El turismo, punta de lanza (V). Los botánicos (I). Joseph de Viera y Clavijo

Esta tendría que ser la V parte de “El turismo, punta de lanza”. Aclaro: El turismo es, a mi entender, la punta de la lanza colonial que utiliza el capitalismo esquilmante y destructivo que soportamos, tanto foráneo como criollo apesebrado, que tanta monta. No podemos permitir que sea el nuevo monocultivo o nos conducirá al mismo desastre que los anteriores, pero para controlarlo hay que conocerlo

Intentaré relatar el papel de los botánicos europeos que, en su día, contribuyeron al conocimiento de nuestras islas y su naturaleza, al tiempo que servían de imán para nuevos visitantes y que, por lo mismo, jugaron un importante papel en la génesis de nuestro turismo al que, hoy por hoy, tenemos que someter a un análisis riguroso ante el cambio de paradigma que se hace imprescindible para nuestra propia supervivencia como individuos y como pueblo canario singularizado. Necesitamos para ello el conocimiento de donde partimos y como hemos llegado a la situación actual, conocer la historia que nos ha traído hasta aquí para poder enderezar el rumbo. Precisamente, es en nuestra peculiar naturaleza viva, nuestra flora y fauna, sea autóctona o introducida, hacia donde tenemos que dirigir la mirada para orientar el futuro.

El turismo, punta de lanza (IV). Siglo XIX. Turismo de estancia

De hecho no puedo empezar sin dedicar –dentro de esta parte V- unos cortos capítulos a los padres de nuestra botánica, el canario-guanche Joseph de Viera y Clavijo y el canario-sueco Enrique Sventenius, máxime en unos momentos en que el presidente del Cabildo grancanario utiliza al Jardín Botánico “Viera y Clavijo” –el Jardín Canario, obra y tumba de Sventenius- como plataforma para, con nuestro dinero, tratar de implantar el megalómano proyecto de Chira-Soria que destruiría una buena parte de la riqueza botánica que tanto valoraron ambos naturalistas, comprometiendo además un futuro autocentrado, sostenible y con la mayor soberanía alimentaria posible.

Muchos de los viajeros que habían pisado nuestras islas herborizaban, construyendo herbarios que, generalmente, se conservan en sus países de origen en Europa. Eran “naturalistas” en sentido amplio y, muchos de ellos, además médicos. Ahora bien, para poder considerar como “botánicos científicos” a esos naturalistas habrá que esperar a que la botánica –y la zoología- se dotaran de un sistema clasificatorio riguroso y aceptado.  Es lo que se alcanzó con la obra del sueco Carl Nilsson Linnæu (1707-1778), latinizado Caroli Linnæi, o castellanizado Carlos Linneo, el “Princeps Botanicorum”, creador del sistema binominal para la taxonomía de los seres vivos. 

Seguidor entusiasta de Linneo y su nueva metodología fue el abad valenciano Antoni Josep Cavanilles i Palop que tuvo, a su vez, una influencia decisiva en la formación como botánico de nuestro Joseph de Viera y Clavijo. Ambos se conocieron en París y el valenciano se encargó de remitirle al ilustrado Viera, desde Francia, las sucesivas publicaciones de Linneo, al tiempo que le enviaba los ejemplares de la Enciclopedia de Diderot y D’Alambert, además de otras obras consideradas como “réprobas” por la Santa Inquisición, pero que encajaban perfectamente en la mente inquieta y renovadora del presbítero canario.

Viera orientaba a múltiples direcciones su insaciable pasión por el conocimiento en una época en que solo las clases privilegiadas tenían acceso a ese conocimiento. Desde su “Papel Hebdomadario” (1758-59) -primer intento manuscrito conocido de prensa isleña- realizado como crónica de las Tertulias laguneras de Tomás de Nava y Grimón donde entra en contacto con los textos franceses de Voltaire, Banier o Fontenelle, entre otros incluidos en el Índice inquisitorial,  que albergaba la Biblioteca del Marqués de Villanueva del Prado hasta su obra poética y literaria; su cercanía a la ciencia de su época –hizo volar en Madrid el primer aerostato de España- o su magna obra histórica hasta su incursión en la Historia Natural y la botánica, el realejero Viera resulta ser una de las personalidades más completas y complejas de nuestra tierra.

