Revueltas populares en Tenerife. El episodio de junio de 1720 en Santa Cruz de Tenerife

Las clases populares estaban rozando la indigencia frente a una clase social pudiente acomodada y mantenida por los primeros

En 1717, por orden del Consejo de Hacienda y en cumplimiento de una real cédula, se establecen en las islas de señorío aduanas reales para beneficio del Estado. En ellas, hasta entonces, sólo estaba vigente el derecho de quintos, correspondiendo su cobro a la administración señorial.

Síntesis de los acontecimientos

Año 1720: Santa Cruz de Tenerife. El pueblo de Santa Cruz se alza contra las arbitrariedades del intendente Cevallos y su mujer, alentado el motín, de manera indirecta, por el capitán general Mur, quien después mandó a colgar de las almenas del castillo de S. Cristóbal a varios de los   amotinados y condenó a otros a galeras. Según fuentes españolistas este fue uno de los mejores capitanes generales que la metrópoli mandó a esta colonia.

Se crea en 1720 en Santa Cruz de Tenerife la figura del Intendente Real. Asimismo, se nombra Capitán General de las Islas Canarias a General Juan de Mur y Aguirre.

Se producía en la época un ambiente brusco, soliviantado con una constante exhibición de poder que atentaba contra los intereses de la mayoría de los sectores sociales (los más desfavorecidos). Estos factores estaban destinados a ser la mecha que prendería el motín, sobre todo en las capas bajas de la sociedad santacrucera, a los que se atrevían los intendentes a denominar:

los hombres más inmundos del pueblo: mulatos, negros, caleteros, carniceros, etc.”

Esta afrenta les movió a quitar esa noche las argollas (las cuales el Intendente tenía a la vista con el objetivo de amedrentar a rebeldes y amotinados, los cuales sería atados con ellas y exhibidos ante la muchedumbre), aunque el Intendente Castillo ordenó colocarlas de nuevo.

Como causa inicial del motín, el Capitán General Mur sugiere de los canarios:

lo mal que llevaban afrentasen a una mujer del país por un delito de flaqueza”

El clérigo Dámaso Quesada y Chávez incorpora un motivo más para justificar su amotinamiento:

la tan inhumanidad merecida en esta tierra, donde el dio toda causa, tenía este hombre escandalizado este pueblo y otros más de la Isla, con los desórdenes impuros que, afianzados en el poder de su intendencia, cometía dentro de su casa, bajo el color de la venida a su juzgado a negocios judiciales, con varias mujeres honradas. Porque como jerezano pensaba hacerse temible como se hacen en Andalucía todos los de su patria”

El almojarife Francisco Sepúlveda relató en la sumaria como le dio la libertad al mulato esclavo para que se escapase de la casa del intendente por sus súplicas por haberlo cogido con dicha mujer. Por su parte el alcalde de Santa Cruz Luis Oramas Villareal le llamo el día 18 y le dijo que le habían traído del lugar de Güímar a un esclavo suyo que se había fugado con una mujercilla llamada Ana. Para castigarlos, había mandado hacer dos argollas en un lugar de alto contenido simbólico. Con esa elección mostraba su poder a propios y extraños y convertía el centro oprobioso de su control en lugar de castigo.

Se había comportado el intendente a los ojos de todos como un monarca absoluto que quiere imponer su ley a toda costa. La sanción popular no deja lugar a dudas cuando se quita una de las argollas. Él no era dueño de una mujer libre. La tolerancia social hacia el amancebamiento era un hecho arraigado en la sociedad canaria, proveniente de sus ancestros aborígenes.

Estaba legitimada incluso la costumbre de la liberación del esclavo por la mujer libre por amor para proceder al casamiento más tarde. Este caso se daba con esta mujer, de la que se decía que ofrecía vender unas tierrillas que tenía para tener con que vivir con el esclavo y casarse con él. Incluso en una pequeña localidad como Santiago del Teide estas prácticas estaban generalizadas, como afirma su párroco:

la total disolución de los jóvenes de uno y otro sexo, en particular cuando están para casarse. De muchas que por estos tratos resultan paridas antes de casarse y otras que ni esto consiguen y se quedan con el hijo o hijos”

Al colocar la argolla, se producen voces de muchachos, el alcalde se encuentra en ese momento con el intendente. Se junta mucha gente, el juez y el escribano tratan de retirarla con la promesa de dar la libertad a dicha mujer, con lo que persuaden al gentío, que acude al castillo principal. Se dilatan más de media hora dentro del mismo, comenzando a llover piedras a las vidrieras y al conjunto del edificio. Entonces procede a salir con la mujer, pero la pólvora ya estaba prendida. Un hombre con un palo en alto y un estilete o puñal le ordenó quitarse de en medio. El alcalde les indicó la gravedad del desacato que cometían, pero todo fue en vano, pues lo cogieron en brazos y lo pusieron junto a la casa del Capitán Ferrera.

