Los pacíficos ciervos de Nara

Antes que Tokio y Kioto, Nara fue la capital de Japón durante 70 años en una época remota que dejó su sello en la ciudad porque lo breve puede ser tan intenso que marque de por vida una comunidad, como de hecho así fue. Cuando se recorren los viejos templos budistas y los santuarios sintoístas de Nara, tan apacibles y sosegados, se siente una misteriosa conexión con la naturaleza de donde parece que emergen de manera orgánica, como una extensión más de ella misma, tan integrados están en sus entornos naturales, “Deus sive natura” diría Spinoza. Los siervos moteados descienden de los bosques aledaños y campan por la ciudad, pastando cercas de los santos lugares y rumiando entre los curiosos que los rodean y les dan palmaditas en el lomo, innecesarias y nada recomendables para ambos animales.

La placidez de Nara, su vida cotidiana como bucólico sueño ininterrumpido durante siglos, se vio truncada cuando, el pasado 8 de julio, el ex -primer ministro Shinzo Abe murió a consecuencia de los disparos realizados con un arma de fabricación casera por Tetsuya Yamagami, antiguo militar y presunto asesino. El motivo del crimen no es estrictamente político, nada tiene que ver con el ideario de Abe, político conservador del Partido Liberal Democrático que ha monopolizado el gobierno y la vida política japonesa desde la retirada de las fuerzas de ocupación norteamericanas tras la 2ª Guerra Mundial. La causa del magnicidio fue el rencor que albergaba Yamagami después de que su familia quedara arruinada tras donar su madre 700.000 dólares a la Iglesia de la Unificación, ya que consideraba que Abe había favorecido de diversas maneras a esa sospechosa institución en sus años de gobierno.

Japón ha padecido una especie de protectorado norteamericano desde que dos bombas atómicas, cuyos aniversarios se cumplen en estos días, destruyeran las ciudades de Hiroshima y Nagasaki provocando alrededor de 240.000 muertos. Era el fin del Japón que tan orgullosamente se mantuvo independiente de toda potencia durante toda su historia. Una historia que, como Estado, comenzó en Nara y terminó con la derrota militar en 1945 y siete años de ocupación territorial, tras la cual se firmó el “Tratado de San Francisco” (1951) que ponía fin a la ocupación. La Constitución, “a la occidental”, elaborada por el propio Douglas MacArthur, comandante en jefe de las fuerzas de ocupación norteamericanas, que se mantiene vigente e intacta, sitúa al Emperador en el “Trono del Crisantemo” con un papel protocolario y decorativo e incluye cláusulas, como el artículo 9, por el que se prohíbe cualquier forma de ejército o se renuncia a declarar cualquier guerra. Empezaba así la época de Japón como aliado incondicional de Estados Unidos, con presencia militar en la base de Okinawa, una base militar polémica por el estatus que ha tenido y por las agresiones y los abusos de toda índole que los militares han perpetrado contra la población civil desde su inauguración.

Maniatados los feroces japoneses, aquellos que preferían morir antes que la deshonra de una capitulación, como la emblemática flor del cerezo que se desprende antes que marchitarse en el árbol, tampoco ellos querían morir de viejos sino en el esplendor de la épica de un campo de batalla. El país se encaminó a la paz acomodaticia de los vencidos, la resiliencia para levantarse de entre las ruinas y la competitividad industrial una vez puesto en pie, pero por el camino perdió buena parte de sus señas de identidad. Su cultura tradicional quedó recluida en las prácticas personales y familiares, aunque sus patrones se hayan recreado en la literatura, la pintura y el cine, con obras como “La balada del Narayama” de Imamura, “Los siete samuráis” de Kurosawa o “Cuentos de la luna pálida de agosto” de Mishoguchi, por citar algunas memorables. Lejos nos parece ya Yukio Mishima, el mejor escritor japonés del S.XX, que viendo los derroteros que tomaba su país, de poderosa economía y avanzada industria electrónica pero un enano político que perdía su independencia y su identidad nacional a raudales, decidió quitarse la vida mediante el seppuku, el suicidio ritual japonés en 1970, en un alarde tan extremo como inútil de querer regresar a las esencias.

Lo sorprendente en el caso del asesinato que espantó a los pacíficos ciervos de Nara, es que un país con unas religiones tradicionales consolidadas, que son básicamente formas de sabiduría, como el sintoísmo y el budismo, al parecer tenga un importante número de ministros actuales, políticos activos y otros retirados pero con poder como el propio Abe, que comulgan de alguna manera con la Iglesia de la Unificación que creó el reverendo surcoreano Moon después de que se le apareciera Jesús a los 16 años, como a Clemente se le apareció la Virgen en el Palmar de Troya. Un reverendo que fue acusado de apropiación indebida, tráfico de armas o evasión fiscal. Al parecer la Iglesia de la Unificación es una máquina de hacer dinero, un emporio transnacional, que al final termina financiando campañas electorales, posee y patrocina medios de comunicación, otorgan créditos a empresarios, etc., siempre entre negocios turbios y bajo el relato omnipresente de la lucha contra el comunismo. Desde luego paz espiritual no puede ofrecer una secta conocida por celebrar multitudinarias bodas con coreografías corales y horteras donde el sentimiento ha sido transformado en espectáculo.

En general, la praxis de las Iglesias deja mucho que desear, desde el Vaticano a Salt Lake City pasando por Seúl. El fin de todas ellas no es la salvación de las almas sino más bien la consecución del plano de la isla del tesoro y su puesta a buen recaudo.

El repudiable y rechazable asesinato de Shinzo Abe, debe ser juzgado, pero también debe arrojar luz sobre los vínculos de la clase política con el entramado religioso en Japón y el peaje que deben pagar por su supuesta ayuda. Aquí también tenemos mucho que ventilar, con casos aun por esclarecer de conspicuos miembros de Opus Dei como Jorge Fernández Díaz, Federico Trillo, Isabel Tocino o Ángel Acebes como Legionario de Cristo, que en el ejercicio de su acción política son sospechosos de favorecer determinados intereses. De Franco, Carrero Blanco, Videla o Pinochet que comulgaban a diario o entraban bajo palio en las catedrales hablaremos otro día.

De lo que no cabe la menor duda es que la política y la religión siguen fuertemente vinculadas, pese a que los Estados se declaren aconfesionales como el español, que tiene dentro de su sistema educativo la religión que sirve de adoctrinamiento, inculcando dogmas que no tiene sustento científico o racional pero que se observan como verdades absolutas.

A pesar de todo, existe un sustrato cultural japonés que lo hace ser un pueblo verdaderamente maravilloso, educado y conmovedor: su apego a la naturaleza, su hospitalidad, el sincretismo y la tolerancia como modo de estar; es la parte visible de un entramado de patrones culturales que conforman la educación, la filosofía, la ética y las tradiciones y que analizó Ruth Benedict en “El crisantemo y la espada”(1946), un estudio extraordinario de antropología cultural que el gobierno de Estados Unidos le encargó a la gran investigadora para conocer mejor a su entonces enemigo, y que ya es un clásico. Un japonés le hizo el siguiente comentario:

“Cuando hacemos las cosas que ustedes consideran sacrificios, es porque damos o es bueno dar. No nos autocompadecemos. Aunque tengamos que renunciar a mucho por los demás, no pensamos que dar nos eleve espiritualmente, ni que debamos ser recompensados por ello”.

                                   

                                      Gerardo Rodríguez

miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC

 

 

 

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