Dos cartas de Viera a Cavanilles –por entonces en París- ponen de relieve su amor por la botánica al tiempo que su espíritu crítico y su formación enciclopédica. Las dos están fechadas en Madrid. La primera habla de sus inicios botánicos con el catalán Antonio Palau Verdera, 2º catedrático del Real Jardín Botánico de Madrid, impulsor del método clasificatorio de Linneo  y traductor de sus principales obras, entre ellas el “Fundamenta botanica” (1736), la “Philosophya botanica” (1751), y la “Species Plantarum” en que, con el subtítulo de “Parte práctica de la botánica del caballero Carlos Linneo”, en 8 tomos publicados en el cuatrienio de 1784 a 1788, añadía los nombres vulgares de las plantas y su localización en España.  Viera le escribía el 18 de septiembre de 1782: “Yo había empezado desde mayo a hacer en el Jardín Real de Madrid mi corte a la señora Flora, bajo los auspicios del profesor Palau, mi amigo, pero mi venida a este campo y la formidable piedra que cayó el día de Santa Ana, dejando arruinado aquel jardín, suspendieron casi a un tiempo mi diversión”.  Remataba la carta Viera con un acuse de recibo y una petición: “Hace quince días llegaron de Bayona los libros para el señor marqués de Santa Cruz y para mí. Creo que en París tendrá usted algunos otros que enviarnos, y aún hay que añadir los de la adjunta lista”, listado que desconozco si se ha encontrado, pero al que, probablemente, pertenecen los que acusa recibo en su segunda carta.

El turismo, punta de lanza (III)

Esta segunda, fechada a 2 de octubre de 1782, nos aclara: “Llegaron los cajones de libros, sanos y salvos…Espero en la próxima futura remesa, los Linneos y compañía, pues si V. me empezó a volver el juicio con sus herbarios, me lo ha acabado de rematar el soberbio Jardín Botánico que he encontrado a la vuelta de mis viajes, armado en tan poco tiempo como por encantamiento y brujería, y trazado con tal primor, que no dudo venga a ser uno de los mejores de Europa. El 2º catedrático don Antonio Palau, gran lineísta, es mi amigo, y el curso público que se da en una sala a que concurren bastantes oyentes, tiene un cierto aire Parisiense: Sic parvis componere magna volebant”, expresando con este latinajo muy propio de eclesiásticos y de naturalistas de la época, que, en esas clases, dadas con el objetivo de entrar en contacto directo con la ciencia botánica, se reunían “pequeños con grandes” en la escala social.

Probablemente la pulcritud y amplitud de la obra de Palau y su empeño en añadir todas las especies que conocía en España era un intento de restar valor a una afirmación que escribiera su admirado Linneo  en  la “Bibliotheca botánica” que, en latín algo macarrónico, se publicó en Ámsterdam en 1736 con el subtítulo explicativo de  “Recensens libros plus mille de plantis huc usque editos secundum systema auctorum naturale in classes, ordines, genera et species” , en cuyo Prefacio, fechado en agosto de 1735, se desarrolla una historia de la botánica y de los botánicos, como personajes parte de la historia humana que luego se compendiaría en un capítulo de la “Fundamenta botanica”. En esa historia, Linneo, al describir las plantas autóctonas de cada región y nación europea y los autores que las han estudiado, no encontró nada escrito ni investigado por ningún español. Aseveraba por ello estar dolido al ver un país europeo civilizado donde existía tanta barbarie: “Dolendum est, quod in locis Europae cultioribus, tanta existat nostro tempore barbaries”. No sé si Linneo extendía esa barbarie más allá de la botánica.

En esos momentos la España de la Ilustración estaba regida por Fernando VI, monarca débil, enfermizo y escasamente inteligente, pero su ministro de Estado y Decano del Consejo, José de Carvajal y Lancaster, si era hombre ilustrado como prueba el ser fundador de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y director de la Real Academia Española en ese 1751. El ministro Carvajal conoció la frase linneana de la hispana barbarie por comunicación de Robert More, un miembro de la Royal Society londinense. More contactó con Linneo en Upsala donde el sueco estaba de Rector. Resultado de sus gestiones fue la comunicación de Carlos Linneo a través del embajador español en Suecia, Pablo Jerónimo Grimaldi, Marqués de Grimaldi, con la oferta de enviar a España – a sueldo del gobierno español- a alguno de sus 17 alumnos preferidos a quienes ya se les conocía popularmente como los “apóstoles de Linneo” quienes, en nombre de la Academia Sueca, llevaban a término exploraciones botánicas o zoológicas a diferentes partes del mundo. Aceptada la oferta por Carvajal, vino a Madrid Pehr Löfling, uno de esos “apóstoles”.  Realmente, el gobierno español, al tratarse de un sueco protestante y erudito, al que suponían capaz de obtener más información de las que el gobierno permitía,  puso cortapisas a sus movimientos por lo que su trabajo en tres años de estancia en España, recolectando, describiendo y clasificando  más de 1.300 plantas fue realizado, fundamentalmente en la provincia madrileña, con las que formó el manuscrito y la colección de la “Flora Matritense” que se conserva en el Real Jardín Botánico de Madrid, aunque copias e informes de todos sus trabajos los envió a su mentor Linneo en Upsala.

