El caso de Aicha Boussif: “la violencia institucional también es violencia”

Noviembre es un mes lleno de rabia, de la que nos empuja a luchar y de la que nos anima a señalar contradicciones. Estamos cerca de la fecha del 25N, día en el que salimos a la calle a gritar contra la Violencia de Género, fecha que no sólo se ha convertido en una marca imprescindible en la agenda feminista, sino que además es una jornada utilizada por políticos y políticas, instituciones varias y otras personalidades públicas para mostrar, aparentemente, su rechazo al maltrato, aprovechando la ocasión para sacarse unas cuantas fotos y dejar claro que se solidarizan con esta lucha. Irónico que sea así cuando tenemos constancia de la enorme diversidad de violencias que sucesivamente vivimos las personas que hemos sido socializadas como mujeres y que son fomentadas activa y pasivamente por las instituciones de las que salen a hacer gala estos personajes un día tan señalado como el 25N.

A todos y todas ustedes, tenemos algo que decirles: esta es la historia de Aicha Boussif, una madre inmigrante soltera que ha sufrido en su propia piel la dejación de las instituciones y la criminalización de su identidad. 

Aicha nació en Marruecos y lleva viviendo más de 20 años en el Estado español. A pesar de ello, aún no tiene la nacionalidad española. Ella, como muchas otras madres inmigrantes, ha sido invisibilizada por las montañas de trámites burocráticos que ha tenido que enfrentar para poder regularizar su situación y la de su hijo Jorge. Las instituciones del Estado se han estado pasando la pelota unas a otras: la Ley de Extranjería y otras normativas aparejadas al ejercicio de derechos de personas extranjeras impone la necesidad de tener capacidad económica para poder pagar las tasas administrativas y además, exige que se cumplan rigurosamente unos requisitos determinados.

Es incomprensible cómo Jorge, nacido en el Hospital de La Candelaria hace ocho años, se encuentra en un inaudito limbo legal, desoyendo sus necesidades especiales: Jorge tiene síndrome de Down. Para el momento en que nació, Aicha ya había conseguido separarse de su pareja sentimental, el padre biológico de Jorge, quien la maltrató sistemáticamente incluso durante su embarazo. Aicha encontró la fuerza para denunciarle, aún bajo la presión de su familia natal y la presión social que esta cultura heteropratriarcal ejerce sobre las mujeres, a las que quiere dependientes, sumisas y devotas. En un enorme acto de valentía, Aicha decidió asumir su maternidad sin contar con el apoyo de nadie.

Se buscó la vida dando tumbos de unos trabajos a otros: aunque le hubiese gustado poder hacerlo, Aicha nunca tuvo la opción de acceder a unos estudios que la cualificaran para acceder a un mercado laboral mercantilista que mide a las personas por los títulos que tiene. Su condición de mujer inmigrante sin estudios superiores la ha relegado a empleos precarios e inestables sin posibilidad de desarrollarse profesionalmente. Ella, como otras muchas mujeres en su situación, se ven relegadas a trabajar como limpiadoras o cuidadoras en el hogar y de personas dependientes, optando a un sueldo ínfimo que poco ayuda a enfrentar las necesidades de un hogar con unas necesidades especiales como las de su hijo Jorge, cuyo grado de dependencia la ha obligado a abandonar su último puesto de trabajo: no podía pagar los servicios de otra persona, que también era mujer, que atendiera a Jorge fuera del horario del colegio; le habría tenido que pagar una miseria para poder subsistir, contribuyendo al bucle de la precariedad y la eterna cadena de cuidados.

Así las cosas, el caso de Jorge expone una injusticia social de tal calibre que es difícil saber por dónde empezar: Jorge tiene un sólo apellido, el de su madre. Debido a ello, el Estado de Marruecos no lo reconoce como nacional ya que la ley del país requiere que el primer apellido de los y las hijas sea como el de su padre. Consecuencia de ello, siendo que Aicha tomó la decisión de ser madre soltera y aún después de haber sido víctima de violencia física, moral y económica por parte de su expareja, y partiendo de la falta de sensibilidad de las instituciones, después de varias solicitudes archivadas y denegadas, una inquietante mala praxis comunicativa entre instituciones y la demora en los plazos de contestación debidamente establecidos por la ley, el deficiente asesoramiento que ha recibido Aicha para regularizar la situación de su hijo  ha derivado en que Jorge tampoco ha sido reconocido por el estado español y a sus casi ocho años de edad tiene la condición de apátrida.

Aún con todo ello, Aicha sigue luchando con la misma fuerza con la que ha salido adelante y a día de hoy sigue reclamando sus derechos: ha puesto en conocimiento del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna el incumplimiento del contrato de arrendamiento que firmó el pasado año con el dueño de la casa que alquila, quien sigue sin responsabilizarse del corte de suministro de luz y agua de su propiedad, motivo por el que Aicha y Jorge están desprovistos de dos necesidades básicas con las que conviven diariamente.

Aicha ya ha salido en la tele contando su caso, ha hablado con el alcalde y se ha remitido una y otra vez a los servicios sociales del Ayuntamiento, que lejos de darle apoyo y acompañamiento, le han proporcionado un trato vejatorio al cuestionar el derecho que tiene Aicha a recibir ayudas de la institución por no llevar sino un año empadronada en el municipio. A esto tenemos que sumarle la falta de adaptación curricular que está viviendo Jorge en su colegio, y el chantaje que los servicios de menores están ejerciendo sobre Aicha, quien se desvive por el cuidado de su hijo y a quien intentan responsabilizar de todo este cúmulo de injusticias.

Aicha se sienta desamparada y discriminada por ser una mujer combativa, que no se calla y que no tiene pelos en la lengua: sabe lo que quiere, sabe quién es y hacia dónde quiere ir. Sabe que su origen y sus rasgos faciales son la fuente de la discriminación racial que se suma a su lista de las opresiones de ser mujer, madre soltera, precaria, explotada. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir consintiendo esto?

Aicha va a salir una vez más en la tele para denunciar su caso, para exponer nuestras consciencias a la autocrítica, para invitarnos a poner el objetivo en el enemigo: la alianza entre patriarcado y Estado nos asesina, nos maltrata y nos esclaviza. Apelamos a la solidaridad de las personas para hacerle llegar apoyo, que sepa que ella y su hijo Jorge no están solos, que sepa que sabemos y señalamos a quienes le están dando la espalda. Exigimos que se dé una respuesta inmediata a las necesidades de Aicha y su hijo Jorge.

Por ella, y por todas las demás madres inmigrantes: BASTA YA.

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