La segunda señal de la asonada fue un toque de campanas en la parroquia llamando al fuego en la plaza parroquial para atraer de esa forma a mucha más gente. Para contrarrestarla los clérigos llevaron a su Majestad Sacramentada por la calle. Sin embargo, ya habían perdido el respeto, querían sacar al intendente con la mujer, y así lo hicieron, le tiraron de una pierna y así lo hirieron, y lo dejaron en la agonía junto a la cruz de la calle de la caleta. Con la llegada del Capitán General desde La Laguna (Aguere), el intendente fue trasladado al castillo principal, donde expiró a la madia noche.

Dos tambores de guerra, tambores preparados al efecto, fueron la señal con que se agitó la rebelión, según Juana Arévalo:

eran más de 900 con hachas, puñales y chuzos y que, siendo mulatos, negros y gentes del campo, se deja discurrir estaban avisados de muchos lugares de aqesta Isla, y entrando en la casa más de doscientos con escaladas por las ventanas, cogiendo las azoteas y sitiándolas para todas partes asentándolas con una pieza de artillería”

Se acusa al carnicero Melián de ser el autor del asesinato, mientras que un negro lo pisó después de haberlo dejado por muerto. Hieren asimismo cruelmente a Ceballos por su cabeza, de la que sangra abundantemente. Su mujer suplica le respetasen la vida. El sacerdote procura refugiarlo en su manteo, pero no los aplaca y siguen gritando muera, muera. 

La muchedumbre proseguía gritando muera, muera, mientras que el Intendente se hallaba herido de muerte y desangrado “revolcado en su misma suerte”. En ese momento se puso de rodillas invocando a la Reina del Cielo. Con palabras muy tiernas les habló diciendo “perdónenme”. Repitió muchas veces:

bien sabe Dios no les he hecho mal ninguno, déjenme la vida, que si quieren me embarcaré yo sólo en la embarcación más pequeña”

Mientras que se vociferaba “que se embarque” uno de los amotinados sancionó que “hombre muerto no habla”. Al ver que se encaminaba al martirio pidió confesión y le fue concedida. Al poco tiempo le imprecaban al religioso:

acabe padre, tanto tarda para confesarle, le mataremos antes que acabe si no despacha”

Tras la absolución cargó la mayor parte del tumulto con chuzos, golpes, derramó sobre sí tanta sangre cuanto que no se conocía era un hombre o un monstruo. Intentaron enterrarle en la obra de la casa de la Aduana en los huecos que hacían los cimientos o echarle a la mar, lo que hubieran hecho si no se esparció la voz de la llegada del capitán general. Su testimonio es corroborado por Sepúlveda, que se refugió con él en el palio y que finalmente pudo escapar tras coger una de sus varas, con la que se fue hasta la iglesia.

Durante todo el desarrollo del motín sorprendió la ausencia de respuesta del alcaide del castillo principal Francisco Antonio de Sanmartín. En su declaración posterior respondió que tuvo miedo a lanzar una bala

 “por no ofender entre los culpables a los inocentes pues miraba mezclados con los del tumulto a religiosos, presbíteros y caballeros que acudieron a apaciguarlos”

El capitán general Mur, interesado como estaba en desvincular a la oligarquía isleña del motín, la exonera de todos los cargos. Sin embargo, Mur, una vez arribado al puerto de Santa Cruz, tras la conducción del intendente a su castillo principal, la máxima autoridad militar y la élite insular fueron conscientes de la gravedad y de las repercusiones de este hecho en la imagen de las Islas ante el Rey de España y el Consejo de Castilla.

Parece evidente que en absoluto las clases dominantes canarias fueron los promotores o inspiradores de este desenlace; a lo sumo, verían con buenos ojos una expulsión similar a la del Factor Navarro o un status similar al del capitán general  o el Juez de Indias “comprensivo” con “las singularidades isleñas”.

No pudieron controlar los impulsos desatados del populacho, alimentados por el hambre, la necesidad y la miseria, de las clases bajas santacruceras, repletas de negros y de mulatos que vivían del contrabando que reprimía con saña y eficacia. La precipitación de los acontecimientos, el agolpamiento de una multitud decidida a pesar de la intervención de los religiosos les sorprendió. No contaban con tal desenvolvimiento. Interesados estaban en hacer ver al Consejo de Castilla que ni el Capitán General ni la élite de la Isla tenían nada que ver con el motín, ya que las clases dominantes también estaban, desde siempre, implicadas en asuntos de contrabando, algo que ocurría a espaldas de las autoridades españolas de la época.

Se inicia proceso aclaratorio del suceso el 23 de junio de 1720. Las personas nombradas por el capitán general Mur para esta labor son comerciantes isleños, el sargento mayor Matías Boza de Lima, el regidor sargento mayor Pedro de Miranda y a Matías Rodríguez Carta.

