El turismo, punta de lanza (IV). Siglo XIX. Turismo de estancia

Todo el “prototurismo científico” que hemos, someramente, revisado hasta Humboldt fue realizado por autores –salvo Nichols, Torriani y Glas- que tuvieron a Canarias, especialmente a Tenerife, como punto de escala en viajes y exploraciones mucho más amplias. Sus relatos y descripciones levantaron el interés sobre unas islas que entraron a formar parte del imaginario romántico y exótico europeo como territorios deseables de conocer.

El turismo, punta de lanza (III)

En este S. XIX, en cambio, los extranjeros que vienen a Canarias ya no son como parte de una escala en su viaje sino como destino final. Unos por interés científico, incluidas las nuevas ciencias antropológicas, otros por curiosidad intelectual, otros más por criterios médico-climáticos y, por primera vez, podemos hablar de turismo sensu stricto hecho por puro afán de disfrutar de un clima apetecible que, en zonas de costa, no baja en invierno de 18º de media ni sube en verano de los 25º, con escasa pluviosidad y gran luminosidad, con el aliciente de que del mar a la cumbre la variabilidad del clima es tremendamente diversa.

Los geólogos 

Aunque de hecho prácticamente todos los naturalistas que subían al Teide describieron su geología y algo sobre los minerales que allí encontraban, el primero en realizar un estudio en profundidad va a ser el francés Pierre Louis Antoine Cordier, geólogo y mineralogista, alumno de Dolomieu –que da su nombre a las rocas dolomitas- al que acompaña en la expedición a Egipto de Napoleón y estudia la formación del valle del Nilo. Fue fundador de la Société Géologique de France y artífice de la colección de geología del Museo Nacional de Historia Natural francés. Cordier estuvo un mes largo en Tenerife en 1803 estudiando la formación de Las Cañadas y del Teide y realizando el estudio y recolección de los minerales y rocas de origen volcánico de la zona, que forman parte de la colección del Museo y se reflejan en su informe de 1816 sobre las rocas basálticas “Sur les substances minérales dites en masse, qui servent de base aux roches volcaniques” y de su obra máxima “Description des Roches” con su “clasificación general” publicada en 1868 por su alumno Charles D’Orbigny.

Pocos años después vendrá a realizar valiosos estudios sobre varias islas el eminente geólogo –uno de los mejores del siglo- Christian Leopold von Buch, un aristócrata prusiano, barón de Gehmersdorf, que había estudiado en la Escuela de Minas de Freiburg atraído por la fama del profesor Abraham Gottlob Werner, el creador, tras estudiar diversas estratigrafías, de la teoría neptunista de formación de la tierra a partir de sedimentaciones sucesivas del mar que cubría todo el globo.

La fama de Werner atraía a estudiantes de toda Europa y América, como el madrileño Andrés Manuel del Rio Fernández, descubridor en México del mineral que llamó “eritronio” que hoy conocemos como vanadio, o Friedrich Mohs, creador de la escala para medir la dureza de los minerales que aún se usa y que lleva su nombre. Allí von Buch fue condiscípulo de Alexander Humboldt, al que le unió gran amistad, que también acudió a Freiburg atraído por la fama del creador de la que llamó “geognosia”, hoy geología estructural, además de establecer uno de los primeros métodos de clasificación mineralógica.

En el Londres de 1814 y en casa de Sir Joseph Banks, presidente entonces de la Royal Society -al que ya nombramos por ser el que logró que se le devolvieran a La Billardière las colecciones botánicas de la expedición de búsqueda de La Pérouse sustraídas por los ingleses- conoce al joven treintañero noruego Christen Smith (o Smidt), botánico especializado en criptógamas, briofitas y líquenes. Cuando von Buch expone sus planes de investigación geológica en Canarias, el noruego lo convence para acompañarlo y estudiar las plantas, sobre todo los musgos y líquenes en un clima subtropical diferente del europeo. A finales de marzo salen de Inglaterra a borde de la “William and Mary”, que tras una escala de una docena de días por Madeira entrando en contacto con la flora macaronésica, arriban al Puerto de La Orotava el 5 de mayo de 1815. Permanecen en las islas cinco meses y medio de duro trabajo científico, recorriendo Tenerife durante más de tres meses, Gran Canaria desde el 28 de junio al 11 de agosto, La Palma del 21 de septiembre al 3 de octubre y, finalmente, Lanzarote, desde el 17 al 27 de octubre desde donde parten de regreso a Inglaterra. En La Laguna permaneció una docena de días –del 12 al 23 de junio- empleados en sus excursiones por todos los alrededores, desde Taganana y la cordillera de Anaga a Tacoronte, el Valle de Guerra, Santa Cruz o La Esperanza, todo ello mezclado con muchas horas en la biblioteca de Alonso de Nava y Grimón, VI marqués de Villanueva del Prado.

