Vivencias (I)

El comienzo

Al fin salgo de clases, es un frío día del otoño lagunero, el sol lucha por hacerse un hueco entre las grises nubes y una brisa fría azota sin piedad a los árboles que van perdiendo sus hojas y aquella parte de mi cuerpo que esta sin cubrir como las manos o mi cara.

Camino con rapidez para cubrir el espacio existente entre la facultad y la parada del tranvía de Gracia, mientras intento frotar mis manos para calentarlas un poco, llega el tranvía y lucho para hacerme un hueco ninguno de mis compañeros quiere quedarse fuera del mismo, lo consigo y en el corto trecho que hay hasta la parada de Anchieta mi mente divaga sobre lo que voy hacer durante el fin de semana.

Llego a mi parada y bajo con un río de gente pero al contrario que ellos me quedo parado, alzó la cabeza y veo al mismo hombre de todos los viernes, sentado en la parada, con su mochila a sus pies y una bolsa, observó que entre sus manos sostiene el mismo libro que estoy leyendo yo: La Sonrisa Etrusca. ¿Me asombra que una persona que vive en la calle está leyendo el mismo libro que yo? No se supone que son incultos por no decir casi analfabetos. Lo vuelvo a mirar pero esta vez de verdad, se que en otras ocasiones lo he visto pero he pasado a su lado sin fijarme bien; tiene unos 60 años, delgado, pelo grisáceo, barba espesa y unas manos grandes, está totalmente absorto en la lectura, como sin ella se encontrarse el mundo real y que aquello que lo rodea no es más que pura fantasía, pasa una página y sonríe.

Poco a poco me voy acercando sin darme cuenta estoy ya a su lado, para de leer y me mira  con recelo, no sé si es por temor a que le haga algo malo o por interrumpir su lectura. “Me estoy leyendo el mismo libro que usted”, le digo para romper el hielo. Ya no me mira con recelo, ahora es con curiosidad, me mira directamente a los ojos y me pregunta: ¿qué éstas aprendiendo de ese libro?, me quedo bloqueado y le digo que nada, eso es que lo estás leyendo mal, lo lees con la cabeza, con la razón y debes leer con el corazón.

Me siento a su lado, saco un bocadillo de carne mechada con queso blanco y le ofrezco la mitad, al principio duda pero al ver que comienzo a comer se anima y me imita, nos sumergimos en el libro como quien bucea en el océano, me va guiando, yo que creía ser el más aventajado quedo relegado a simple iniciado, él en cambió es ya un consumado profesional

Las horas pasan al son de la caída de las hojas de los árboles. Nos despedimos: “adiós, caballero”. “Adiós, Don”, le respondo, corro a la parada de guaguas, quizás la 108 no haya salido todavía.

Jesús Cristóbal Socas Trujillo 




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