El turismo, punta de lanza (III)

Las dos últimas grandes expediciones científicas del siglo son también francesas, organizadas por la Academia de Ciencias de París. Ambas organizadas bajo la batuta del matemático e inventor de instrumentos y métodos científicos Jean-Charles Borda que, a los 20 años de edad, había ya sido admitido en la Academia de Ciencias parisina y publicado un tratado de geometría. La primera expedición se realizó a bordo de la fragata “La Flore”, al mando del Lugarteniente de los Barcos del Rey M. Jean-René Verdun de la Crenne, con Borda como Comisario de la Academia de Ciencias, los astrónomos Alexandre Guy Pingré, cura agustino y geógrafo; el “cazador de cometas” Charles Messier y llevando como dibujante a M. Ozanne. El objetivo de esa expedición, que arribó a Tenerife el día de Nochebuena de 1771, era comprobar los cronómetros marinos y la mejor forma de medir el tiempo en el mar, además de fijar con más exactitud las longitudes y latitudes de las costas de todo el curso del viaje (Brest-Cadiz-Tenerife-Gran Canaria- Cabo Verde- Senegal- Antillas- Terranova- Islandia-Dinamarca-Brest).

La expedición permaneció doce días en Tenerife en los que aprovechó para subir al Teide y realizar una medida de su altura que rebajaba considerablemente la dada por Feuillé. La medida exacta de la altura del Teide para Borda era importante para poder aprovechar las observaciones de la altura aparente que se realizaban desde otros puntos de Tenerife, o desde otras islas como Gomera y Gran Canaria, y así fijar con exactitud las longitudes y latitudes de esas islas. Por ello una nueva expedición francesa regresa a Tenerife en 1776, comandada de nuevo por Borda a bordo de “La Boussole”, acompañada de “L’Espliégle”, en misión de escolta, y numerosos científicos ayudantes. Curiosamente coincide Borda con el famoso capitán inglés James Cook en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, cuando la tercera expedición de Cook, comandando la “HMS Resolution”, junto a Charles Clerke al mando de la “HMS Discovery”, permanecieron 6 días fondeadas en la isla para aprovisionarse. Cook y Borda aprovecharon para intercambiar estudios y mediciones en la tienda de campaña que, como laboratorio, tenía montada Borda en el puerto chicharrero, contrastando sobre todo las mediciones de los relojes navales de ambos. 

El turismo, punta de lanza (II)

Los franceses fueron recibidos por el cónsul de su país en Canarias, Pedro Le Compte, que, conocedor de la influencia y capacidad económica y política de los irlandeses en Canarias, sobre todo en La Palma y Tenerife, (Cólogan; Valois; Madan; O’Daly; Cullen; O’Shanahan; Kábana; Power; Kelly; Murphy; O’Donnel; Molowny; White…) lo encomendó a  Patricio Murphy y Kelly –el padre de José Murphy, considerado algo así como el “padre de Santa Cruz” por conseguir para esa ciudad la capitalidad de Canarias- quien, a su vez, escribió recomendando a Borda y a unas 15 personas más entre científicos y oficiales navales, a Tomás Cólogan Valois que, con su hermano Bernardo llevaban la firma comercial fundada en 1737 por su padre “Cía Juan Cólogan e Hixos”, tal vez la más importante en ese entonces del Puerto de La Cruz de la Orotava.  

Borda tomó la Casa Cólogan como punto base para las dos triangulaciones, tomando para cada una de ellas otro punto intermedio, uno en la Montañeta, donde está hoy el Hotel Taoro, y la otra en el Jardín de Franchy en La Orotava, además de otro punto necesario donde está hoy el Jardín Botánico, midiendo luego la altura del punto de la casa Cólogan con el nivel del mar para sumarla a la ya calculada desde esta al Pico. Esta nueva medición, con sus 3.712,8 metros, solo 3 m. menos de la más actual, puede considerarse como la primera exacta de las realizadas sobre nuestro volcán. 

Unos años más tarde, bajo el patrocinio de Luis XVI, la Academia de Ciencias de París organiza el más ambicioso viaje francés de circunvalación terrestre. Las fragatas “La Boussole”, al mando de Jean-François de Galaup, Conde de La Pérouse, que daría nombre a la expedición, y “L’Astrolabe”, comandada por Paul Antoine Marie Fleuriot de Langle, con un total de 220 hombres, entre ellos geólogos, botánicos, químicos, matemáticos, astrónomos…fondean en la rada de Santa Cruz el 19 de agosto de 1785. Durante diez días, instalaron un observatorio y un laboratorio en tierra para sus observaciones. Un grupo de marinos y naturalistas como Barthélémy de Lesseps; el ingeniero jefe de la expedición Paul Monneron; el botánico Jean Nicolas Collignos y el médico Simon Lavo, subieron al pico del Teide, tomando muestras minerales y botánicas, describiendo el cráter y las fumarolas, y realizando diversos experimentos. El botánico Boissier de la Martinière observa la distribución y las diferencias de las plantas respecto a la altura, inicio de la fitogeografía.

