Carta de Secundino Delgado a un canario

En el número 3 de El Guanche, 24 de diciembre de 1897, se publica la carta abierta que Secundino Delgado dirige a Manuel Martín Marrero (uno de los principales voceros de la comunidad canaria en Venezuela). En su “Carta abierta a mi compañero Manuel Marrero”, Delgado anima a su compatriota a unirse a la lucha por la “libertad” de Canarias.

Pese a que han pasado 118 años, este llamado conserva la misma frescura. Sin duda alguna, podemos afirmar que Secundino Delgado, desde la distancia, (nos) sigue interpelando:

 

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¿Cómo es que han conseguido los pueblos su mejoramiento, su progreso y su libertad relativa? ¿Acaso con la sumisión y la fidelidad, encogiéndose de hombros y aguantando todas las cargas que sus amos quieran echarles encima? No. Desgraciado el pueblo que tal haga. Sólo por la rebelión, por la audacia y la valentía llegan los pueblos a su mejoramiento y su libertad. Es la Historia que nos enseña el ayer y nos señala el mañana”.

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Querido compatriota:

            ¡Salud!

Desde hace algún tiempo, o mejor dicho, desde que me di cuenta que los trabajadores, los proletarios, rompiendo añejas costumbres se estrechan las manos por sobre las fronteras, y la solidaridad va siendo una verdad que se arraiga en sus sentimientos; al ver al ruso llamar hermano al alemán o al francés, y al polaco partir su pan con el norteamericano o portugués, cuando lo necesitan en la defensa contra el capital, etc.; cuando dormí en sus boardillas y me convencí de su escasez, sus fatigas y sus innumerables dolores; el papel tan injusto que le reservaba la sociedad, a ellos que son el sostén y la vida de las colectividades.

Desde entonces, hice mías sus lágrimas para llorar con ellos; desde entonces los llamo mis hermanos y aúno mis pocas fuerzas y mi escasa inteligencia a las suyas para reclamar sus derechos y su justicia.

No te extrañe, pues, ni te ofenda, que sin conocerte me haya tomado la libertad de abrir esta carta con tu nombre, ni que emplee el tratamiento que hago; esta franqueza debes perdonarla, que sólo es inspirada por la creencia que el proletariado es una sola familia, por lo que te llamo mi hermano; tú como yo, y como todos éstos, libramos nuestro pan y las más perentorias necesidades con el sudor de la frente.

Sé que eres el obrero que con tus propios esfuerzos, quemándote las pestañas en las horas que la fatiga te imponía el descanso, te sobreponías a éste con el noble fin de instruirte, de conocer tus derechos, de juzgar con propio criterio, de defender y guiar a nuestros hermanos de clase. Hoy eres un obrero aprovechado, esto es notorio en la colonia, y por lo tanto capaz de cumplir con lo que yo creo sagrado deber.

¿Por qué, pues, no vienes a nosotros o nosotros iremos a ti con el noble fin de mejorar a nuestros hermanos?

Notarás que hablo de la familia proletaria y sin embargo digo en El Guanche que nuestro lema es “solo por las Canarias y para los canarios”. Esto tiene su explicación.

En primer lugar: estamos en una nación cuyas leyes no consienten que el extranjero tome parte en la política del país ni haga propaganda que desvíe las masas de las leyes establecidas y aceptadas en su constitución.

Y en segundo lugar: estuve no hace mucho tiempo en nuestra Patria y, ¡ay!, se me oprimió el corazón al contemplar aquel pueblo.

El anciano ya decrépito, agobiado de contribuciones; el joven labrador obligado a una guerra forzosa o impelido a huir de su tierruca querida; las madres, llorando unas, otras, enlutadas, con la mirada vaga, pensando en el desastre de hogar y en la pérdida de su hijo, su esperanza.

El pueblo, sin ideales, flotando torpemente, y dejando hacer girones de sus carnes a aquellos verdugos exóticos.

Los lupanares, tabernas y antros de corrupción abiertos a los cuatro vientos, con beneplácito de los interesados en envilecernos; la prensa, vendida, dividiendo al pueblo con la política local de Maquiavelo, haciendo que se odien los hermanos de una isla y otra; restringida la instrucción; vedadas las grandes ideas; la palabra libertad, si alguna vez se pronuncia, es mistificada; al pueblo nunca se le deja comprender su sentido lato; el instinto de rebelión, promotor del progreso y libertad, casi le han extinguido en aquellas infortunadas islas.

¡Ay! Con vergüenza digo estas cosas en tierra extraña, pero es necesario decirlas aunque me salpiquen a mí mismo.

Bien sabe mi conciencia el trabajo que me cuesta esta confesión, pero ella me obliga a hablar aun cuando me excomulguen los sicarios y algún hermano desee darme la cicuta.

Yo leo con dolor y rabia el sarcasmo agudo de los directores de la España y amos de mi Patria, cuando hablan de la fidelidad de las Afortunadas.

¡Fidelidad maldita que nos lleva al abismo, a la degeneración!

¿Cómo es que han conseguido los pueblos su mejoramiento, su progreso y su libertad relativa? ¿Acaso con la sumisión y la fidelidad, encogiéndose de hombros y aguantando todas las cargas que sus amos quieran echarles encima? No. Desgraciado el pueblo que tal haga. Sólo por la rebelión, por la audacia y la valentía llegan los pueblos a su mejoramiento y su libertad. Es la Historia que nos enseña el ayer y nos señala el mañana.

Creo, compañero Marrero, que si hay hermanos nuestros que me excomulguen por expresarme así, no serás tú. Yo abrigo la esperanza que me entiendes y aunque me creas equivocado salvarás el amor que siento hacia mi Patria y sus isleños y el agudo dolor que me producen sus cadenas y sus desgracias.

Si estamos de acuerdo, lucharemos juntos; si no, mis respetos y mi amistad.

Tu compañero,

                       SECUNDINO.

 

 

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