Cuestión de mínimos

Ya pasaron las elecciones, y como era de esperar, por mucho que nos duela, volvió a ganar el bipartidismo del PP y del PSOE. En las filas del progresismo español, representado por Unidos Podemos, cunde el pesimismo más derrotista, a pesar de que el PP sigue estando lejos de la mayoría “absolutísima” que lograron en 2011, y de que el PSOE sigue cayendo en picado. Los reproches al abstencionismo no se han hecho esperar, llegando al punto surrealista de culpar a la gran mayoría de la población con derecho a voto de la victoria del PP, y no a ellos mismos por no crecer electoralmente, o al propio electorado del PP. Muy pocos, dentro de ese invento transversal que es UP, han hecho ejercicio de autocrítica  respecto al obvio estancamiento de la formación morada.

Miren, yo soy independentista. Estoy absolutamente convencido de que sin un proceso de descolonización e independencia, Canarias seguirá estancada como la región más pobre del Estado español, y por tanto, mi voto y mi actividad política siempre irán en esa dirección, en la consecución de ese objetivo. No creo en la utilidad de la abstención, por muy activa que esta sea, pero tampoco creo en el voto útil, ni en votar lo que sea con tal de que no salga el PP. En esta cita electoral, el partido en el que he depositado mi confianza –Alternativa Nacionalista Canaria– no se presentaba, y por tanto, no he ido a votar. Sin embargo, podría decidir votar por otros partidos si considero que pueden mejorar las cosas, en el actual estado de emergencia social, incluso aunque no conlleven ningún tipo de mejora en la lucha independentista de Canarias. No le voy a pedir a un partido estatal que nos solucione la papeleta de la independencia, pues eso debe ser una tarea del pueblo canario, y de nadie más. El problema es que no existe, repito, no existe, ninguna alternativa real de transformación en el sistema de partidos español.

Unidos Podemos lo apostó todo a la centralidad del tablero, a la transversalidad, y a la búsqueda del voto “moderado”. Para ello rebajaron el discurso, renegaron de las categorías de izquierda y derecha, y se sumaron al carro de la guerra mediática contra Venezuela  y al anticomunismo más ramplón. Introdujeron en sus listas canarias a una juez como Victoria Rosell, tristemente famosa por enjuiciar a compañeras sindicalistas y estudiantes. Introdujeron a un ex-general de la OTAN en sus listas por Almería, y no con un discurso anti-OTAN precisamente. Trataron de vetar las banderas republicanas y comunistas, y las cambiaron por la bandera monárquica española. Incluso recuerdo las “vivas” a la guardia civil de Pablo Iglesias en Andalucía. En aras de la coalición, IU olvidó aquellas palabras de Podemos respecto a los “pitufos gruñones de la izquierda”, y lo de “ahogarse en su salsa de estrellas rojas”. Oiga, yo con eso no puedo tragar. Cuando comento estas cosas con simpatizantes, militantes e incluso cargos de Unidos Podemos, me aseguran que son “mentirijillas”, que están camuflando su “izquierdismo”, porque si no, nunca van a ganar las elecciones. Pues sorpresa, no parece que las vayan a ganar, ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo. Tampoco le encuentro sentido a buscar un determinado voto al cual pretendes engañar, ¿primero ganan las elecciones y después les dicen que en verdad son de izquierdas, o como va eso? Miren, yo no estudié Ciencias Políticas, ni tengo tantas matrículas de honor como el señor Pablo Iglesias Turrión, pero creo que esa estrategia política no lleva a ninguna parte. Para mí -repito, no estudié Ciencias Políticas- el primer y mayor error está en buscar el voto de los desencantados del bipartidismo. Esos ex-votantes, del PSOE básicamente, lo que piden es un nuevo PSOE. Un partido de tintes socialdemócratas (y casi ni eso) anticomunista férreo, y nacionalista español, muy nacionalista español. Según ellos, si buscan más a la izquierda, se quedan en lo marginal. Quitando la enorme contradicción de afirmar eso y al mismo tiempo culpar a esos “sectarios de extrema izquierda” de la victoria del PP por no prestarles un voto (que de repente ya no es marginal, sino que representa a millones) podríamos preguntarnos el alcance real, y sobre todo la efectividad de dicha estrategia. Si se pretende ganar con los votos de gente “moderada”, ¿son posibles los cambios?, ¿tienen margen de maniobra para llevar a cabo políticas que van a asustar a su electorado?, ¿o se trata de convertirse en un nuevo PSOE sin corbata, es decir, en un cambio estrictamente estético?

Hay más de 10 millones de personas con derecho a voto que decidieron no ejercer ese derecho el domingo. Seguro que los politólogos de matrículas de honor saben que es prácticamente imposible que esos 10 millones de personas simplemente “pasan de todo”. Focalizan en la juventud: “son apolíticos”; “no tienen ni idea”; “están resacados o en la playa”; etc. Pero, que yo recuerde, la juventud no ha sido tema de debate electoral. Temas como la política universitaria, el Plan Bolonia, las tasas, las becas, apenas han sido nombradas en la campaña. La juventud no vota, y por tanto, no hay que dedicarles demasiados esfuerzos. Incluso aunque fuera cierto que la gran mayoría de esos 10 millones “pasan de todo”, ¿por qué no sacarlos de la indiferencia? Debe ser que no les preocupa, porque la estrategia es a corto plazo: aprovechar el desgaste de los grandes partidos para quitarles electorado. El problema es que en el Estado español, el franquismo sociológico sigue en plena forma. Ese electorado que intenta captar UP es profundamente nacionalista español, y jamás van a votar a alguien que deje abierta la posibilidad de un referéndum en Catalunya, o que discutan la legalidad de la persecución judicial a Otegi. Ese electorado que intenta captar UP es profundamente clasista, y jamás va a votar a un señor con coleta o a un tipo con rastas. Ese electorado que intenta captar UP es profundamente anticomunista, y jamás va a votar a un partido que tenga una mínima relación con los postulados marxistas. En definitiva, aunque UP mañana se ponga a cantar el cara al sol con el brazo extendido, no va a convencer a esa gente. Por desgracia o por suerte, las personas y colectivos no solo son lo que dicen ser, sino lo que los demás creen que eres.

En este sentido, y para concluir, creo que es muy oportuna una cita de Thomas Sankara, revolucionario que murió a manos del neocolonialismo, y que también tenía muchos reparos en declararse comunista o marxista. Creo que Unidos Podemos podría aprender mucho de esta figura.

comillas1No nos interesa si el comunismo es bueno o malo. Solo nos interesa explicaros las acciones concretas que tenemos intención de abordar con y para vosotros, sin que nos importe la etiqueta que nos pongan.”

Alberto Lacave Hernández

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