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El Bucio del Barranco del Muerto

Antonio Álvarez Gorrín nació en 1922 en Tejina (Guía de Isora). Se fue a vivir a una cueva cerca de Puerto Caballa, costa cercana a Santa Cruz, con dieciséis años. Era, sobre todo, pastor de cabras. Con su rebaño andaba la costa hacia Santa María del Mar, cruzando a diario los barrancos. Sobre 1941, con diecinueve años, pastoreaba junto al Barranco del Muerto cuando se le entaliscó una baifa en un andén. Se acercó, ágil como un guanche, y vio una cueva en la muralla, casi toda tapada por un muro de piedras. La curiosidad le hizo subir y mirar por el oscuro hueco.

Antonio descubrió la blancura de unos restos humanos que descansaban sobre el lecho de piedra. Pensó que podría ser un guanche, de los que tantas historias había escuchado. Junto a aquel cuerpo inerte había un bucio grande. Se deslizó ente las rocas negras, crispadas y cálidas por el sol. Tomó el bucio y se marchó, no sin dirigir de nuevo una mirada de respeto a la osamenta y volvió con el rebaño.

Antonio llevó el bucio del Barranco del Muerto siempre consigo. Habría servido a un viejo pastor. Ahora era suyo. Lo usó en su pastoreo y para la vida. Falleció en 1993 y dejó el bucio a un hijo. Oliver Quintín Álvarez sigue recordando aquella historia que escuchó de niño a su abuelo Antonio.    

 

Ricardo M. Fajardo Hernández, abril de 2021

 

 

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