El virus del optimismo irresponsable

Quienes llevan a cabo comportamientos de dudosa efectividad a la hora de evitar contagios no son más que víctimas de un sistema mediático que distribuye meticulosamente la información de manera que valida esas conductas y al mismo tiempo los convierte en culpables”

Nunca pensé que un elemento tan positivo por definición se podría convertir en el talón de Aquiles de una sociedad, o al menos, eso es lo que pretenden que sea. El optimismo, la tendencia a ver el lado favorable de las cosas, la base de toda esperanza y resiliencia, resulta que nos puede llevar a una segunda oleada que muchos especialistas ya han advertido.

Proyectamos hacia el futuro nuestra conducta seleccionando las repercusiones que no tengan una vertiente negativa y esto no es ser optimista, es ser irresponsable.

Las personas tienden a subestimar la probabilidad de que un evento negativo nos afecte en primera persona o a nuestro entorno más cercano. Muchos han llamado a este efecto el sesgo optimista, es un concepto que trata de dar una respuesta simple al por qué las personas asumimos riesgos que puedan desembocar en acontecimientos negativos. Aunque lo han relacionado con el optimismo, tiene más que ver con la manera en la que tratamos de validar nuestra actuación presente que con el lado positivo de las cosas. Proyectamos hacia el futuro nuestra conducta seleccionando las repercusiones que no tengan una vertiente negativa y esto no es ser optimista, es ser irresponsable. Por ejemplo, ir en moto y no ponerte el casco ¿es optimista o irresponsable? Conducir ebrio ¿es optimista o irresponsable? Ir al supermercado sin mascarilla ¿es optimista o irresponsable?

Efectivamente, existe una delgada línea entre el optimismo y la irresponsabilidad. Tanto es así que, si jugamos un poco con los opuestos de estas palabras, los que llevan a rajatabla las indicaciones contra el contagio son denominados pesimistas, en lugar de responsables.

El optimismo es necesario, debe ser una condición presente en nuestras vidas, sin embargo, estamos sometidos a un bombardeo de información que nos invita a ser irresponsables, aún con la sensación subjetiva de una esperanza positiva. Por tanto, quienes llevan a cabo comportamientos de dudosa efectividad a la hora de evitar contagios no son más que víctimas de un sistema mediático que distribuye meticulosamente la información de manera que valida esas conductas y al mismo tiempo los convierte en culpables.

En cierta manera, se asemeja al tema del cambio climático y los problemas medioambientales (que por cierto están siendo subestimados nuevamente debido a la atenuación de la actividad humana) en los que existe más publicidad que actuaciones, por parte de corporativas, y más promesas que hechos, por parte de gobiernos. Todo con el pretexto de que la economía no pare, que a ti no te de la sensación que debas dejar de comprar artículos que han podido pasar por medio mundo a través de su cadena de producción o que te sientas mejor persona cuando cargas tu coche eléctrico enchufado a una corriente que es alimentada por combustible fósil.

… quienes promueven actuaciones no tan alegres y ausentes de aplausos, quienes asumen que nos encontramos ante una crisis que ha de resolverse con otra mentalidad, quienes tienen una actitud amenazante hacia el sistema, quienes son tildados de pesimistas, son los verdaderos optimistas.

En el fondo no quieren sacar adelante al pequeño y mediano empresario y sus empleados, lo que tratan es evitar a toda costa es que estos se den cuenta del circo y pretendan empoderarse dando carpetazo a lo establecido. Medidas que aparentemente traten de ayudar a sus negocios o establecer rentas mínimas de una sola cuota no son más que un efecto colateral. Aún así saben que el golpe de la crisis económica puede ser lo suficiente para seguir aumentando la brecha económica entre las personas, de manera que los pequeños inversores no tengan más remedio que renunciar a sus negocios y dar paso nuevamente a los grandes capitales.

Como disposición a aguardar lo mejor y no como actitud que retiene aquello que nos lleva al abismo, debemos reorientar el optimismo hacia el cambio y no hacia una visión restauradora de una normalidad basada en falsas apariencias y distancias de dos metros, una nueva normalidad al más puro estilo distópico. Encausar nuestros esfuerzos hacia una realidad productiva sostenible y local, en lugar de destructora y global, los territorios debemos liberarnos del yugo de la globalización, los mismos que nos hacen creer que, por ejemplo, en Canarias no somos nada sin el turismo. Probablemente a día de hoy nuestro complejo es tan grande que efectivamente somos incapaces de ver el verdadero potencial, que desde luego no consiste en seguir empobreciéndonos con salarios precarios, a pesar de la creciente preparación, para comprar artículos de reducido coste que provienen de países con mano de obra aún más barata y que sufren explotación. Un empoderamiento que también debe sustentarse en el apoyo y la empatía, coger de la mano a aquellos que parten de una situación desventajosa, víctimas crónicas de un sistema desalmado.

En definitiva, quienes promueven actuaciones no tan alegres y ausentes de aplausos, quienes asumen que nos encontramos ante una crisis que ha de resolverse con otra mentalidad, quienes tienen una actitud amenazante hacia el sistema, quienes son tildados de pesimistas, son los verdaderos optimistas. Perciben la auténtica esperanza, admiten que los mejores aprendizajes vienen de las peores crisis, entienden que no se debe restablecer la normalidad y es una obligación manifestarlo. No implica que todas las personas deban renunciar a su esfuerzo o que asuman un riesgo que pueda dejar a sus familias en la incertidumbre, en principio es suficiente con apoyar a transformar la sociedad en lugar de tachar sus conductas de ilusorias y quiméricas, tan sólo piden optimismo.

J. Pablo Monzón 




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