Por el derecho de autodeterminación de los pueblos

El País Canario hace suyo el discurso del 23E “Por el Derecho de Autodeterminación de los pueblos”. Hacemos nuestro este texto y lo asumimos como primera Editorial de nuestra revista digital. En este discurso, leído por Verónica Rodríguez Touzard, de Alternativa Nacionalista Canaria (ANC), se condensa todo el ideario de transformación revolucionaria que demanda una Canarias con conciencia y esperanza de futuro:

Las luchas de hoy son las luchas de los pueblos por determinarse libremente; las luchas de los pueblos por ser ellos mismos; las luchas de los pueblos para poder decidir sobre su territorio y sus recursos, las luchas de los pueblos por salvaguardar el medio para poder tener futuro.

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Los pueblos deben poder aspirara a su libre determinación. Reclamar el Derecho de Autodeterminación para los pueblos -para todos los pueblos- es legítimo. Más allá de que las legislaciones de los Estados, de la mayor parte de los Estados, no contemplen ese derecho, los pueblos están legitimados para ejercerlo, porque los pueblos deben tener el derecho a pronunciarse sobre el marco político en el que quieren desenvolverse.

Lo que no es legítimo es que ese marco político se imponga, y que se imponga por la fuerza. La dominación de un pueblo o de un Estado sobre otro pueblo es un acto de fuerza. Cuando una comunidad no puede decidir sobre todo lo que le concierne, incluida su vinculación a un determinado marco político -cuando eso sucede- se está ejerciendo violencia. Y esa violencia política -la limitación de derechos y libertades-, solo evidencia una profunda falta de democracia. Todos los pueblos deben poder determinarse libremente y deben contar con los mecanismos que permitan esa autodeterminación. El ejercicio o no de ese derecho dependerá de lo que esa sociedad decida. Por tanto, cuando hablamos de libre determinación, estamos hablando de democracia. Si el Derecho de Autodeterminación no se contempla en la legislación de un Estado, ese Estado no será plenamente democrático.

Los pueblos – las naciones oprimidas, colonias, territorios no autónomos, etc.- deben contar con las herramientas políticas y jurídicas que les permitan ejercer su soberanía. La negación de esos mecanismos democráticos -en última instancia- implican la negación de esa comunidad política. Y sin comunidad política, tampoco hay ciudadanía; y solo nos quedaría la posibilidad de ser meros súbditos, es decir, la sumisión total y absoluta.

El Derecho de Autodeterminación de los pueblos no es una reivindicación del pasado. No se trata de una etapa de la historia de la humanidad superada, sino que la lucha por la autodeterminación -la lucha de los pueblos por ser sujetos históricos- sigue siendo la lucha más importante que encontramos a nivel planetario. Las luchas de hoy son las luchas de los pueblos por determinarse libremente; las luchas de los pueblos por ser ellos mismos; las luchas de los pueblos para poder decidir sobre su territorio y sus recursos, las luchas de los pueblos por salvaguardar el medio para poder tener futuro.

La opresión más terrible que sufre la humanidad es la opresión que genera el sistema capitalista. Hablamos de la dictadura de los mercados globalizantes y del capitalismo que coloniza el mundo y desposee a las masas subalternas. Y enfrentarse a esa desposesión mundial no es otra cosa que levantar la bandera de la autodeterminación. Porque muchos pueblos -y no nos referimos solo a los pueblos que quedaron a la deriva de la historia, pendientes de una resolución de la ONU o de entrar en la lista de países a descolonizar-, naciones constituidas y supuestamente libres, se ven en la necesidad de enfrentarse a la injerencia de otros Estados. Por eso hablar de autodeterminación, es hablar de una lucha de muchos.

Al mismo tiempo, se debe comprender que la reivindicación de derechos por parte de las naciones oprimidas no es una lucha ajena a la defensa de las libertades individuales; los procesos de autodeterminación no son maquinarias ciegas y sordas. Cuando un pueblo decide emprender el camino de la libertad, ese pueblo no es una entelequia, ese pueblo se conforma como realidad compleja: suma de consciencias, suma de individualidades, suma de luchas y resistencias.

Una certeza que tenemos es que los procesos de liberación de los pueblos no empiezan un día y terminan -pasado un tiempo- otro día. Las luchas de liberación empiezan cuando desde el interior profundo de un pueblo unos pocos emprenden la tarea de traducir un sentimiento y darle forma material. Un sentimiento que no nace de la nada, sino que cobra realidad en medio del sufrimiento, en medio de la injusticia, y, sobre todo, nace del oprobio de la negación. Los pueblos son negados porque de esa forma pueden ser expoliados, arrasados y esclavizados. Como respuesta a esa negación, brota la voluntad de afirmarse; de esa chispa que es consciencia, nacen las luchas de liberación de los pueblos.

Luchas de afirmación y liberación de los pueblos que surgen cuando, como en el caso español, durante 40 años se ha vivido en la anormalidad de un Estado heredero de un régimen fascista y criminal. Durante esos 40 años se ha aceptado que siempre ganaran los mismos. Las diferentes oligarquías se han repartido el pastel del expolio y nos han mantenido atados de pies y manos. Por mucho que gasten en palabras y traten de convencernos de eso que han denominado Estado de derecho, vivimos una constante excepcionalidad. Y de ese excepcionalidad hablan desde Cataluña, desde Euskadi, desde Galicia…desde Andalucía… cansados ya de esa España que pretende seguir siendo, con careta democrática incluida, unidad de destino en lo universal. Por cierto, unidad de destino en lo universal que no tuvo ningún problema a la hora de arrojar al pueblo saharaui por la borda y dejarlo a expensas del colonialismo de la dinastía alauí. Y tampoco sería justo olvidarnos del Rif, o del lamentable papel jugado en la descolonización de Guinea Ecuatorial. Una verdadera historia de la infamia que no ha terminado y que tardará mucho todavía en terminar.

Y en Canarias sabemos mucho de infamias. Demasiado. El desencaje que sufrimos con respecto al Estado español y la dependencia orgánica a la que nos vemos sometidos con relación a ese Estado, nos deja postrados, incapacitados para tomar decisiones sobre nuestro presente, puesto que hablar de futuro sería una demanda de carácter sobrenatural.

Los índices de pobreza, de paro, de fracaso escolar, la dependencia exterior, el desmantelamiento de determinados sectores productivos y la devastación del territorio son las principales consecuencias de esa falta de soberanía popular. Somos conscientes de que nuestra miseria es el pago que hace España a las oligarquías por el refinado y efectivo trabajo de alienación y sometimiento que ejecutan sobre todo un pueblo. Un trabajo arduo y complicado el de limitar la percepción de la realidad a todo una sociedad. Pero su efectividad está más que demostrada. Por eso en Canarias también tenemos que hablar de autodeterminación, hablar de la necesidad de articular todos los mecanismos que nos permitan la libre determinación, porque el pueblo canario es un pueblo objetivamente explotado, oprimido y desposeído.

Hace 118 años, un hombre sencillo, un hombre del pueblo. No era un burgués ni un oligarca. Hace 118 años –decimos- Secundino Delgado -apelando a un paisano- interpeló a todo un pueblo:

¿Cómo es que han conseguido los pueblos su mejoramiento, su progreso y su libertad relativa? ¿Acaso con la sumisión y la fidelidad, encogiéndose de hombros y aguantando todas las cargas que sus amos quieran echarles encima? No. Desgraciado el pueblo que tal haga. Sólo por la rebelión, por la audacia y la valentía llegan los pueblos a su mejoramiento y su libertad. Es la Historia que nos enseña el ayer y nos señala el mañana”.

 

 

 

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