¡Mala Mujer!

En breve saldrá y sé que vendrá a Tenerife a buscarme a terminar lo que no pudo en su momento; cuento mi historia porque no sé qué pasará conmigo; cuento mi historia por si muero que sepa que el culpable es él; cuento mi historia para que nadie pueda negar la violencia que todavía se ejerce contra las mujeres, y cuento mi historia para que mi hija no repita las vivencias de las mujeres de la familia”

Llegó al municipio de San Cristóbal de la Laguna en la isla de Tenerife. Bajo de la guagua y saco mi paraguas. Una fina pero incesante lluvia no deja de caer en esta ciudad patrimonio de la humanidad. El frío húmedo lagunero me cala hasta los huesos. Acelero mis pasos hasta una céntrica cafetería donde me espera mi próxima entrevistada. La veo según me acerco. Suéter rojo y vaqueros.

Me presento, alargo la mano y me la estrecha suavemente.

Pedimos una ración de churros y dos cortados.  Cuando el camarero nos trae el desayuno suspira y comienza a relatar su historia.

Vengo de una familia extremadamente tradicional, donde la mujer se ha dedicado toda la vida a cuidar de la casa y de los niños mientras los hombres han salido a ganarse el sustento para toda la familia. Durante toda mi vida vi a mi madre ocuparse de mi padre como una sirvienta, prepararle la bañera, untar sus tostadas con mantequilla, aguantar sus reprimendas si la cama tenía una arruga y plancharle la ropa interior antes de que él se vistiera, yo me negué a seguir ese camino quería ser independiente y que ningún hombre pudiera gobernar mi vida.

Estudié duramente, saqué mi carrera, las oposiciones y comencé como docente en un colegio público de mi ciudad natal, en Las Palmas. En mi ciudad conocí a Jorge, un hombre apuesto capaz con una sola mirada de enamorar a la mitad de las mujeres que había a su alrededor, se fijó en mí que me encontraba tomando un café con leche y un pedazo de tarta. Me sonrió y sonreí. Se acercó a mí y se presentó era el amigo de un compañero de trabajo, yo lo conocía de vista, pero jamás me había atrevido hablar con él. 

A partir de ahí comenzamos la relación. Era la persona más detallista que te puedas imaginar. Cada día me mandaba una rosa a mi trabajo, abría la puerta antes de que yo llegara y me decía mil veces lo maravillosa que era.

No puedo negar que me enamoré como una quinceañera, todo parecía ideal y mi familia apoyó mi relación.

Una noche me llevó a cenar a nuestro restaurante favorito, hincó la rodilla en el suelo y me pidió matrimonio, le dije que sí, lloré, nos besamos y todo el mundo aplaudió. Yo no lo sabía, pero estaba comenzado a tejer su red y yo como una mosca despistada, caí justo en la mitad de la misma.

El primer año de matrimonio siguió su cauce habitual, nos compramos nuestra primera vivienda y a los pocos meses quedé embarazada. Fue una gran alegría, no fue un embarazo fácil. Tenía alto riesgo de aborto y me recomendaron la baja.  Me acogí a la misma y él me dijo que no hacía falta que trabajara al fin y al cabo él podía sostener a la familia, después de meses pensándolo y viendo que cada día me cuidaba mejor decidí que fuera así. Aquí consiguió su primera victoria puesto que pase a depender de él económicamente.

Una vez que deje mi trabajo comenzó a mostrar su verdadera personalidad, me daba dinero todos los días, pero me pedía los tickets de la compra, si quería comprar algo de ropa o salir a comer con mis amigas tenía que autorizar que me pudiera gastar el dinero y pobre de mí como no lo hiciera porque entonces o me gritaba y salía de casa dando un golpe a la puerta o se negaba hablar conmigo hasta que lloraba de rodilla suplicando su perdón.

Llegó el día del parto, creíamos que era un niño así constaba en la ecografía, pero finalmente fue una bella niña lo mejor que tengo en mi vida.

