¿Héroe o mártir?

Una historia heroica es lo que siempre llama la atención. Una historia en la que un héroe, o varios, luchan y ganan, vencen cada obstáculo y quedan o bien destruidos en su interior pero siguen luchando o bien saben que son héroes y se enorgullecen de ello. Ésta no es una historia de un héroe común, es más bien la tragedia de un sacrificio que solo los vivos podrán elogiar durante unos días mientras que los familiares y amigos recordarán el hecho el resto de sus vidas, y los enemigos de ese héroe se avergonzarán de haberlo sido en cualquier momento. Ésta es la historia de un joven que hizo lo que todos los chicos imaginaron alguna vez: salvar a sus compañeros mientras estaba en clase de un ataque terrorista en medio de la clase, aunque, como he dicho, no es ese tipo de historia.

Paquistán, lugar en el que vivía Mujahid, un adolescente obeso de quince años que se quedó en la cama más de lo necesario. No quería ir al instituto porque solían reírse de él, pero, aun así, recobró fuerzas para levantarse de la cama porque su madre le regañaba.

Se levantó de la cama, se vistió y se dio cuenta de que llegaba tarde. El instituto era estricto y no aceptaba la tardía llegada, exigiendo que aquellos que no cumplían el horario debían quedarse por fuera de la entrada del instituto esperando a que se acabase la clase que se daba y, después de una riña y un parte, les dejarían entrar a la próxima clase.

Mujahid no era el único que llegó tarde. Él y otros dos compañeros se hallaban en esa entrada. Ninguno de los jóvenes habló inicialmente. Mujahid era un chico callado, aunque entre un entorno cómodo era gracioso y amigable. Nadie pensaba demasiado de él y tampoco esperaban mucho de su persona. Estaban ahí, de pie, junto a la puerta, los otros dos hablando mientras que Mujahid miraba cabizbajo un suelo cubierto por una fina capa de polvo y marcas de los pasos de dos mil alumnos que entraron antes que él, callado.

Pasada media hora, mientras los otros dos chicos reían con cotilleos y chistes malos, apareció un hombre que caminaba determinado hacia ellos, hacia la entrada.

-¿Puedo pasar?- dijo el hombre, y mientras preguntaba, uno de los chicos avistó un detonador en su mano. Fijándose más en el hombre, los tres vieron que llevaba mucho más en el torso que su túnica.

Los dos chicos entraron en la escuela, pero Mujahid se quedó ahí, firme.

-¡Entra!- dijo uno de ellos.

-No. Voy a pararle. Viene a matar a mis amigos- dijo con orgullo, a pesar de no tenerlos realmente. Los otros dos chicos corrieron para ponerse a cubierto

Se abalanzó contra el hombre e hizo detonar el chaleco, dañando el exterior y muriendo en el acto.

Las declaraciones eran heroicas. Un padre orgulloso de que su hijo fuese un mártir, de que, aunque su mujer lloraba, había evitado que cientos de madres lo hiciesen.

“Es un chico valiente y un buen estudiante”, decían todos a los medios. “Salvó la humanidad”, decían refiriéndose a la poca bondad que muchos carecían. Pero esa historia es falsa.

Mujahid era como cualquier otro chaval que sufría de soledad. Era un chico, como todos los chicos como él, que no aspiraba a ser superior sino a que se le respetara, a la comprensión de todos los que le rodeaban para que la bondad perdurase… pero no resultó así. Es la historia de un chico que fue feliz pocas veces y vio que era su oportunidad de poder ser uno al que se le tendría en cuenta con un acto que se recordaría en el cumplir el sueño de todo adolescente machacado por la sociedad, solo que él no tuvo en cuenta, en ningún momento, que jamás viviría para poder apreciarlo él mismo.

 

 

Elvis Stepanenko

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