Un batallón lagunero, encabezado por su coronel Diego Lercaro, ocupo la plataforma de la Concepción, mientras el cuartel de caballería se estableció en la casa del cónsul de Francia.

Cabe destacar asimismo que el notable santacrucero Esteban Porlier, sin embargo, si hizo pública su animadversión hacia el Intendente.

El día 24 ya habían sido detenidos 24 personas. Mur destaca que los detenidos eran todos “caleteros y de la gente de ínfima esfera”, y que estos fueron los que cometieron el delito. Fueron conducidos a las mazmorras del Castillo de San Cristobal. Parece evidente que se cogieron al lazo (culpables mezclados con inocentes) a los primeros que fueron hallados con el objetivo de desarrollar con rapidez el proceso. Entre los detenidos estaban: Bartolomé Rodríguez Gofio, de 26 años lagunero vecino de Santa Cruz y parigualero (empleado labores descarga buques); el pedrero aríquense Bartolomé Torres, de 24 años, caleteros grancanarios como Pablo de Jesús de 35 años; o el negro agúimense Francisco de la Cruz; El lagunero Felipe de Barrio de 40 años repartidor de leña y el mulato portuense de 40 años Juan Alonso de Estrada, oficio hombre de la mar. Todos ellos acusan a unos molineros de barrio El Cabo: los Lías y a Francisco el Niño, proclamando al carnicero Juan Melián como “ejecutor de la muerte”

Otro acusado del delito será el francés Antonio Blanco, marinero de 27 años. El mulato caletero grancanario Cristóbal Morales de 26 años también es acusado, junto al también grancanario Cristobal Siberio, de 28 años; así como al mulato majorero Miguel Antonio, de 20 años, y los grancanarios Juan José, mulato de 25 años; y José de Vera, carnicero tirajanero de 21 años; así como el cabuquero mulato majorero Juan Francisco, de 25 años. El grancanario Antonio Juárez, de 25 años, peón de pedreros del campo; y el marchante chasnero Mateo Riberol, de 50 años. El caletero orotavense Antonio Díaz, de 27 años; y los grancanarios Matías Estacio, de 30 años maestre de una lancha en la Caleta; y Lucas García, caletero de 25 años.

A todos ellos siempre se les trató como el “bajo populacho de vagabundos”, con perjuicios raciales frente a la “pureza de sangre de los ciudadanos honrados”.

Con inusitada rapidez el capitán General el 25 de junio les da 8 días para que descarguen entre ellos

de la muerte del Intendente y tumulto que causaron y a que asistieron pronto para ejemplo”

Ese mismo día se añaden las detenciones del arriero gúímarero Juan Gómez, alias el pulpo, y de Juan de Mesa, marinero candelariero de 25 años. Aclaran estos en su confesión curiosamente que “todos los que concurrieron allí eran pobres y que no había ningún caballero”

Se detiene asimismo al gomero Lucas Domínguez, de 30 años, jornalero sin capa; y al garachiquense de 20 años Francisco de Córdoba, de oficio peón; al foguetero Domingo de Mesa, cuidador de los camellos de María Camejo, o al lagunero Juan del Cristo, que trabaja en barca dedicada a los chicharros, y al gomero de 20 años Juan Francisco, que venía de Chasna y fue detenido en Geneto al salirse del camino para dormir en una era.

Muchos de estos testimonios, resulta evidente, son de personas de las clases populares que iban al llamativo y lugar de oportunidades puerto de Santa Cruz a “buscarse la vida”.

La defensa de todos estos “reos” es encomendada a Juan Agustín de Palenzuela, el cual manifiesta el día 26 que

se ha de exonerar a sus partes de la culpa principal a los unos y a los otros proceder piadosamente”

La prueba, a pesar de la calidad del homicidio, debe ser “suficiente y concluyente” y no simplemente por hallarse en el lugar. Entre ellos Mateo Riberol y Bartolomé de Torres arguyeron con testigos en su defensa no encontrarse allí.

Sin embargo, el general Mur deseaba ejecuciones rápidas y contundentes para así eximirse de responsabilidades, que sin duda tenía. El mismo día 26 se condena a pena de muerte a Juan Gómez el pulpo, Lucas García, Pablo de Jesús, Francisco de la Cruz, Juan Alonso de Estrada, Antonio Blanco, Cristóbal Morales, Cristóbal Siverio, Miguel Antonio, Juan José de Vera y Juan de Mesa; a quienes

después de haber muerto se les colgará de las murallas de dicho Castillo de San Cristóbal para que la vendeta quede satisfecha, y después cortadas las cabezas y puestas tres en la plaza de la caleta, tres en el castillo, tres en el camino que va a La Laguna a distancias proporcionadas, una en el barrio de San Telmo, otra en el de Los Valles y otra en el de Güímar”

No tuvieron siquiera derecho de apelación, el veredicto fue sentenciado con la colaboración del licenciado Juan Muñoz, abogado de los Reales Consejos y Teniente General de la Isla como auditor, del licenciado Domingo Romero de Contreras y del doctor Bartolomé Francisco Yañez y Torres, abogado de los Reales Consejos, como asesores.