Cuando el vio en la sala de parto que no era un niño, pude ver en su cara como crispó la cara de rabia me dio miedo, no por mí. Temí por nuestra niña, y por si a él se le ocurría hacerle daño. Cuando nos quedamos solos en la habitación me miró y me dijo en voz baja que era una mala mujer, él había presumido con sus amigos que tendría un pequeño campeón y yo había tenido una pequeña zorra como yo, salió despacio de la habitación y yo comencé a llorar bajito para no alarmar a ninguna enfermera.

Los meses pasaban, mis amistades se fueron perdiendo y solamente mantenía una relación continua con mis padres y mi suegra, el resto fue vetado por él, no es que me prohibiera ver a nadie sino que cada vez que salía me decía que era una mala mujer y una peor madre, tenía que estar en casa, pendiente de la pequeña y tener la casa decente para cuando él llegara del trabajo poder descansar, le di la razón y volvió a darle una vuelta más a la red que tejía alrededor de mí ya estaba a su merced, económicamente y psicológicamente dependía de él.

Cuando ya estaba aislada comenzaron los golpes. Un día la pequeña estaba más revoltosa de lo habitual y se quemó la parte baja del potaje que tenía al fuego, en ese momento llegaba el del trabajo y lo olio, fui a saludarle y me pego una bofetada que me lanzo al suelo, me dijo que me levantara. Con los pies temblando lo hice, y me dijo que cuando él llegara a casa tenía que estar todo perfecto, incluida la comida, baje la cabeza asentí y se marchó a la habitación, al día siguiente llegó a casa un ramo de rosas y me llamó llorando pidiendo mi perdón.

La segunda vez, llegó ebrio de una cena del trabajo yo estaba ya en la cama y la pequeña en su cuna, según le oí llegar me levante rauda y veloz, le ayude a desvestirse quería mantener una relación sexual, o como él me dijo follarme a cuatro patas, ese día me dolía el estómago y le pedí que parara me pego un puñetazo en la boca, me dio la vuelta y me violó analmente provocando un desgarro en mi ano.

Al día siguiente fui al médico me pregunto lo que sucedió le dije que fue sexo consentido, no se quedó convencido, aun así, no pasó nada, aunque con los ojos le pedía a grito que me ayudara. Llegue a casa tenía un ramo de rosas y otra vez me pidió perdón, esta vez me lo pidió en casa, así sucedió en múltiples ocasiones con cada paliza, con cada violación, tenía en casa un ramo de rosas y una súplica de perdón en sus labios.

No sabes cómo odio actualmente esas flores y como su simple olor me provoca náuseas y vómitos, mi entrevistada no puede más y rompe a llorar mira a su alrededor, se levanta al servicio y yo me quedo con el corazón helado y el alma rota en pedazos.

Se vuelve a sentar, retoca su maquillaje y continúa con su relato.

La última paliza me mandó al hospital, con rotura del tabique nasal, fractura de varias costillas, un brazo fracturado, quemaduras provocada con la plancha y hematomas por todo el cuerpo, todo fue porque queme su camisa de seda favorita, cuando mi niña entró en casa me vio en el suelo ensangrentada corrió a llamar a la vecina y la ambulancia me llevó al hospital.

La enfermera y la doctora hablaron conmigo y gracias a su apoyo decidí denunciar a él se lo llevaron y le impusieron una orden de alejamiento que se saltaba de manera continua, cuando salió el juicio lo condenaron a 4 años de prisión.

En breve saldrá y sé que vendrá a Tenerife a buscarme a terminar lo que no pudo en su momento; cuento mi historia porque no sé qué pasará conmigo; cuento mi historia por si muero que sepa que el culpable es él; cuento mi historia para que nadie pueda negar la violencia que todavía se ejerce contra las mujeres, y cuento mi historia para que mi hija no repita las vivencias de las mujeres de la familia.

Jesús Cristóbal Socas Trujillo

Si quieres contarle tu historia a Jesús, no dudes en escribirle a jesusocastrujillo@gmail.com




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

×