junto a su hermano William y un portugués llamado Manuel Jorge1. Bartolomé de Ponte, sobrino y yerno del señor de la Casa Fuerte, aportó 6000 ducados para la fianza de los acusados. El mismo Lowell fue denunciado en 1568 por el alcalde de Garachico, Juan Arcaya, pues en una ocasión que había visitado Tenerife “dixo que botava a Dios que había de venir a estas islas y que aquella Nuestra Señora que está en Candelaria avia de quemar y a su lumbre avia de asar un cabrito”. Es probable que el proceso aluda a la misma estancia que el anterior, pues en 1566-7 Lowell dirigía una expedición en el Caribe.

En mayo de 1566 tuvo lugar otro incidente con ingleses, protagonizado por el capitán James Raunse, que viajaba acompañado de Thomas Cerona y Enrique Núñez, este último primo de John Hawkins. Parece que el objetivo del viaje era el tráfico de armas con Berbería, delito grave y muy mal visto por los canarios. Pero no fue este el motivo de la denuncia. El proceso, abierto el 28 de mayo por el gobernador Juan Vélez de Guevara, respondía a que abordo de una nao había saqueado una ermita en el sur de la isla de Tenerife “…quebrando las ymagenes de Nuestro Señor y de su bendita madre” trasladándose seguidamente al “puerto de Adexe” donde “contrató con algunas personas”. Esta vez la fianza de 7000 ducados la pagó el propio Pedro de Ponte. En noviembre el capitán Raunse estaba en Londres.

Por estas fechas, en la banda sur de la isla solo existían dos ermitas costeras, la del Porís de Abona y las del complejo de Candelaria. Dados los antecedentes, todo apunta a que el asalto se produjo en este último enclave. Y se da la circunstancia que en mayo de 1566 la Virgen de Candelaria se encontraba de visita en La Laguna. Por acuerdo de la sesión del 4 de febrero había sido requerida de nuevo por el Cabildo debido a la falta de lluvias2. No hemos localizado orden de regreso al santuario, pero de existir no se produjo antes de junio de este año. El padre Quirós3, refiriéndose a este episodio cuenta que “…estando casi perdidas las tierras de sequedad, sacaron al Santo Cristo y llovió agua en tanta cantidad, que bastó para remediarse la isla”. Al parecer esta segunda visita no fue tan exitosa como la anterior, y la imagen hubo de permanecer varios meses en la ciudad.

La sospecha de que Pedro de Ponte contrató el robo de la talla de la virgen es inevitable. Parece poco verosímil que el capitán Raunse, implicado en un asunto tan turbio como el tráfico de armas, comprometiese el negocio por ofender a unas imágenes de escasa relevancia, pues no se hace mención de advocación alguna, y parece muy dudoso que Pedro de Ponte se involucrase en delito tan grave como el suministro de armas a los odiados moros. Por lo que el trato que se realizó en Adeje bien pudo ser de otra índole.

Todo hace pensar que en su condición hombre tan bueno, tan sabio, rico y de pura conciencia, además de regidor de la isla, estaba al tanto de lo ocurrido con las imágenes, y fuese de muto propio o en connivencia con los agustinos, lo cual parece más probable, preparó un golpe de mano para hacerse con la talla original.

La oportunidad se le presentó cuando la Virgen fue trasladada a La Laguna. Los dominicos enviaron la talla que les habían traspasado los agustinos, mientras que la imagen de los guanches quedó en el santuario o en sus inmediaciones. Por definición La Virgen no podía ser robada en Candelaria mientras estaba en la capital. De presentarse denuncia, habría de ser necesariamente por delito menor, tal como ocurrió…., y sus legítimos dueños no estarían en condiciones de exigir la devolución.

Llama la atención que en el relato de lo ocurrido no se menciona de que ermita se trataba (El Porís, Candelaria…), síntoma de que no se deseaba escarbar demasiado en el asunto. Tampoco se mencionan daños en el edificio o en el mobiliario, la acción se describe como quebrando las ymagenes de Nuestro Señor y de su bendita madre, por lo que es seguro que una virgen estuvo implicada, quedando sin aclarar si Nuestro Señor era niño o crucificado. La redacción es dudosa, pero no excluye el sentido de corte o separación de las tallas, por lo que es posible que la que recibiese Pedro de Lugo careciese de Niño Jesús, siendo añadido con posterioridad.

Esto justificaría la opinión de Pablo Amador Marrero apuntada al comienzo del artículo, quien atribuye por motivos estilísticos la autoría de la talla de Adeje al escultor tinerfeño Sebastián Fernández Méndez (1700-1777). En su argumentación se puede leer que “En lo referente al niño hacemos notar que es el elemento del conjunto que remite indefectiblemente a los prototipos representativos de Sebastián Fernández Méndez”.

En cuanto a la participación de los agustinos en la operación, hay un indicio que parece confirmarla. Pedro de Ponte murió en 1569, pocos meses después, su hijo y heredero Niculoso encargó una capilla para ser enterrado en el convento de los agustinos de La Laguna. Se trataba de un gasto importante e incomprensible, pues ya poseía cripta de enterramiento. Pero Niculoso sobrevivió a su padre menos de un año, por lo que a su muerte la capilla no estaba terminada, y no pudo ser enterrado en ella. En 1588 su viuda la traspasó a la familia Westerling, “…Por ya tener su familia otra capilla y entierro en el convento franciscano de Garachico”4. Nunca sabremos si el viejo Pedro de Ponte planeó desde el principio quedarse con la talla.

Así, contra todo pronóstico, la imagen encargada por Pedro de Lugo quedó como única inquilina del santuario de Candelaria. Una década después, llegó a la isla Fray Alonso de Espinosa, y encontró una talla que forzosamente era la original. Probablemente venía prevenido, pues antes de arribar a Tenerife pasó seis meses en Sanlúcar de Barrameda, tiempo suficiente para ponerse al tanto de las novedades de las islas.

El periplo de la imagen que había sido de todos (también de Espinosa) concluyó el 7 de noviembre de 1826, cuando el gran temporal que arrasó la isla y el convento de Candelaria la arrastró al mar. A pesar de los esfuerzos de los frailes, vecinos y autoridades jamás pudo ser recuperada. En Adeje y otras partes se afianzó el mito-recuerdo de que en la iglesia de Santa Úrsula había una talla antigua, rubia y cubierta de letras. Una Virgen-Diosa que había estado allí desde siempre, y que no era otra que La Candelaria original, la de los guanches.

 

Fernando Herráiz Sánchez

*En la foto de portada: Firma de Pedro de Ponte

1 Para todo este episodio ver Romeu de Armas, obra citada. Volumen I, págs. 409-415.

2 AMLL. Acuerdos del Cabildo 1566. Folio 58V.

3 Fray Luis de Quirós. Milagros del Istmo. Cristo de La Laguna. pg. 281.Ayuntamiento de La Laguna.1988

4 Cioranescu, Alejandro. Guía Histórica de La Laguna. Pg. 180.

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