Otra inútil denuncia más

Mi nombre es… qué más dará mi nombre. Era periodista, corresponsal de guerra y de cualquier otra tragedia que afectase a la humanidad. Viajaba por el mundo haciéndome con fotos y testimonios de cualquier pobre desgraciado. Cuanto más impactante mejor. Una niña de trece años, tratando de reanimar a su madre muerta, mientras gritaba auxilio a los cascos azules de la O.T.A.N. del cuerpo de “pacificación” en Kosovo, sin que estos se movieran. Un pobre diablo que en Irak, después de la entrevista, gritando que Alá es grande, se metió en la boca el cañón de su fusil de asalto y se reventó la cabeza cubriendo de sesos mi ropa y manchando así mi cámara, jodiéndome la lente durante todo ese día. O aquel emigrante subsahariano que, en un viaje que hice a Marruecos, decidió colgarse de la valla, sin duda, motivado por una inútil denuncia.

Siento que he sido una sanguijuela que se ha alimentado de las tragedias ajenas, que las putas que me he follado en los mejores hoteles de París me las han pagado con su sangre y su dolor todos aquellos que me confiaron sus historias. Les debo algo. Por eso he cambiado la cámara por las armas.

Ahora me encuentro en la frontera que delimita El Líbano con Siria con un grupo de soldados, unos mercenarios y otros, como yo, concienciados. Nos hemos enterado que tienen retenidas a unas cien niñas en un poblado cercano. A la madrugada atacaremos. No sé bien cómo terminará esto, si lograremos salvar a esas niñas o moriremos en el intento pero, al menos, ahora, siento que estoy haciendo algo más que llenar mi cartera.

 

Zeben de la Guardia

 

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