El turismo, punta de lanza (II)

El gobierno español incluyó a Löfling en la expedición, en 1794, a la Amazonía en la misión geográfico-política de fijar el deslinde de las fronteras coloniales entre España y Portugal. El papel del sueco era estudiar las especies comercializables como la quina o la canela y buscar otras nuevas.  Pasó por Tenerife con una corta estancia para seguir rumbo a Cumaná. Sus trabajos en Cumaná, Guayana y el Orinoco formaron el manuscrito de la “Flora Cumanensis” investigación pionera en la botánica en la América colonial española.  Löfling, enfermo de fiebres, falleció en San Antonio de Caroní en febrero de 1756. Allí, vestido con su propia ropa y su peluca, fue enterrado al pie de un naranjo el padre y promotor de los estudios naturales en Venezuela. Con los trabajos que ya había enviado desde España y con los realizados en América, que recopiló y remitió a Linneo el capellán de la legación sueca en Madrid, Daniel Scheidenburg, al par de años de su muerte (1758) publicó Linneo en Upsala la obra de Löflin : “Iter Hispanicum, eller resa til Spanska Länderna uti Europa och America 1751 til 1756” en que se relacionan las plantas que recolectó a su paso por Canarias.

Los trabajos del sueco fueron el espaldarazo definitivo a los métodos de Linneo en España frente a la mayoría de los botánicos hispanos que seguían la orientación de Joseph Pitton de Tournefort, maestro de los hermanos Jussieu con los que tuvo contacto Viera, pero nuestro ilustrado arcediano se decidió por el sistema Linneano.

Viera, con su “Diccionario de Historia Natural”, además de dejar clasificadas y descritas las plantas, los animales y los minerales de estas nuestras islas, trazó un camino que los naturalistas canarios siguen hasta el día de hoy. Los reconocimientos a Viera en el campo de la botánica canaria son muchos, y de gran calidad y calado.  Philip Barker Webb puso su nombre a nuestra humilde “amargosa”, arbusto de 1 metro y bellas flores amarillas que crece salvaje solo en los tabaibales y cardonales de las medianías y riscales del noroeste tinerfeño, a la que encontramos clasificada como “Vieraea  laevigata”, género monotípico del orden Asterales, en la “Histoire Naturelle des Îles Canaries” (Webb y Berthelot 1842).

La espléndida lámina de Webb de la amargosa ilustra la portada de la revista “Vieraea” (Folia Scientarum Biologicarum Canariensum) que, Wolfredo Wildpret como director-fundador y Carlos Silva Heuschkel como secretario coordinador, iniciaron en 1970 dando como dirección de contacto de la revista la particular de Carlos Silva. Vieraea contó también en esos momentos fundacionales, entre otros, con la colaboración tenaz de otro amigo, el zoólogo Juan José Bacallado Aránega. En su segundo número, en 1972, la revista pasó a formar parte de las publicaciones de la aún incipiente Facultad de Biológicas y, hoy día, está bajo el patrocinio del organismo de Museos de Tenerife en el MUNA.

Wildpret, que fue mi profesor de botánica en la recién creada Facultad de Farmacia en 1974 (fanerogamia, de criptogamia fue Esperanza Beltrán también una de las fundadoras de la revista) escribió en la presentación de Vieraea los motivos de ese nombre: “Hemos querido reavivar con el nombre, el recuerdo del que fuera gran naturalista isleño D. José de Viera y Clavijo. Sirvan pues estas líneas de homenaje al noble patricio canario que con su fecundidad literaria legó una serie de notas y trabajos que deben considerarse reliquias históricas de las Ciencias Biológicas de la región canaria”.

El turismo, punta de lanza (I)

Años más tarde, en 1984, le pedí a Wildpret unas páginas para incluir en el programa de las Fiestas de El Cedro. Su escrito, bajo el título de “Llamamiento ecologista” era justamente eso, un llamamiento. Tras describir lo que para la isla significa el monte del Cedro y su papel en el equilibrio hídrico insular, afirmaba que “El saqueo del monte ha sido una lacra negativa que hemos padecido durante siglos. El monte era y es base importante de nuestra economía y como tal se ha explotado muchas veces en exceso. Se le ha castigado con incendios criminales y hoy se corre el grave riesgo de ponerlo a disposición de nuestro pueblo para su ocio y expansión”. Más que su uso por el gomero que lo respeta, parece que W. Wildpret barruntaba las oleadas de jepps con excursiones turísticas que el Ferry transportaba diariamente –ahora suspendidas por mor del coronavirus- para machacar sus pistas forestales. La dedicación ecologista de Wildpret –de todos los componentes de la Facultad de Biológicas lagunera- viene de lejos. Cuando el biólogo alemán Günther Kunkel y Antonio Cardona vienen a Tenerife en 1972, como miembros de ASCAN –fundada en Las Palmas dos años antes- se reúnen con una serie de personas interesadas en la conservación de la naturaleza, de donde nace ATAN, uno de cuyos miembros fundadores va a ser Wildpret.

Tanto ASCAN como ATAN siguen, afortunadamente, vivitas y coleando en su afán de conservación de nuestra naturaleza.

 

 

Francisco Javier González

 

 



 

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