Una cartografía de la memoria ante el 1º de Mayo

Todos los años, el día 1º de Mayo, Intersindical Canaria rinde homenaje y tributa un recuerdo a Javier Fernández Quesada en el mismo sitio en que encontró la muerte. Se lleva a cabo temprano, antes de acudir a la manifestación del Día de los Trabajadores, se colocan flores ante su busto en el parque que lleva su nombre, se pronuncian sentidas palabras que recuerdan al hombre, al estudiante aplicado, al inocente convertido en víctima. Este año, debido al confinamiento, ese emotivo acto no podrá celebrarse por motivos obvios, pero siempre se pueden encontrar vías alternativas para recordar su figura y lamentar su pérdida.

Tengo a mi lado en estos días, el libro de Miguel Ángel Díaz Palarea “Javier Fernández Quesada, no olvidamos”, editado por el Centro de la Cultura Popular Canaria. Narra los acontecimientos ocurridos en 1977 que desembocaron en la muerte, por disparos de la Guardia Civil, del estudiante de biología Javier Fernández Quesada, en el hall de la Universidad de la Laguna. El libro de Miguel Ángel supone una lectura recomendable desde cualquier punto de vista, sobre todo porque cultiva nuestra memoria histórica y nos retrotrae a aquellos difíciles años que comienzan con la muerte del dictador y concluyen con la victoria socialista del 1982, lo que comúnmente denominamos “La Transición”, aunque las fechas de ese periodo sean flexibles y puedan dilatarse en función de quién y para qué las utilice.

En ese año se consagra definitivamente el modelo pluripartidista, con la legalización del Partido Comunista el 9 de abril de 1977, el “Sábado Santo rojo”, y se convocan las primeras  elecciones que conformarán las Cortes Constituyentes a fin de redactar la que sería la Constitución de 1978. Son efemérides históricas que han marcado nuestro devenir, sin duda.

Pero también es un año capital para el mundo del trabajo ya que se promulga, por Real Decreto Ley, la anulación de la legislación laboral franquista que consideraba el derecho a huelga como un delito de sedición. Posteriormente la Constitución del 1978 reconocerá el derecho a huelga como un derecho fundamental de los trabajadores que, en esencia, tienen dos mecanismos para mejorar sus condiciones laborales: la negociación colectiva y el propio derecho de huelga.

En 1977 aun estábamos en una época preconstitucional, salíamos de la noche de la dictadura y la gente tenía ansias de libertad, ganas de tomar las calles después de 40 años en que cualquier atisbo de protesta era duramente reprimida. Por ello, no es de extrañar, hubo un número altísimo de paros, huelgas y manifestaciones que, tengo para mí, aceleraron muchísimo el proceso hacia la democracia, pese a las resistencias de los aparatos del Estado heredados de la dictadura. Hay momentos históricos en que las luchas reivindicativas congregan un aumento cuantitativo sustancial que tiene una importancia vital ya que, aunque tengan carencias organizativas para alcanzar el cambio político, impiden al Poder aplicar sus planes. Se produce así un equilibrio cambiante, inestable, que solo redoblar los esfuerzos y aumentar las fuerzas propias consigue desequilibrar. Si, por el contrario, se renuncia o cunde la apatía en las reivindicaciones, se ayuda  a las fuerzas conservadoras y se les otorga un precioso tiempo para que puedan rearmarse y mantener el status quo. En los últimos años de la década de los 70 del siglo XX, una acumulación de luchas obreras determinó inevitablemente el cambio político, hasta 6 huelgas generales e incontables sectoriales hubo entre el 12 de noviembre de 1976 y el 29 de noviembre de 1979. La acción colectiva condujo al cambio.

