Seguro

En aquellos tiempos, en el muelle santacrucero eran más los demandantes de empleo que la oferta de trabajo. Aunque bien pagada, era una labor muy dura y las condiciones verdaderamente malas. Además, todos eran conscientes de que cada vez exigía más especialización del personal. Poco después llegaría la mecanización de las actividades de carga, estiba, descarga y desestiba y con ello la disminución de la demanda de trabajadores a pesar del aumento del movimiento de mercancías. Pero ahora nos quedamos a principios de los años 70, cuando el grupo de estibadores tinerfeños estaba formado por la segunda o tercera generación de quienes vinieron del ámbito rural buscando un salario digno por el que trabajaban a brazo partido. Cuando eso, todo Santa Cruz vivía mirando al mar y los chiquillos, hasta de los barrios más periféricos, pasaban horas tirándose de cabeza desde cualquier piedra o muellito con una jarana en cada grupito.

Por aquel entonces, los cambuyoneros que quedaban estaban muy insertados en la sociedad chicharrera y a poco que te acercaras y los tratabas aprendías de quienes estaban un paso por delante en cuanto a culturas extranjeras. Recuerdo que allí oí por primera vez que las mantas esperanceras estaban hechas con lana inglesa, “porque era mejor” y tal. Alguien dijo que también se podían hacer aquí “con lana virgen” y cuando le preguntaron de dónde se sacaba esa lana; la respuesta fue un largo silencio, hasta que un cambuyonero respondió: “La lana virgen es la de las ovejas más feas”, y el silencio se lleno de nerviosas risas sanas.

Por el puerto entraba la gran mayoría de la mercancía: las novedades electrónicas, el tabaco, materiales de construcción, etc. Nadie tenía el trabajo asegurado, pero el muelle era jugoso y de él vivían antiguos cambuyoneros, los propios estibadores y su entorno: Los seguros cubrían la mercancía y pagaban todo lo que se rompía o faltaba.

Isidro, como muchos jóvenes chicharreros, tenía amigos portuarios. Pero él, además, viajaba mucho en barco con los grupos a los que servía de guía de turismo. Así que conocía gente en cada destino y era muy bien aceptado en todos lados, gracias a aquella habilidad social que desarrolló de tanto trato con diferentes gentes.

Aunque los guías de turismo siempre caminan mucho en sus largas jornadas de trabajo, antes era aun más. Por eso era tan importante un calzado cómodo. E Isidro lo sabía y nunca cesaba en la búsqueda de un par de zapatos de trabajo que aguantaran sus pies más de doce horas. Los últimos los compró en Santa Cruz, pero en un viaje a la Gomera vio un mocasín marrón lustrado en el escaparate de una zapatería que le llamó la atención.

Como su trabajo le permitía gozar de un disponible, no dudó en entrar para comprarlos. El tendero, que parecía el dueño, le ofreció probárselo y aquello confirmó que no se equivocaba en cuanto a la calidad del zapato. Así que el guía volvió a insistir sobre su interés, mientras el zapatero parecía darle largas. Al final, el guía turístico sacó el dinero y ya lo mantenía en la mano cuando el gomero le dijo que si los quería tendría que esperar al día siguiente por la tarde. Isidro -desconcertado- le dijo que no podía ser, que se iba con el grupo al que acompañaba en el barco de la mañana y, por un momento, la situación se tensó y parecían no entenderse. Al final, el comerciante le explicó que el sistema que llevaban no le permitía tener el par completo en el taller. La otra mitad del par estaba en Taco, en el almacén de la tienda de su socio en Tenerife, porque “así no se le desaparecían los zapatos en el muelle”. Isidro tardó un poco en reaccionar y asimilarlo, hasta que tuvo que sonreírse admirando la socarronería del empresario. Entonces, contó el dinero e insistió en dejarle pago el par de mocasines que recogería la semana siguiente. Así lo hizo, y acabó entablando una cercana relación con el gomero que, tras destaparle un secreto empresarial serio y la preocupación por las mercancías en los puertos, lo admitía como si fuera un habitante más de La Villa.

Sin embargo, Isidro se guardaba para sí que él, a pesar de su juventud, sabía que “que la lana virgen es la que dan las ovejas más feas”; que “los buzos se tiran siempre pa´trás, porque si lo hacen pa´lante se dan de boca”; o que el tabaco americano que fumaba se conseguía más barato en La Marquesina, porque una parte la pagaba el seguro.

Pedro M. González Cánovas




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