La inmortalidad perfecta

En el único momento en el que no siento ni esta terrible ansiedad ni esta crónica depresión es cuando sueño, donde mis amores son como deberían ser, donde soy feliz y no hay dolor. Y luego… despierto, sudado, deseando volver a dormirme para volver a esa sensación indolora, pero siempre que lo intento de nuevo, solo me duermo para sentirme incómodo, orinándome, sofocado y mojado, deseando que esa felicidad vuelva…, pero no lo hará a no ser que sea otro sueño tan lúcido y profundo, y eso solo me pasa una vez al año, o una vez a la semana, o todos los días…, ya no distingo qué es qué. ¿Puedo seguir viviendo de esta manera? ¿Puede cualquiera? La respuesta es sí, solo que está condenado a vivir como un miserable, como un parásito, como un muerto viviente. No, no se puede vivir así sin aceptar que uno va a vivir y morir infeliz, que uno jamás podrá remediar la soledad, que nunca será lo que de una vez estuvo orgulloso. No…, no queda nada para alguien como yo. Menos mal que soy un cobarde. Menos mal que jamás acabaré conmigo mismo porque si es alguien o algo, no me derrotará, sea la vida o la muerte.  Ambas ganan contra mí, pero yo les miro y les escupo. ¡Vida, hazme sufrir como siempre haces! ¡Muerte, clama ya tu trofeo! ¿O acaso me teméis? Sí, sí, vosotras, mis preciadas reliquias, ¿teméis que yo te haga más daño, vida, o te mate a ti, muerte? Me tomaréis por arrogante, pero yo os he superado, ¡os he superado! ¿Acaso creéis que vais a dictaminar? ¡No tenéis fuerzas para acabar con lo inamovible! Y cuando yo muera, las dos quedaréis a mis pies. Susurrareis con mi último aliento, respiraréis mi carne putrefacta y descubriréis que, a ti, vida, te he hecho sufrir por mi tanto como me has hecho sufrir a mí, y a ti, muerte, te he matado al yo morirme… Ya he derrotado a mis dos peores enemigos y a mi mejor amante, la muerte, y deseo fervientemente que la vida me deje en paz mientras la muerte me consume en felicidad, pues lo que siento en sueños, al parecer, solo la muerte me lo puede otorgar. Y seguiré recordando cómo me besaste y cómo, desde entonces, sueño con devolverte el beso, arreglarlo todo para que nos llevásemos bien, para que cogieses mi mano y me dejases suspirar por última vez con la sonrisa que me quitó la vida… Muerte, te amo…”

Éste fue el último pensamiento de Emilio, un joven de veinte siete años que murió por un tumor cerebral inextirpable. Él se negó a pasar por la quimio e intentó vivir como pudo para morir en su cama y no en la de un hospital, y aunque sufriese no solo el dolor físico sino también el psicológico, a los demás siempre intentó sonreírles, a pesar de que la última vez que pudo sonreír con sinceridad fue a los veintidós años, última vez que el dolor era soportable.

 

Elvis Stepanenko

 

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