El retorno de la democracia después del franquismo no fue una operación diseñada por una élite que incluía al Rey, como afirma la historia oficial, sino un logro coral que aunó las voluntades de la ciudadanía poseída de una energía y un atrevimiento a la altura de las circunstancias históricas que les tocó vivir y guiados por una palabra, libertad, cuyo significado hoy no tiene el peso de aquel ayer pero, desde otras perspectivas y bajo otro prisma, sigue siendo tan esquiva como deseable porque las cadenas no son solo físicas, también las hay mentales, ya lo cantaba nuestro admirado Luis Eduardo Aute:

la libertad, la libertad,

Derecho de la humanidad

Es más fácil encontrar

Rosas en el mar…”

En el libro de Díaz Palarea , el protagonista centrales un alter ego del propio Miguel Ángel, de hecho Milan, que así se llama, es una contracción de Miguel Ángel, un joven abogado laboralista que desde su sindicato, en el periodo más convulso de La Transición, tiene que lidiar con gobernadores civiles, policías del aparato tardofranquista, empresarios hostiles y ya nostálgicos de “la ley y el orden”, incluso compañeros de izquierdas que recuerdan la frase de Churchill “hay adversarios, enemigos y compañeros de partido”, in crescendo.

Miguel Ángel esboza su particular retrato de aquellos años de plomo y gloria, a partes iguales, no exento de humor y plagado de anécdotas, que desemboca en la tan lamentable como inútil muerte de Fernández Quesada. Fue un hombre de reconocible figura y agudo sentido del humor, abogado, sindicalista, escritor, pintor, de espíritu mundano, dejaba amigos allá por donde pasaba por su espíritu solidario, su nobleza y su naturaleza ajena al postureo y las mixtificaciones. Ayudó a parir un mundo más justo o menos desgraciado, luchando desde las afueras con una mano en las tablas de la ley del abogado y con la otra en la pluma o el pincel del artista.  Sin duda, lo echamos de menos.

El ejemplar que conservo está editado por el Centro de la Cultura Popular Canaria en el año 2007. Si cultura proviene de cultivo, sin la presencia de instituciones que sirvan de plataforma y altavoz de la cultura popular, estaríamos huérfanos de nuestra memoria colectiva, de prácticas sociales creativas, recreativas o sanadoras, como las que cultivaron nuestros antepasados que conforman todo un legado codificado en versos, canciones, décimas, refranes, cocina típica, trajes, rezos, etc.

La cultura académica ya está legitimada por el Estado y cuenta con la práctica totalidad de las instituciones oficiales para expandirse y monopolizar el relato de la que debemos sobreentender como CULTURA, con mayúsculas, ya que conforman el conjunto de ideas que se imponen, aunque no hay que olvidar que, como decía Marx, las ideas dominantes de una sociedad cualquiera, son las ideas de su clase dominante.

El Centro de la Cultura Popular Canaria siempre ha puesto su prestancia y diligencia al servicio de la cultura popular tradicional y aun de la no tradicional, aquella que se hace en los suburbios urbanos, en los ámbitos espaciales donde se concentran los vulnerables y los excluidos. Hay que recordar que también el Centro inició su andadura en el año 1977 por lo que más de 40 años de ininterrumpida actividad cultural lo contemplan. Desde el punto de vista editorial comenzó con la publicación de Fernando Garciarramos “Endechas del agüero verde y otros poemas del son” y , a día de hoy, su catálogo abarca más de un millar de títulos, al tiempo que rescata y actualiza un patrimonio musical amplísimo: 300 fonogramas con un millón y medio de unidades. La actividad del CCPC es realmente encomiable, por sus salas e instalaciones han pasado grandes intérpretes de la canción, escritores, filósofos, sindicalistas, políticos y todo aquel que tuviese algo que decir, algo que contar o proclamar, alguna injusticia que denunciar. Su contribución a la conservación del patrimonio cultural canario ha sido objeto de múltiples reconocimientos aunque, por merecimientos, no los suficientes. Por su trabajo y trayectoria sí tiene el galardón más preciado, más difícil de lograr y más importante prendido de su pecho: el reconocimiento de la gente de la calle y de su fidelísima audiencia, a la que informan, escuchan, acompañan y entretienen en el mejor y más amplio sentido de la palabra.

Miguel Ángel Díaz Palarea y el Centro de la Cultura Canaria, por sus muchas luchas y por lo que les debemos como sociedad, merecen un recuerdo este 1º de Mayo y un cálido lugar en nuestros corazones siempre.

                                             Gerardo Rodríguez

Miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC




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