La expedición de La Pérouse tuvo un trágico final perdiéndose todo rastro suyo en el Pacífico. Para aclarar el misterio, Luis XVI, un par de años antes de perder –literalmente- la cabeza en la parisina Place de la Concorde, y por acuerdo de la Asamblea Constituyente Francesa, envía una nueva expedición con un doble propósito: seguir la ruta de La Pérouse y encontrar evidencias de su final, al tiempo que llevaban a cabo diversas investigaciones científicas y dibujaban cartografías más precisas. La expedición se realizó con dos fragatas, “La Recherche”, que comandaba la expedición, bajo las órdenes del Vicealmirante Antoine Bruny d’Entrecasteaux, y “L’Esperance”, con Jean-Michel Huon de Kermadec de capitán. Como las anteriores, llevaban numerosos científicos, como el ingeniero hidrógrafo Charles- François Beautemps-Beaupré; los botánicos Jacques-Julien Houtton de La Billardière –médico también de la expedición- Claude Antoine Gaspard Riche y Ètienne Pierre Venterat; el astrónomo abate Bertrand y el dibujante y cartógrafo Jean Piron. La expedición salió de Brest el 28 de septiembre de 1791 y llega a Santa Cruz el 13 de octubre de ese año. Permanece en Tenerife 15 días realizando salidas por todo el norte de la isla herborizando. Realizan una nueva subida al Teide con un estudio geológico y vulcanológico que Houtton de La Billardière recoge en su relato “Relation du voyage à la recherche de La Pérous”.  

La expedición, con mandos y oficiales monárquicos y tripulaciones republicanas, es sorprendida por el advenimiento de la República Francesa y el decapitamiento de Luis XVI y María Antonieta. Las dos fragatas, muertos sus capitanes en 1793 – Kermaec de tuberculosis y el caballero d’Entrecasteaux de disentería -, arriban a Java, colonia neerlandesa, con D’Auribeau, segundo de “La Recherche”, ahora al mando de la expedición. Entregan las naves a los holandeses para evitar que las tripulaciones las pusieran al servicio de las nuevas autoridades republicanas francesas. Las colecciones de La Billardière, en las que figuraban sus recolecciones botánicas en Tenerife, fueron enviadas a Inglaterra como trofeo de guerra, pero la amistad de Billardière con el botánico inglés Sir Joseph Banks, por ese entonces nombrado por Jorge III como “baronet” y presidente de la Royal Society, logró que fueran devueltas a su autor en 1796, conservándose hoy en la Academia de Ciencias de París. 

Interés tienen las dos expediciones del capitán francés Nicolás Thomas Baudin quien, capitaneando barcos de la Cía Francesa de las Indias Orientales, transportando botánicos austriacos antes de la guerra con Austria, aprendió botánica y los medios de conservar plantas y animales a bordo durante viajes prolongados. En 1794 su barco “Jardiniere” naufraga con una gran colección botánica y zoológica que, tras múltiples peripecias, Baudin logra hacerla llegar a la Isla de Trinidad. Vuelto a París, propuso al naturalista Antoine de Jussieu -a cargo del Museo Nacional de Historia Natural de París- la realización de una expedición de naturalistas y cartógrafos por las costas caribeñas que, a la vez que se estudiaban esos territorios, le permitiera recuperar los especímenes que había depositado en la isla de Trinidad, entonces en manos españolas. Aceptado el plan, el 30 de septiembre de 1796 zarpa de Le Havre la nao “Belle Angélique” al mando de Baudín, rumbo a Canarias como punto de escala, con 4 especialistas: los zoólogos René Maugé y Stanislas Levillain los botánicos André-Pierre Ledru y Anselmo Riedlé. Tras pasar las Azores, una fuerte tormenta desmantela al barco que llega a Tenerife en estado de no poder volver a navegar. La expedición de Baudín se ve obligada a permanecer en Tenerife durante más de 4 meses y en Tenerife se va a quedar el ingeniero y naturalista de la expedición Luis Le Gros como ayudante en el consulado francés. El barco, incapacitado para navegar, es sustituido por la “Fanny” en la que logra llegar a Trinidad en abril de 1977, cuando la isla ya había pasado a manos inglesas que se niegan a devolver los ejemplares allí depositados por Baudin. Continúa el viaje hacia Puerto Rico para regresar a Francia en un nuevo barco -rebautizado como “Belle Angélique”– adonde llegan en junio de 1798 con una gran colección de plantas, aves e insectos. Esos meses de estancia forzosa en Canarias fueron aprovechados para los naturalistas para conocer y estudiar las islas, su geografía, historia, economía y costumbres, recolectando múltiples ejemplares botánicos y zoológicos, sobre todo de la avifauna canaria. Todo ello se relata en el primer tomo del libro “Voyage aux iles de Ténériffe, la Trinité, Saint-Thomas, Sainte-Croix et Porto-Ricco”, que André-Pierre Ledru publica en Francia en 1810, aunque ya había publicado el año anterior, en “Mémoires de l’académie celtique”, un trabajo titulado “Mémoire sur les Cérémonies religieuses et le vocabulaire des Guanches, premiers habitants des îles Canaries”.