Von Buch, en sus estudios vulcanológicos en Canarias abandona el “neptunismo” de su mentor Werner estableciendo las bases de la explicación plutonista-vulcanista de formación de la tierra. Decisivos para ese cambio fueron los estudios de los cráteres de elevación en las islas en que el magma interior levanta los materiales estratificados de la corteza que forman luego las “calderas” nombre que queda acuñado para la geología y la geografía al estudiar las de Las Cañadas, la de Taburiente y la de Tirajana.

A su regreso Von Buch publicó sus estudios en la revista “Abhandlungen der Physikalischen Klasse der Akademie der Wissenschaften” donde en 1820 publica su teoría de los cráteres de levantamiento en el artículo “Ueber die Zusammensetzung der basaltischen Inseln und über Erhebungs-Cratere” a los que siguen una serie que van desde la descripción de una erupción de Lanzarote, las descripciones del Pico del Teide a estudios climáticos sobre las islas. Todos ellos van a ser recogidos en su obra magna “Physicalische Beschreibung der Canarischen Inseln”, publicada en ocho tomos con Atlas en Berlín (1825) y traducida al francés en 1836, versión que incluye su “Atlas des Iles Canaries”. Es esta versión francesa la que, con el título de “Descripción física de las Islas Canarias”, traduce y edita en La Orotava en 1999, el más prolífico de nuestros traductores y editores de libros de viajes y exploraciones por Canarias, José A. Delgado Luis.

Su acompañante, el noruego Christen Smith, trabajó la botánica isleña, sobre todo la criptógama, pero sus trabajos no llegaron a publicarse debido, tal vez, a su temprana muerte al año siguiente de una infección contraída en el río Congo. Las notas tomadas en su viaje las publicó en Noruega Frantz Casper Kiær en 1889 “Professor Christen Smiths Dagbog paa Reisen til de Canariske Øer i 1815” que el botánico Per Øgle Sunding, también noruego, gracias a la Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, tradujo al inglés para el “Proyecto Humboldt” y expuso en el curso “Las expediciones científicas europeas a las Islas Canarias durante el siglo XVIII” de la Universidad de Verano de Adeje en el 2003

La obra de von Buch puede considerarse, a la luz de los datos aportados de todo tipo sobre las islas visitadas, como la primera guía turística útil para visitantes germanos, lo que seguramente tuvo incidencia para publicarse la edición francesa.

Siguiendo la estela de von Buch, en 1853, tras su paso por Madeira, viene a Canarias el geólogo británico Sir Charles Lyell que, con el escocés James Hutton y su “Teoría de la Tierra”, pueden ser considerados los padres de la moderna geología. Lyell enunció las bases del “uniformismo” y el “actualismo”  para aplicar al plutonismo que ya abrazara von Busch, negando toda posibilidad del “catastrofismo” anterior, plasmando -20 años antes de su venida a Canarias- sus teorías en su obra “Principles of Geology” que, en sus varios volúmenes, constituyeron el tratado de geología más influyente del S. XIX , y no solo en lo referido a geología, sino que el “equilibrio dinámico”, que propone para la formación de la tierra , con sucesivos períodos de destrucción y creación, lo aplica también al mundo  vegetal y animal. Su lectura a bordo del HMS Beagle sirvió de base a Charles Darwin para su teoría evolucionista. Los estudios de Lyell sobre las “calderas” canarias le sirven para refutar la teoría de von Busch de los cráteres de elevación.

