Un palo para Antonio

Corrían las últimas décadas del siglo XX y, por orden o sugerencia de Antonio Cubillo, un nutrido grupo de patriotas, nacionalistas, africanistas e independentistas empezábamos a preparar el primer Beñesmén que se celebraba en Canarias tras el regreso de Cubillo.

Aquella vez se escogió un lugar casi accesible de nuestra costa de Tenerife, entre las Caletillas y Candelaria, para que Antonio pudiera estar presente. Sin embargo, costó encontrar leña para mantener viva la hoguera y el acomodo para los demás era, más que insuficiente, inexistente. Pero todo el mundo había cerrado filas con el evento, al menos todos los allegados a Antonio o al Congreso Nacional de Canarias (CNC), de forma que recuerdo oír hablar de un cochino que cedía Juan Pedro Dávila, o como se volcaba aquella militancia ejemplar que representaban Eusebio, Roberto, Yausi y hasta yo mismo, Tomás y Zaida o yo mismo, cada uno a su manera. También se había puesto las pilas todo el entorno inmediato de Antonio: Guadarrama, Morera, Goyo, etc. Reservando un lugar para el coche que lo iba a trasladar, alguna sillita, focos…

Hasta aquel entonces, Carlos y yo habíamos practicado con una frecuencia casi diaria la mayoría del tiempo, pero en los últimos meses no habíamos tenido muchas oportunidades de jugar y, de hecho, hacía casi un año que no hacíamos una exhibición. Aquello no nos frenó cuando se planteó tener allí una exhibición de Juego del Palo; siempre nos gustó aceptar las invitaciones cuando venían por parte de iniciativas independentistas, evidentemente, por simpatía ideológica. Por otro lado, ambos nos educamos uno a otro en el hecho de que éramos unos privilegiados por tener acceso a aquel arte ancestral de nuestro Pueblo, por lo que −desde el principio− nos obligamos a compartirlo con él siempre que fuese posible, entendiéndolo como un patrimonio popular y no privado.

Punta Larga nos brindó una noche negra, cuya oscuridad parecía brotar más de la arena oscura que alfombraba aquel terreno pedregoso o de la contaminación lumínica que ocultaba ese famoso cielo estrellado del Archipiélago. Lo cierto es que, ni la iluminación nocturna de la zona, ni la añadida por la organización, eran suficientes para llevar a cabo una actuación en cómodas condiciones. El clima era muy cálido y la humedad del cercano mar se hacía notar, por lo que la mayoría de los varones presentes andábamos sin camisa.

Así que, entre la consciencia de la situación histórica, la novedad del Beñesmén y las ganas que pusimos los asistentes, el acontecimiento se desarrolló según lo previsto y hasta jugamos al palo.

Aquella exhibición fue un infierno: la poca luz, el suelo irregular sembrado de tormos, el nerviosismo escénico, el tiempo que hacía que no jugábamos, el calor sofocante, etc. fueron un cúmulo de elementos, suficientes, como para haberla suspendido. Además, Carlos era quien llevaba la voz cantante y siempre alargaba las exhibiciones 15 o 20 minutos, donde apenas había tiempo para coger resuello cuando nadie se alternaba con nosotros. Aun así, la gente nos sorprendió con aplausos y mostrándose sorprendida por la intensidad de nuestro juego y la autenticidad que daban los tropezones y dificultades reales añadidas. De forma que el Juego del Palo, también aquella vez, fue un aporte importante al evento.

La anécdota, por la que más recuerdo el día, sucedió cuando Antonio ya se retiraba y, encontrándose en la avenida que bordeaba la playa, junto a su coche, fue ofrendado con uno de los palos con que habíamos jugado, uno de aquellos banot que decíamos entonces y, el hombre, mostrando agradecimiento y curiosidad, preguntó: “¿Cómo se cuida esto para que no pierda este brillo?” a lo que Carlos respondió:

Buf, a esto hay que darle tuétano de cabra cada noche de luna llena y estregarlo bien con un trapito…

Yo me quedé mirando para Cubillo que no le quitaba ojo al palo que tenía en sus manos, hasta que miró a Carlos con una sonrisa en su boca y rompimos todos en carcajadas. “Que difícil me lo pones” exclamó Cubillo sin perder la sonrisa y, al mismo tiempo, marcando en mi memoria profunda uno de los buenos recuerdos que, por coherencia, uno se niega a borrar.

No sé si fue esa noche cuando Carlos conoció a Antonio, pero sí es seguro que esa noche Antonio empezó a conocer a Carlos el chispa.

 
 
 

Pedro M. González Cánovas

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