El Hombre de la Rosa

Héctor, con los cuarenta y seis años que llevaba en la cara, salió de su casa con un ramo de flores. Solo podía pensar en la vuelta a su verdadero hogar, que no era donde vivía con otras cuatro personas, sino océanos de sueños que se poblaban con vampiros sedientos de sangre…

Por cierto, es el primer día de trabajo de Héctor.

Eran las diez de la noche y sabía que habría alguna pareja enamorada donde el hombre tendría que seguir su “roll” de conquistador, casi como si cualquiera intentase ser un caballero sin saber qué es un caballero. Se cree que es sumisión absoluta a la Dama… ¡Mal! Esa idea es Renacentista, donde el hombre perfecto es poeta y soldado. Siendo esto así, ¿por qué se considera esto caballero? Pues porque los renacentistas usaban una figura tan medieval como Hollywood nos da de igual manera la imagen de los súper héroes. ¿Qué tiene que ver con esto nuestro protagonista? Que no es optimista con sus aparentes fines.

Uno hace lo que sea por sobrevivir, y Héctor lo hacía, hasta cierto punto. Vende rosas para dar alegría al mundo… ¿Ves? Eso se lo creerá su abuela, pero nadie más.

Salió y empezó, taciturno a vagar las oscuras calles buscando un bar abierto, cualquier hogar del alcohol, y encontraría así a sus clientes, donde llevaban a sus amantes a seducir y morrear todo lo físico que puede una persona ofrecer.

¿Crees que solo hablo de hombres? Las mujeres van voluntariamente a ser tratadas como tales y, si lo niegan y te dicen que solo les interesa estar mejor que el resto de mujeres y el sexo y flirteo es otra cosa, ¡también tienen razón! ¿Que qué tiene que ver? Con que hablamos de un hombre que se aprovecha de esto.

Sea un hombre o una mujer regalando la rosa, Héctor saca beneficio y, gracias a ese beneficio, logra la felicidad absoluta, pero aún no entiendes su motivación.

Héctor trabaja para ser feliz, una idea muy, por no decir americana, religiosa.

Tenía un ramo en sus manos y otras doce aferradas a su pecho, pues no era optimista con las ventas. A dos euros cada flor, si las vendía todas, le daría para subir al cielo y no morir de hambre, pues un bocadillo de lo que sea, sea de una basura o de una parrilla, es mejor que cualquier cosa que se antoje a una mente simple. Para Héctor, era más emocionante volver de vender fructíferamente las rosas que el intentar ser infiel a su mujer con una jovenzuela promiscua quinceañera; no es ilegal en España, pero nos toca a todos la moralidad de la situación.

Entró en un bar, anonadado como siempre, buscando parejas que podrían convertirse en potenciales clientes.

Preguntó a la primera mesa:

-¿Una rosa para tu chica?

No”, respondían con un gesto que combinaba la mirada perdida a cualquier otro sitio y unas manos que se balanceaban horizontalmente en sincronía con la cabeza…

Así repetía la escena una y otra vez durante una hora.

Héctor, como cualquier ser humano, acabó por rendirse en el amable gesto de preguntar y se limitó a ofrecerlas sin más, sabiendo que le responderían todos de la misma manera si no tenía suerte.

Pasaron semanas, y Héctor hacía lo mismo con su empresa, tratarla como algo a lo que todos dirían que “NO” a no ser que estuviesen borrachos. Ya no salía a las diez, esperaba hasta la una de la madrugada. Ahí la gente estaría lo suficientemente borracha como para enaltecerse y llegar a comprar unas gafas ridículamente grandes de un chino ambulante, pero esta vez lo hacía peor.

Recordad a un borracho desagradable que no para de hablar balbuceando. Éste no es un borracho, pero sí se comporta como tal. No se le entendía nada.

Estaba hasta el punto de ni reconocer a los que les intentaba vender las rosas. Fue a un bar cualquiera, le dijeron que no, y siguió su ronda faltándole una rosa para poder agrupar los veintiséis euros que le faltaban para ir al cielo y no morir de hambre. A la tercera vuelta por la zona, cuando los jóvenes se desplazaron a un ambiente distinto, Héctor ni siquiera podía recordar esas caras que veía a través de una nubareda de decadencia una y otra vez.

-Tío, ya te dije que no- respondió a la ofrenda de la rosa el rubio del grupo de cuatro que se había reído de él media hora antes.

Héctor, asintiendo con la mirada perdida, acercó a su pecho la rosa sin mirar a su cliente fallido y se movió hacia el siguiente grupo con una pareja heterosexual. Héctor no creía en las relaciones homosexuales, menos que fuesen tan bonitas como en “Disney”. Esta pareja cedió:

-¿Cuánto vale?- preguntó la chica.

-Dos-, respondió Héctor sin alzar la voz.

Junto con el alcohol, la música estaba tan alta que cualquier cifra sería la correcta.

La chica sacó tres euros de su cartera y se los dio.

Héctor, sorprendido, cogió las monedas y se fue sin siquiera dar las gracias, pues tenía que huir a su felicidad lo antes posible.

Gente riendo. Gente bebiendo. Gente muriendo…

Héctor era demasiado sensible para la diversión “social”.

Llegó al portal que le ofrecía su verdadero hogar.

Tocó el tercero C.

-Héctor-, dijo cuando oyó el descolgar del telefonillo.

El zumbido de la puerta sonó y Héctor empujó.

Nunca había cogido el ascensor asique subió por las escaleras hasta el tercer piso. Olía cada vez más a maría a medida que se acercaba a la puerta de la planta.

Tocó tres golpes a la puerta al tono “pum, pumpum”, y la mirilla aparentó albergar un ojo.

La puerta se abrió y Héctor le dio la mano al “gorila”.

Pasó y vio a dos amigos suyos tirados en el sofá con sus cinturones apretados sobre sus brazos y unas jeringuillas a centímetros de sus lados. Héctor siguió por el pasillo y a la primera a la derecha encontró a su mesías.

-Ya sabes que no te fío más-, dijo Jehová.

-Tengo los veinte.

Héctor le dio el dinero y recibió a cambio una cuchara, un mechero y una jeringuilla. Esto era lujurioso a tan bajo precio pues normalmente estos empresarios ni se preocupaban por sus clientes con baja expectativa de vida, pero este camello, Martín, pensaba a largo plazo y no quería que se le muriesen a la mínima los clientes.

Al fin Héctor podía volver al cielo. Se sentó junto a los dos amigos que tenía como ángeles, apretó el cinturón alrededor del brazo izquierdo, apuntó y, gracias a Dios, ahora está en el cielo.

 

 

 

Elvis Stepanenko

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