Con Lyell vienen a Canarias su esposa, la también geóloga y conquilióloga, Mary Elizabeth Hornet Lyell y su discípulo, el joven geólogo y dibujante alemán Georg Hartung. Mary Hornet se encarga de estudiar y clasificar las conchas fósiles que recoge su marido. Publica además un trabajo sobre los ejemplares de caracoles canarios terrestres que recolectó y clasificó. A las recogidas por el matrimonio se unen las conchas fósiles que, desde Gran Canaria donde efectuaba desmontes, le envió posteriormente el ingeniero tinerfeño Pedro Maffiote Arocha completando así las más de 6º especies que Lyell publica en sus estudios. La relación entre el alemán y el tinerfeño la recoge Luis Suárez Rodríguez en su obra “Crónicas urbanas. Charles Lyell y Pedro Maffiote en Las Palmas de Gran Canaria”.

La importancia científica de la esposa de Lyell, Mary Hornet, queda eclipsada por su marido, hasta tal punto que la escritora feminista Ellen Cole, en su obra “Women’s Work: A survey of Scholarship By and About Women” (Routledge. 2013), compara la importancia y calidad de su trabajo sobre los caracoles terrestres canarios al de Charles Darwin sobre las aves y las tortugas de las Galápagos

El discípulo alemán –aunque nacido en Kaliningrado- de Lyell, Georg Hartung, vuelve a Canarias en la primavera de 1854, esta vez acompañado de los geólogos alemanes Karl Georg von Fritsch y Wilhelm Reiss y, como resultado de sus dos estancias, publica obras de gran importancia. Su pericia como dibujante se demuestra con la publicación de 1850 “Dibujos originales y pruebas para ilustraciones de las descripciones geológicas de las Azores y Canarias” y en “Las condiciones geológicas de las Islas de Lanzarote y Fuerteventura” publicada en Zürich en 1857. Elaborada conjuntamente con sus compañeros K. v. Fritsch y W. Reiss, en 1867 editado por Winterthur en Wurster ve la luz “Tenerife representada geológica y topográficamente, una contribución al estudio de las montañas volcánicas” que cuenta con la colaboración que presta como dibujante J. Randegger. En la obra se describen por primera vez las “tefritas” y “basanitas” como nuevos tipos de roca. Su principal aportación fue constatar que las rocas ígneas hoy son las mismas que las lavas del Terciario afirmando así el actualismo de las teorías de Lyell. Las fuerzas activas geológicamente no han cambiado desde el Terciario.

Toda la obra de Gerg Hartung en alemán está digitalizada, pero, que yo sepa, no está traducida a otros idiomas. 

¿Cómo era nuestra sociedad en esos momentos de auge del conocimiento europeo del hecho insular canario? Cierto que el romanticismo europeo del XIX se había extendido por las elites canarias. Mucho se ha escrito sobre ello. Mucho que nos hemos recreado en esa ilustración de las elites isleñas, pero las tertulias de Nava, nacidas a su calor e importantes culturalmente, no llegaban al pueblo.  Tampoco llegó el impulso que el descendiente del Kebehí Bencomo -que no por ello formaba parte de esa burguesía insular canaria- el presbítero confesor del rey español Fernando VII, Cristóbal Bencomo Rodríguez, dio a la fundación de la Universidad de La Laguna de 1816. La efímera Universidad de San Fernando -así llamada por el régulo hispano del momento- tuvo que dejar de funcionar por falta de fondos para sostenerla y se suprimió en 1844. Para sustituirla se creó el “Instituto de Canarias”, primero, y único entonces, en la colonia. Este, para mi entrañable centro, del que tuve el privilegio casi siglo y medio después de ser profesor, no fue plataforma suficiente para cambiar una sociedad, como la nuestra, que en 1834 solo contaba con un 8% de los canarios en capacidad de leer y escribir. 

En los albores del s. XX, en 1900, Canarias presentaba tasas de analfabetismo muy cercanas al 90 % frente al 64 % español. Bienvenido entonces ese turismo –o prototurismo cultural que tanto monta- que intentaré seguir reseñando. Traía entonces un aire científico a una sociedad colonial en que la cultura era patrimonio exclusivo de una elite que, para continuar gobernando, necesitaba de la absoluta ignorancia de su propio ser del pueblo del que se sustentaba.

 

Francisco Javier González

 

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