La sentencia se puso en práctica el mismo día. Tras oír misa en el oratorio del castillo, el verdugo Juan García procedió a la ejecución de estas pobres gentes, unos culpables, otros muchos inocentes, necesitando para tal tropelía desde las 10 de la mañana hasta las tres de la tarde, con crueldad bien notoria y exhibición pública, acabando extenuado.

El verdugo no era diestro en dar garrotes. Además, se habían roto muchos cordeles por no haber instrumento a propósito ni oficial que lo supiera hacer con presteza y facilidad, “por lo que los cuatro primeros ajusticiados habían estado largo tiempo para morir”.

Por esta causa se solicita a Mur la edificación de una horca para su ajusticiamiento; y tras su construcción por maestros de carpintería en ella se ahorca a los restantes.

Para colmo de banalidades, el beneficiado de la parroquia de la Concepción santacrucera Juan González Cabrera solicita en nombre del clero al Capitán General la liberación del reo mulato Matías de los Reyes, que trabajaba como sepulturero en la iglesia y que se hallaba preso acusado de participar en el motín por contarles que permaneció en ella desde que salió la procesión del Santísimo y “por no haber persona que pueda ejercer el oficio de sepulturero”, necesario para dar la sepultura eclesiástica a los numerosos ajusticiados. La máxima autoridad militar cede a esta causa y lo libera.

El 30 de septiembre, Mur y las clases acomodadas respiran tranquilos, la Corona exonera de culpas a la máxima autoridad militar y al Cabildo de Tenerife, y, por ende, las clases aburguesadas hacen propia para ellas asimismo esta exoneración.

Para finalizar con esta rebelión, destacar como el propio capitán general Mur reconoce en noviembre (4 meses después de los sucesos), que algunos de los autores más significados del motín no habían sido hallados, algo que nos sorprende en un entorno insular, algo que da cuenta de que estas personas fueron ayudadas a esconderse o a salir de la Isla.

Otros, sin embargo, seguían en Santa Cruz sin temor, lo cual generaba incluso escándalo público. Se producen destierros a Lanzarote y Fuerteventura de algunos de ellos en diciembre, a pesar de que miles de sus habitantes hacen el camino contrario debido al hambre y la enfermedad en esas islas; mientras a otros se les condena a galeras. Sorprende saber que incluso un año después se siguen produciendo detenciones y condenas a galeras en la ciudad.

Juan Melián, autor material de la muerte, es encontrado en unas cuevas de Arico sobre estas fechas, mucho después de los hechos, y al mismo se le sustituye la pena capital por la de galeras.

***

El sentir de aquellas gentes revolucionarias de aquella época sin duda ha sido constante en la idiosincrasia del nativo tinerfeño y como hemos visto en este ensayo de varias islas, el alegato popular contra las vicisitudes y necesidades sufridas en la Isla se observan en las expresiones con las que nos deleitaba como universal creador de opiniones y pedagogo del pueblo canario don SECUNDINO DELGADO RODRÍGUEZ

Este ilustre tinerfeño, amante de su tierra como nadie, nacionalista de pro, tenía claro que había que acabar de una vez con las rencillas y discordias que gentes sin amor por Canarias fomentaban en las Islas para provecho de sus intereses personales y de dominio. Varias de estas sus frases así lo demuestran y atestiguan:

En vano buscará el español una mordaza para nuestras bocas y una losa para nuestros corazones”.

Todo por y para la libertad de los pueblos y de los hombres”.

Que importan los sacrificios si algún día llega a alumbrar nuestra Patria el Sol de la libertad”.

Desprecien con valor a prensa banal y asalariada que fomenta la discordia entre las Islas, nuestra Patria, con el fin de dividir al pueblo para que el lobo devore con paciencia y gusto su víctima”.

Es verdad que todo conspira contra nosotros, desde la influencia de la nación que guarda las llaves de nuestros grillos, hasta la obcecación de hermanos nuestros, ya envilecidos por la sumisión y las cadenas; más, cuanto mayores sean los obstáculos, más grande ha de ser la abnegación por dominarlos. ¿Qué importan los sacrificios si algún día llega a alumbrar en nuestra Patria el Sol de la Libertad?”

Lucho porque tengo fe del triunfo por la verdad y aunque despatriado esté, sueño en Patria y Libertad”.

Carlos Javier Carreño Cabrera




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