La segunda escala de Baudin en Canarias fue en el inicio de la conocida como “Expedición Baudin” de 1800 a 1804. Un viaje de exploración científica a bordo de dos navíos, “Le Geographe” al mando de Baudin como comandante de la expedición, y “Le Naturaliste” al mando del capitán de fragata Jacques F. Hamelin. Parte de Le Havre el 19 de octubre de 1800 y arriba al norte de Tenerife el 2 de noviembre tras ser cañoneada tras pasar las Azores por un cúter español que los confunde con ingleses y permanece en la isla durante 11 intensos días que dedican al estudio de la isla. Esta vez, el objetivo de la expedición era puramente científico. Contaba con más de dos docenas de especialistas entre botánicos, zoólogos, mineralogistas, médicos, dibujantes…entre los que repetían varios de la primera expedición como los zoólogos René Maugé y Stanislas Levillaín, donde este último figura “bajo la denominación de antropologista”. Esa denominación responde a que, entre los encargos de investigación que llevaban, estaban los encomendados por la “Société des observateurs de l’homme”, en que George Cuvier pretendía establecer las diferencias anatómicas de las distintas razas humanas y el barón Joseph Marie Degérando indicaba los métodos a seguir para la observación de los pueblos salvajes. Entre todos los científicos tenemos que destacar a Jean-Baptiste Bory de Saint-Vincent, autor del relato de la expedición: “Voyage dans les quatre principales îles des mers d’Afrique”, importante para el conocimiento de nuestra tierra canaria por los numerosos estudios que contiene. Para Bory, “jamás expedición había sido compuesta mejor para el progreso de las ciencias” porque, “cada viajero, animado por un celo raro, llevaba consigo los talentos, el deseo más sincero de aprender y la voluntad de ser útil”. En Tenerife Bory se encuentra al ingeniero Le Gros que había llegado con el primer viaje de Baudin y con el cónsul francés Pierre Marie Auguste Broussonet que pone a los expedicionarios en contacto con lo más culto y destacado de la burguesía tinerfeña de entonces, como Bernardo Cólogan, los hermanos Patricio y José Murphy los hermanos Domingo y Tomás Saviñon y, con excelentes resultados,  con Alonso de Nava Grimon y Benítez de Lugo, marqués de Villanueva del Prado, anfitrión y cabeza de la conocida “Tertulia de Nava”, que la misma mañana de la partida de la expedición desde Santa Cruz, el 13 de noviembre, le envió un convoy de mulas cargando víveres, animales vivos, frutas y vino tinerfeño. A Bory de Saint-Vincent el naturalista francés André Michaux, que lo alojó la noche de la llegada, le regaló una momia guanche entera. Se nos llevó una momia y, a cambio, dejo la extensa monografía “Essais sur les Isles Fortunées et l’antique Atlántida” de 1804 con una profusión de interesantes datos sobre nuestra historia, naturaleza, leyendas guanches y la conocida mitología de la antigua Atlántida. Ha sido toda la historia de la antropología colonial europea. ¿Recuerdan? Ellos trajeron la biblia, nosotros teníamos la tierra y hasta los cuerpos de los antepasados. Hoy tenemos los santos patronos y las vírgenes puras. Ellos nuestras tierras y hasta nuestras momias.

