Canarias y la guerra civil: el campo de concentración de Gando

“Allí fueron asesinados a palos muchos compañeros nuestros de las islas hermanas, antes de la llegada de la expedición nuestra. El régimen que imperaba aún, era un régimen de terror”

Las instalaciones de un antiguo lazareto ubicado en las proximidades del aeropuerto de Gando, fueron utilizadas para concentrar allí a tantos compañeros de todas las islas y pueblos de la Provincia de Gran Canaria [sic], sometiéndoles a trabajos forzados y torturas, acarreando arenas movedizas e imponiéndoles castigos infamantes. Ese antiguo lazareto, destinado anteriormente a poner en cuarentena a tripulaciones y pasajeros de barcos que arribaran a puertos canarios afectados de enfermedades epidémicas, como el cólera, la peste bubónica, etc.

Allí fueron asesinados a palos muchos compañeros nuestros de las islas hermanas, antes de la llegada de la expedición nuestra. El régimen que imperaba aún, era un régimen de terror. El capitán del ejército, que estaba al frente de la pandilla de torturadores, tenía toda la apariencia de un domador de fieras. Siempre con vestimenta de campaña, un gorro militar de dos picos, unos lentes oscuros, un suéter de lana natural de oveja, una fusta, lista para ser empleada en su mano derecha, un pantalón de caqui con leggins y  unas botas de campaña de lona; a sus órdenes, unos cuantos cabos de vara para ser colocados de trecho en trecho, a lo largo de la fila de compañeros, que uno tras otro, cargados con cestas de arena, las llevaban hoy de aquí para allá y el viento se encargaba de volverla a traer para acá; la función de estos cabos de vara: dar palos a los que agobiados por el peso y el cansancio se caían extenuados al suelo.

Traslado en el Viera y Clavijo

El traslado de la expedición nuestra para el campo de concentración de Gando, fue hecho con todas las medidas de seguridad posible. Una escolta bastante numerosa de soldados al mando de dos oficiales, dos sargentos y dos cabos de infantería. En fila, uno por uno, durante la noche, nos fueron obligando a entrar en una reducida bodega del barco Viera y Clavijo. Cuatro soldados apuntaban desde la boca de escotilla sobre nosotros con sus fusiles montados. En el piso de la bodega, sentados y con las piernas encogidas íbamos más de doscientos compañeros; sentado en una silla plegable, sin poder hacer un solo movimiento por estar totalmente cercado por los compañeros iba mi padre, con sus setenta y dos años de edad y doce años de condena. Al amanecer llegamos a la rada de Gando. No sabíamos dónde estábamos, ni que iban a hacer con nosotros. Como no tenía muelle, el barco no tenía donde atracar y en lanchones nos iban trasladando hasta la playa. A mi padre lo trasladaron entre dos, hasta la orilla, en barandillas.

Cuando entramos en el viejo lazareto, nos contaron como si fuéramos vacas. Allí nos esperaban unos mil seiscientos compañeros de Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y un pequeño grupo que habían traído de la isla de Fernando Poo, que representaban al gobierno republicanos de la Guinea española.

El palo

Una vez instalados y agasajados por todos los compañeros que nos esperaban, comenzaron los intercambios de informaciones. Lo que los compañeros nos contaron sobre las torturas y malos tratos recibidos, superaban en mucho, todo cuanto nos habían hecho en Tenerife; ya este campo de concentración había mejorado mucho, pero todavía había castigos infamantes. A parte de los castigos a palos, que se seguían practicando, había uno muy novedoso, que se aplicaba constantemente y que suponía una tortura física, lenta, con consecuencias muchas veces fatales y sin huellas; que consistía en castigar según lo que ellos consideraban la magnitud del delito; 5, 10, 15, 20, 25 y hasta 30 días de palo.

En el centro del patio del campamento, había un poste para el alumbrado; ese era el palo al compañero que se le castigaba a 5, 10, 15, etc., días de palo, se le obligaba a permanecer de pie, día y noche, sin apoyarse en el palo, ni sentarse en el suelo, solamente podía alejarse del palo para ir al baño o a recoger su comida. Con el agravante de que siempre había viento, y el viento con arena, era un castigo para los ojos. La luz del poste sobre sus cabezas, era otra tortura que además permitía a los torturadores desde la sala de control, que estaba situada en frente del palo, controlarlos desde allí sin molestarse para ver si faltaba alguno; muchos no resistían la tortura y se caían extenuados; se los llevaban, les metían una ducha fría con ropa y todo y les obligaban a volver al palo. Un compañero de la isla de La Palma, Pedro Díaz (conocido como Pedro Tocino), mayor de sesenta años, castigado a 15 días de palo por el simple delito de haber usado dos veces la misma estampilla (sello) de correos, después de haberla borrado un poco, para escribirle a su familia; esa carta la devolvió el correo de Telde; llamaron al compañero a la Dirección de la prisión y le comunicaron que su castigo eran 15 días de palo, a los ocho días de estar en el palo, orinó sangre; estuvo largo tiempo acostado en su colchón y cuando le pusieron en libertad y llegó a su casa y vio el estado de ruina en que estaba su familia y el estado de salud en que él regresaba, se suicidó.

Intentos de fuga

De ese infierno todo el mundo quería huir y fueron muchos los intentos de fuga que terminaron en fracaso; había un sargento tuerto, conocido por el apodo de el tuerto que a cambio de un poco de dinero, sacaba a tres o cuatro compañeros al monte a buscar leña; un día tres compañeros lo emborracharon y se fugaron, en un pequeño bote, rumbo a las costas de nuestro continente africano; en el intento a los dos días estaban varados en las costas de Gran Canaria con un remo roto y extenuados; los trajeron a Gando y fueron sometidos a las peores torturas.

Allí, en ese campo de concentración, nos sorprendió el estallido de la segunda guerra mundial. La guerra civil española había terminado en abril de 1939 y en septiembre del mismo año Alemania atacó a Polonia. Una nueva esperanza se adueñó de nuestros ánimos. Cabía la posibilidad de que el franquismo que era un engendro de Hitler y Mussolini, al terminar la guerra y salir triunfantes las potencias democráticas, caería juntamente con sus progenitores. Fue una esperanza que pronto de vino al suelo, al terminar la guerra.

 

Marcos García Seijas, Benicode

Extraído de Raíces guanches. Memorias

 

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