Más que guerra

  1. España. En un pueblo montañoso cercano a Segovia.

El capitán de la guardia se despierta al lado de su mujer. Aún no ha amanecido, pero prefiere estar listo para la mañana que le atormenta.

-¿Qué ocurre?- preguntó su mujer somnolienta.

-Puedes seguir durmiendo- respondió secamente el capitán.

-Dime, ¿te preocupa lo de hoy?

-Es un mal presentimiento. Ya sabes que odio tener que hacer lo que requiere la guerra. Ni siquiera siento la ideología. Parece que solo no tengo ganas de morir por algo que nadie debería morir.

-Sobrevives. Todos lo intentamos. A veces no controlamos lo que pasa a nuestro alrededor y por supervivencia o por cobardía, elegimos lo que más nos conviene. ¿Estás así por el rumor?

Partizans asaltando el pueblo para saquearlo y debilitarnos, ¿tú qué crees?

-Son solo rumores. No creo que intenten nada en el pueblo. Tienen las de perder y siempre van por los bosques.

-Los subestimas.

-Son traidores, al fin y al cabo, ¿o no juraste a la Falange?

-A veces me pareces la persona más despreciable de este país, y mira que está llena de escoria.

-Suerte con tus tribulaciones, vas a estar preocupándote por nada.

Lado Republicano. Esa misma madrugada.

-¿Estás seguro de esto? Ya ha corrido la voz y saben que vamos a atacar- dijo el joven con los ojos que vieron cómo fusilaban a sus padres delante de él.

-En España solo hay bocazas y el capitán lo sabe. Seguro que supondrá que es un rumor que corrimos para asustarlo. No se lo esperará porque duda, y su mujer es arrogante. Siempre subestima y lo dice abiertamente hasta el punto de envenenar, y el capitán la escuchará, aunque sea por poco tiempo, pero ese tiempo es nuestro. Le conozco y sé que será tarde para que pueda hacer nada- dijo el hombre fornido, el líder al que se la había dado el cargo por ser astuto y un asesino fiel a la República.

-¿Y si por precaución se han preparado? ¿A veces pareces demasiado temerario?

-Mira, niñato, ve y llama al gitano para que se preparen. Los pillaremos despertando como si fuese un día normal, eso desmoraliza más que despertarte en medio de la noche lleno de adrenalina por unas explosiones. Ahora, ve y avisa al gitano.

8:49. El asalto comienza.

Los Republicanos eran quince contra los falangistas, que eran veinticinco. El ataque comenzó justo cuando el capitán dio dos pasos fuera para ir hacia el cuartel, aun pensando sobre si debería preparar las defensas cuando las granadas empezaron a estallar delante de él. Los guerrilleros planearon matarle a él antes que al resto para que estuviesen desorganizados el suficiente tiempo como para poder matarles y saquearles, pero mejor sería capturarle.

El capitán se tendió al suelo y metralla le alcanzó la oreja. Se levantó desorientado, oliendo pólvora y cobre, y con la visión borrosa por el polvo. Se levantó y de repente dos hombres le agarraron de los brazos y le llevaron al centro de la plaza, donde le dieron un culetazo en la cara.

Pasaron cinco minutos de tiroteo y explosiones hasta que todo quedó en silencio, y entre la polvareda, salió hacia el capitán el líder republicano. Se quedó de pie, frente al capitán arrodillado, con una amplia sonrisa.

-¿Ves, Josito? No se esperaban el ataque- dijo el líder-. Dime, Capitán Jiménez, ¿cómo va todo?

-Podría ir mejor. ¿Qué quieres, Roberto? ¿Matarnos a todos?

-Eres tú el que traicionó a la República, no yo, y tu condición de hermano de sangre no va a sacarte de esta.

-Sabes que lo hice porque no tenía elección.

-¿¡Entonces eres fascista porque no podías elegir!? ¡Yo elegí y me daría pena solo tener una vida que dar por la causa! ¿Y no podías elegir cuando ejecutaron a tu madre?

-Lo hice por María. No podía permitir que…

-Que qué, ¡¿qué la violasen esos fascistas?! Ahora vas a ver lo que es morir arrodillado.

El Capitán Jiménez agachó la cabeza. Su mujer le miraba a través de la ventana en su camisón con el crucifijo que llevaba al cuello aferrado entre sus dedos, y cuando vio a su marido agachando la cabeza, vio el fogonazo de la pistola de su hermano político hacia al que había despreciado como último acto. Sus lágrimas cayeron  mientras se maldecía por no haberle dicho “te amo” por última vez.

El cuerpo cayó como un saco y la cara del guerrillero Roberto se había oscurecido de tal manera que parecía estar pasando por el río Estigio. No había lágrimas ni sonrisas en matar a tu propio hermano. Miró hacia la ventana donde se postraba su cuñada sin cambiar la cara.

-Recoged y vámonos- dijo sin apartar la mirada. Se quedó sin aliento, como si estuviese aguantándola desde que disparó y esta vez susurró-. Recoged y vámonos…

 

 

Elvis Stepanenko

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