En la historia de nuestro “proturismo científico” del XVIII, hay que reseñar la corta visita de Humboldt y Bonpland a nuestras islas en las postrimerías del siglo. No tanto por el alcance científico que pudiera tener, sino por el incentivo turístico que, aún hoy día, sigue teniendo, y por lo que significó de incentivo para los naturalistas de entonces sus descripciones de lo que eran nuestras islas. Todo foráneo que llegue a Tenerife y visite el Norte de la isla, a la entrada del Valle de Taoro, se tropezará, por fuerza, con la estatua del berlinés sentado en el muro del Mirador de su nombre, de espaldas al Teide y al Valle orotavense y sus plataneras, aunque no figure allí ni una mera reseña de Aimé Bonpland, a pesar del enorme interés humano y científico de este último, tal vez por el apoyo que entonces prestó al movimiento de independencia de las colonias españolas en América.

La estancia de Humboldt en Tenerife no llegó a una semana. Llegó a la isla, con Bonpland, el 19 de junio de 1879 a bordo de la corbeta española “Pizarro”, con el apoyo de la corona española y del ministro Urquijo con el V.B de Carlos IV, concedido desde marzo de ese año, para la exploración de las colonias españolas en América. Tras una estancia efímera en La Graciosa intentando esquivar el cerco británico en Canarias -cuyos navíos el día anterior habían apresado a viajeros del “Alcudia”- y tras costear Lanzarote, arribo a Santa Cruz. Se presentó al comandante español, el general José de Perlasca, segundo cabo del General Gutiérrez al que sucede. Llegado a tierra su primera dedicación fue herborizar en los alrededores de Paso Alto y, al amanecer, siguió hacia La Laguna. De allí a La Orotava para iniciar la subida al Teide, visitando al paso el Jardín de Aclimatación -el “Botánico”- que instalaba el marqués Alonso de Nava Grimon que ya había apoyado a la expedición Baudin. Tras una noche en el Puerto de la Cruz de la Orotava desde donde, al iniciar la subida al Teide, como publica en Kosmos, se vislumbra “la cumbre del Pico de Tenerife, cuando una capa horizontal de nubes de una blancura deslumbrante separa el cono de las cenizas de la meseta inferior, y cuando, de repente, de resultas de una corriente que sube, la vista puede al fin penetrar desde el mismo borde del cráter, hasta las viñas de La Orotava, los jardines de naranjos y los grupos frondosos de plataneras del litoral”. El retraso en la salida, que el cerco británico obligaba a ser inmediata, permitió a los visitantes observar algo más de nuestra isla, su naturaleza, y hasta de nosotros los canarios, de los que, como relata en “Voyage de Humboldt et Bonpland” (París 1811): “Los habitantes de Canarias ofrecen los rasgos característicos de la población montañesa e insular a la vez. Para apreciarlos debidamente, no basta con verlos en su misma patria, donde grandes dificultades entorpecen el desarrollo de la industria: hace falta verlos en las estepas de la provincia de Caracas, encima de los Andes, en las campiñas abrasadas de las islas Filipinas por todas partes en donde, aislados en medio de regiones desiertas, han tenido la oportunidad de hacer muestra de esta energía y de esta actividad, que son la verdadera riqueza del colono”, observación que a día de hoy, siglo y medio después, sigue siendo estrictamente vigente donde el colonialismo sigue “entorpeciendo el desarrollo” real de este pueblo. En ese texto dedica casi sesenta páginas a su estancia en Tenerife, sobre todo a su vulcanología, geología botánica y geografía humana, que va a ser importante para decidir posteriores venidas científicas como la de su amigo y colega Leopold von Buch que, con Cristian Smith, dejan para la historia su “Tableau physique des Iles Canaries. Géographie des Plantes du Pic de Tenerife.

Probablemente, la mayor contribución de Humboldt en su microestancia en Tenerife -menos de la cualquier turista de “todo incluido” actual- fue la confirmación y el aval científico de la “fitogeografía” ya estudiada en la expedición de La Perousse, observando y registrando en la subida al Piso del Teide las cinco diferentes capas de vegetación que, ahora, desarrolla sistemáticamente. No se puede, sin embargo, terminar esta nota de la estancia de Humboldt sin relatar la frase, que todos los comentaristas isleños de la misma destacan, sobre lo que sintió tras su arribada a Santa Cruz.  Hoy se esgrime en apoyo de un entusiasta desarrollo turístico que marca esta etapa de nuestra historia y que merece una mínima reflexión sobre quiénes somos y donde estamos. Denota en ella Humboldt la sensación real de un europeo que sale, por primera vez a otro continente: “En las estrechas calles transversales, entre los muros de los jardines, las hojas colgantes de las palmas y de las plataneras forman pasajes arqueados, sombríos: un refresco para el europeo que acaba de desembarcar y para el que el aire del país es demasiado caluroso.”

Y es que, Alexander von Humboldt, por primera vez, estaba en África. 

 

Francisco Javier González

 


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